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¿Resistencia civil?

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Foto: EFE

Resistencia civil, la de Gandhi contra el colonialismo británico y en defensa de la dignidad de los ciudadanos de la India y, en últimas, de la independencia de su país. Resistencia civil, la de los franceses con su patria invadida por los nazis y enfrentados a la mayor máquina de exterminio que se recuerde en la historia.

Resistencia civil, la que llevaron a cabo en 1989 los estudiantes, trabajadores e intelectuales chinos en la plaza de Tiananmén, en contra de la represión y la corrupción del oprobioso régimen comunista.

Resistencia civil, la de las Damas de Blanco de Cuba, que exigen la liberación de sus maridos y demás familiares, convertidos en presos políticos, pero no reconocidos como tales por las autoridades de la Isla. Resistencia civil, la de las madres y abuelas de la Plaza de Mayo en Argentina, que semana tras semana marchan en silencio mientras buscan a sus hijos y a sus nietos secuestrados, raptados, asesinados o desaparecidos en la dictadura.

Resistencia civil, la de las Madres de Soacha, que casi diez años después siguen pidiendo que se haga justicia por las ejecuciones extrajudiciales cometidas contra sus hijos por miembros de las fuerzas de seguridad del Estado colombiano, en la época de la seguridad democrática.

Estos sí son ejemplos de resistencia civil. De hecho, en su esencia más pura, en la Segunda Guerra Mundial el objeto de la resistencia era defenderse de la ocupación y la explotación y luchar por la dignidad de los ciudadanos y contra el totalitarismo.

En todos estos procesos, lo que la resistencia perseguía -y todavía busca, en los casos de Cuba y Argentina- es la integridad del ser humano, la convivencia pacífica entre los ciudadanos; la erradicación no sólo de la guerra y del conflicto, sino también de sus secuelas.

Ante cada avance de los diálogos de paz del Gobierno con las Farc, el senador se cranea un nuevo esperpento, fragua una nueva distorsión, propaga una nueva mentira para sembrar miedo, para atizar la hoguera.

La resistencia se opone a la guerra, no a la paz; se hace para sumar, no para dividir. En cambio, la iniciativa Álvaro Uribe es una deformación grotesca del concepto; otra de las manipulaciones a las que suele recurrir cuando las cosas no salen como a él le parece, cuando no se hacen como él ordena; porque como se cree el salvador, dios, Changó...

Ante cada avance de los diálogos de paz del Gobierno con las Farc, el senador se cranea un nuevo esperpento, fragua una nueva distorsión, propaga una nueva mentira para sembrar miedo, para atizar la hoguera. En su afán de sabotear el proceso, el senador tampoco se pone con escrúpulos a la hora de contabilizar los efectivos de las Farc, que según él ascienden a más de diecisiete mil; más del doble de las cifras oficiales.

Desde su lógica miope, este mesías latifundista tiene toda la razón, porque sin las Farc, él no es nadie; sin guerra, sus postulados no serán nada y su discurso quedará convertido en palabras huecas.

Nadie sensato, nadie que dice amar a su país, podría maquinar tantas objeciones, manipular tantos hechos ni desvirtuar tanto la realidad, con el único fin de perpetuar una guerra de más de medio siglo.

La tal resistencia civil de Uribe es un acto de soberbia, de egoísmo, movido por intereses políticos y propósitos personalistas. En su cruzada, a él poco le importa que en el Hospital Militar haya camas vacías ni que -por primera vez en quince años- este año haya empezado sin heridos en combate. Le resbala que no se tenga noticias de pueblos arrasados ni de puentes dinamitados.

Ante la inminencia del fin del conflicto con esa guerrilla, el desespero del expresidente se desborda y no sabe qué más hacer. Eso sí, hay que abonarle que es muy creativo para engendrar caballitos de batalla. Antes se inventó "la entrega del país al castrochavismo", que ya se le desinfló; hoy su nueva creación se llama resistencia civil. Sin embargo, muchos sabemos que sólo es mezquindad.

Este artículo fue publicado originalmente en El Tiempo