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Barcelona, nacimiento de un mito literario

12/10/2017 10:11 CEST | Actualizado 12/10/2017 16:38 CEST
Del libro ‘Aquellos años del boom’.
Gabriel García Márquez (Izquierda) y Mario Vargas Llosa.

Prólogo de WMagazín

En los años sesenta, Barcelona era la ventana de España al resto del mundo, bajo la dictadura de Francisco Franco. Una ciudad hermosa, culta, cosmopolita. Tierra abonada para los creadores literarios y para la industria del libro. Allí surgieron muchas editoriales que dieron oxígeno cultural al país, allí se fraguó parte del llamado boom latinoamericano que puso a América Latina en la órbita internacional y a Barcelona en el foco de muchas miradas. Ante la posibilidad de una declaración unilateral de independencia de Cataluña de España, cuya capital es Barcelona, la ciudad corre el riesgo de perder la capitalidad del mundo editorial hispanohablante y punto de referencia literario.

WMagazín rinde homenaje a Barcelona y repasa el origen de su mito cultural y literario a través de varios pasajes dedicados a ella por Xavi Ayén en su libro clave Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo, editado por RBA.

Aquellos años del boom. Historia de una ciudad

Por Xavi Ayén

La ciudad de la que hablo empezó a cambiar a finales de los años sesenta, cuando en el aeropuerto de El Prat aterrizó el boom casi al completo. Las calles del centro se llenaron de latinoamericanos y, aunque tenían mil oficios —cada uno practicaba varios—, bastantes llevaban una novela a medio escribir en la maleta. Los corazones de todos ellos bombeaban sangre roja, animados por impulsos revolucionarios. Llegaron justo cuando nací y Barcelona dejaba de ser una urbe sometida a la pacata moral franquista para convertirse en un referente de aire fresco y de vitalidad para los escritores en español del planeta. Un foco capaz de proyectarse hacia América Latina, que invertía la dirección de las corrientes del prestigio cultural.

Una ciudad cuyas calles parecían un animado Monopoly del canon latinoamericano. Un tablero en que se cruzaban los residentes Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Jorge Edwards, Alfredo Bryce Echenique, Rafael Humberto Moreno­Durán, Óscar Collazos, Mauricio Wacquez, Cristina Peri Rossi, Ricardo Cano Gaviria y visitantes habituales como Julio Cortázar —que bajaba en una traqueteante furgoneta desde París—, Carlos Fuentes —siempre con alguna mujer colgada de su brazo—, Octavio Paz —recién desterrado de la India—, Plinio Apuleyo Mendoza —que acudía desde su casa en el pueblecito mallorquín de Deià—, Borges que comentó "hace mucho frío", sorprendido al ver que a la ciudad no la mecía un clima tropical—, Pablo Neruda —que llegó de incógnito para evitar las suspicacias del régimen— o Álvaro Mutis.

Las cosas eran de ese modo. A veces la gente confundía a unos escritores con otros en las calles. En el aeropuerto de El Prat, por ejemplo, un sonriente desconocido le espetó un día a García Márquez:

—No sé si es usted Cortázar o Vargas Llosa...

El colombiano, que estaba intentando conciliar un sueñecito en la sala de espera, se desperezó, abrió un ojo y respondió con semblante serio:

—Los dos.

Nadie imaginaba que, con los años, dos novelistas de aquel grupo, García Márquez y Vargas Llosa, recogerían el premio Nobel de Literatura: el primero en 1982, y el segundo en 2010.

Los años sesenta han sido idealizados como los que provocaron la mayor revolución cultural y de costumbres de los últimos tiempos. El cronista Sempronio escribió sobre aquella época en Barcelona dejando claro que predominaba la grisura franquista pero que [...] la medalla tiene un reverso, evidente en la Nova Cançó, en las tertulias de la calle Tuset, en las noches de Bocaccio, en la pintura pop, en los happenings, en la arquitectura arrepentida de su austeridad, en Cien años de soledad, en la nouvelle vague cinematográfica, en los Beatles, en la minifalda de Mary Quant, en la televisión en color [...] Los nostálgicos hablan de una segunda Belle Époque. Cuando, probablemente la verdad consiste en aquel grafiti que se hizo célebre: "Con Franco éramos más jóvenes".

