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Lo fácil y lo difícil

15/01/2016 07:01 CET | Actualizado 15/01/2017 11:12 CET

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Imagen del exalcalde de Bogotá Gustavo Petro

Es fácil decir que Colombia tiene potencial y recursos para ser un país pujante y avanzado en infraestructura como Chile, pero es difícil aceptar que para llegar a disfrutar de esas ventajas tenemos que cambiar el chip y entender que nos falta madurar mucho como sociedad y como Estado.

Es fácil que Gustavo Petro diga en su cuenta de Twitter que la privatización de lo público es un "anacronismo corrupto"; lo difícil es que el exalcalde hable con algo de credibilidad luego de las erráticas decisiones que tomó en ese sentido cuando gobernaba desde el Palacio Liévano.

Es fácil gritar a los cuatro vientos que toca acabar la corrupción, porque eso es lo que tiene arruinado al país; lo difícil es acabar con prácticas cotidianas en nuestras casas, como la compra o descarga de música, películas o juegos piratas.

Es fácil que el nuevo alcalde mayor de Bogotá salga a decir que la mejor opción para construir el metro es metiendo una línea elevada por la Avenida Caracas, con estaciones cada tres kilómetros; lo difícil es sustentar esa tesis con estudios técnicos.

Es fácil que desde el Centro Democrático digan que se preocupan mucho por el patrimonio ambiental de Isagén; lo difícil es que nos hagan comer ese cuento, teniendo en cuenta que el Gobierno de la seguridad democrática le abrió de par en par las puertas a la industria minera, sin consideración alguna con los recursos naturales, a tal punto que multiplicaron sin miramientos las aprobaciones y renovaciones de títulos mineros en nuestros páramos.

Es fácil decir que la venta de Isagén no va a poner en riesgo la generación de energía ni a afectar la prestación del servicio o las tarifas; lo difícil es creer que en un futuro no pasará lo mismo que pasó con el cargo por confiabilidad que hemos pagado durante años, a pesar del cual nos llegó un recargo en las facturas de luz para paliar la crisis energética actual.  

Es fácil quejarse por la cascada de impuestos que podría derivarse de la reforma tributaria estructural que prepara el Gobierno con un grupo de expertos; lo difícil es justificar por qué a tantos colombianos les gusta buscar alguna maniobra para esquivar el IVA o cualquier otro gravamen.

Es fácil dárselas de defensor de la clase trabajadora y pedir que se aumente el salario mínimo, como lo reclama el expresidente Álvaro Uribe; lo difícil es que el senador logre explicar razonablemente por qué cuando fue presidente promovió la eliminación de las horas extras y la degeneración de los contratos laborales de millones de asalariados que ahora trabajan como empleados temporales.

Es fácil hablar de "ser austero y no promover más burocracia costosa e ineficiente", como lo hace el doctor Alejandro Ordóñez; lo difícil es explicar cómo él ha convertido la Procuraduría General de la Nación en un fortín burocrático, puesto al servicio de su reelección y de sus creencia religiosas.

Es fácil que un senador tan respetable como Jorge Enrique Robledo salga a dar lecciones de administración pública y de pulcritud en el manejo de los recursos del Estado; lo difícil es creerle a un congresista cuyos alfiles administraron dos períodos seguidos los destinos de la capital de la República y la condujeron al hueco más hondo y oscuro de su historia.

Es fácil decir hoy que la venta de Isagén es inconveniente e inoportuna para los intereses de la nación; lo difícil es olvidar que hace nueve años el entonces ministro de Hacienda, Óscar Iván Zuluaga, quiso venderla para reducir la deuda pública del país.

Es fácil decir que la plata de la venta de Isagén no será destinada para nada distinto al apalancamiento de proyectos de infraestructura; lo difícil es creer que como efecto colateral no termine apalancando también alguna campaña presidencial.

Este artículo fue publicado originalmente en el periódico El Tiempo