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Más allá del idioma

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Ilustración: Alfonso Blanco

A propósito de la invitación que me hizo la Fundéu para inaugurar -junto al maestro Forges, también conocido como Antonio Fraguas- el encuentro El lenguaje del humor en el periodismo en español, realizado la semana pasada en San Millán de la Cogolla, recordé estas líneas que escribí hace un tiempo sobre mi primera experiencia de (in)comunicación en España, ocurrida en 1995.

En esa visita de iniciación me sentía muy emocionado al llegar a un país del primer mundo en el cual podría expresarme sin tener que pensar demasiado en la gramática o la pronunciación para hacerme entender; donde podría dar rienda suelta a mi curiosidad periodística sin temor a quedarme a mitad de camino en las explicaciones. Me parecía increíble llegar a otro país donde se hablaba el mismo idioma que yo he usado desde que aprendí mis primeras vocales y donde podría pelear tranquilamente con un taxista sin temor a que se hiciera el desentendido (como hacen los choferes paquistaníes o haitianos en Nueva York).

Pero el aterrizaje (no del avión en el aeropuerto de Barajas, sino el mío en la cotidianidad callejera de Madrid) fue mucho más aparatoso de lo que yo esperaba y la realidad que me encontré fue muy diferente de la que había imaginado.

Por fortuna, siempre he tratado de evitar esa manía tan colombiana de pedir que me regalen la cuenta y doy gracias a la vida por haber eliminado de mi léxico ese abuso verbal, porque en España a uno no le regalan nada: la cuenta la traen o la dan, y punto. Sin embargo, eso evita apenas uno de los fiascos, porque por lo demás todo pueden ser malentendidos.

Por muchos y variados que sean los desencuentros entre el español que hablamos en América y el que se habla en la Península, al final terminamos entendiéndonos

Cuando un colombiano quiere almorzar, los españoles en realidad están pensando en comer, y cuando nosotros pretendemos comer, ellos ya se están preparando para la cena. A la hora de tomar tinto, nosotros pensamos en café, pero ellos se están refiriendo a una bebida un poco más fuerte, motivo por el cual es de pésima presentación pedir un tinto con el desayuno.

En Colombia a las personas viejas se les dice coloquialmente "cuchas", y de ahí que cuando una mujer muy mayor es adicta al bisturí y a vestirse como quinceañera, se le dice "cuchibarbie", término que le habría sido muy útil a Victoria Beckham en aquel célebre encuentro en un gimnasio con Ana Obregón, cuando la llamó "barbie geriátrica".

Mientras en Colombia las hostias a uno se las dan solamente los curas en las iglesias, en España una hostia se la puede dar cualquiera por la calle, como se la hubiera podido ganar la señora Beckham después de insultar a la señora Obregón.

Y, a propósito de estética femenina, para nosotros una mujer muy guapa es un churro, mientras que en España, según me explicaban en San Millán de la Cogolla, este término está lejos de ser un piropo.

Por otra parte, del uso y el abuso del doble sentido es más complejo hablar, pues se trata de un tema que merecería una columna entera. Sólo diré que vale la pena estar atentos porque, por ejemplo, si entre los colombianos correrse es una actividad rutinaria que se practica sobre todo en los medios públicos de transporte con cualquier desconocido, en España es una cuestión muy íntima, de la cual sólo se habla con alguien de mucha confianza.

Lo cierto del caso es que, por muchos y variados que sean los desencuentros entre el español que hablamos en América y el que se habla en la Península, al final terminamos entendiéndonos, sobre todo si la conversación se da en la mesa, acompañada de un buen tinto.