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Lecciones 'expresidenciales'

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El expresidente colombiano Álvaro Uribe Vélez en una concentración en contra del plebiscito y de la firma del acuerdo de paz en Cartagena (Colombia).

El mejor ejemplo de lo que debería ser la política limpia, con altura, lo dieron el fin de semana pasado el presidente Barack Obama y su antecesor, George W. Bush. En el Museo Nacional de la Historia y Cultura Afroamericana, en Washington, los dos líderes se juntaron para la inauguración de esta obra, que fue concebida y cimentada financieramente por Bush y ejecutada por Obama. La cita se dio en un ambiente de cordialidad y buena onda; de esa que no vemos por aquí hace mucho tiempo.

A pesar de que políticamente son como el agua y el aceite, uno nunca oye ni ve a Bush insultando a Obama, tratándolo de derrochón ni acusándolo de entregarles el país a los terroristas. El republicano tampoco utiliza una cuenta de Twitter como trinchera para disparar cual francotirador contra el presidente demócrata ni mucho menos para divulgar por las redes información de seguridad nacional ni para inventarse y propagar historias con el único fin de obtener réditos electoreros.

En ese país ha habido presidentes buenos regulares y malos; eso no se discute. Sin embargo, lo curioso es que todos ellos son buenos expresidentes. Una vez finalizado su tiempo en el cargo más importante de la política mundial, los diferentes inquilinos de la Casa Blanca se han dedicado a dar conferencias, armar sus propias bibliotecas y centros de estudio o a promover fundaciones filantrópicas, en vez de ponerse a intervenir como fiscales o auditores, para censurar u obstaculizar el trabajo de sus sucesores. Desde luego, W. no es la excepción, y de su boca no suelen oírse epítetos para descalificar la administración Obama ni para atacarlo en aspectos personales.

Por aquí la cosa es muy distinta y se ha vuelto común entre exmandatarios ese estilo camorrero y visceral de hacer y decir las cosas, no sólo para conseguir votos, simpatizantes o audiencia, sino también para mortificar, en una agria actitud que asumen aquellos que ni rajan ni prestan el hacha. Pero ese estilito -que además permite ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio- no se ha quedado sólo entre exmandatarios, sino que también ha permeado a otros políticos de mediano o bajo rango y a muchos simpatizantes de a pie, que no se miden a la hora de discutir, lanzar propuestas absurdas o de decir estolideces.

En esta disputa por el plebiscito, a pesar de lo corta que ha sido, hemos podido apreciar cómo los partidarios del No se han dedicado a propagar toda clase de mentiras y sembrar rumores que muchos repiten como loros.

Pero lo más lamentable no es eso. Lo realmente triste es que en las prácticas ignominiosas de esta campaña tenga cabida la ruindad de dos expresidentes de la República que se juntaron para tratar de sabotear un proceso de paz -no por malo o inconveniente, pues en su momento ellos dos eran mucho más dadivosos con los terroristas- sino por la simple razón de que a ellos no les funcionó. Y para el efecto cuentan con la complicidad de miles de ciudadanos que saben que es más fácil creer que leer y no se toman la molestia de confrontar, verificar ni comparar la información antes de dar un Sí o un No. Y así sí es muy difícil adquirir criterio.

A sólo cuatro días de esta crucial votación lo único que me atrevo a pedirles a quienes aún no han tomado una decisión es que piensen que en sus manos está la posibilidad de cerrar para siempre este capítulo triste y vergonzoso de 52 años. Toda esa estela de dolor, sangre y destrucción que han representado las Farc en medio siglo empezó a quedar atrás el lunes en Cartagena, con las firmas y las palabras de 'Timochenko' y el presidente Santos. Pero de cada uno de nosotros depende que de una vez por todas le pongamos el punto final a esta historia.

Este artículo fue publicado originalmente en el periódico El Tiempo