(...)

Para calibrar el alcance de la metamorfosis nada mejor que consultar a los barceloneses que la vivieron. Uno de los periodistas influyentes de aquella época era Josep Maria Sòria, que formaba parte del equipo de Tele/eXprés, el diario fundado en 1964 que leía la progresía local: "Mira —me dice—, antes de aquel cambio Barcelona era una ciudad muy triste, fea, todo era gris, las casas no se cuidaban, las calles estaban sucias, y casi en cada esquina se erigían varias columnas con quince anuncios diferentes. Reinaba una enorme polución visual". Pero, sobre todo, "había dos grupos muy claros de gente: los ganadores y los perdedores. Los primeros, herederos morales del franquismo, se reunían en lugares públicos, ufanos; y los segundos, la gente que estaba a disgusto, conspiraba en la clandestinidad, en casas. Las iglesias eran los únicos lugares públicos que podían acoger reuniones de perdedores. Las salas de fiesta eran claramente un reducto de los ganadores. Todo eso se rompe a mediados de los sesenta, cuando Oriol Regàs monta la discoteca Bocaccio".

(...)

La prensa seguía la ebullición de la ciudad de lejos porque, a pesar de la ley Fraga de 1966, todavía no se podía ser muy explícito. Había un mundo del que solamente se reflejaban destellos en artículos aislados, sobre todo en las "Rumbas" de Sagarra y en el mismo diario Tele/eXprés, en columnas de Terenci Moix, Manuel Vázquez Montalbán o José María Carandell, o en los "Monólogos" de Robert Saladrigas en la revista Destino. Otros medios afines al emergente bullicio progre barcelonés eran las revistas Fotogramas, Siglo XX y La Mosca. El liberal Destino ya no era un referente para este grupo, como lo había sido indiscutiblemente para el mundillo literario en los cincuenta y primeros sesenta. La publicación que todos leían era Triunfo, que se editaba en Madrid, aunque Oriol Regàs recordaba que esta cabecera se refería a la gauche barcelonesa despectivamente.

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La Barcelona literaria que hoy se promociona internacionalmente no es la de los autores del boom sino la de las exitosas rutas urbanas basadas en los escenarios de best sellers como La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, o La catedral del mar, de Ildefonso Falcones, con empresas especializadas en «excursiones literarias». Pero incluso en la novela de Zafón se pueden encontrar vínculos con los orígenes del boom, ya que en sus páginas respiramos esa atmósfera gris, miserable y chapucera de los años cincuenta a la que hacían referencia Sòria y De Moura, justo la época en que una tal Carmen Balcells empezaba su carrera como agente literaria. Algo sucedió para que en poco más de diez años la ciudad pareciera otra, para que entrados los setenta se convirtiera en la capital de la cultura latinoamericana.

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Carmen Balcells rodeada de sus escritores.

Sucedieron cosas muy importantes en Buenos Aires, La Habana y México D. F., pero, en la etapa decisiva que va de finales de los años sesenta a mediados de los setenta, Barcelona es, en palabras de Carlos Fuentes, «el meollo del asunto», el lugar de cita de aquella constelación. Además de los escritores, aquí vivían dos elementos clave para que cuajara el boom: Carlos Barral y Carmen Balcells. «Todos lo sabíamos: había que pasar por Barcelona», a decir de Fuentes.

Son los años de la efervescencia editorial. El gran pionero fue Carlos Barral, que había empezado a refundar el sello Seix Barral ya en los cincuenta y que lanzará el boom desde su base española. Esther Tusquets también refundó Lumen en los sesenta y, como Barral, dejará irreconocible el rostro de la editorial que heredó de su familia. Fue por entonces cuando nacieron sellos como Edicions 62 (1962) y su filial Península (1964), la contracultural Kairós (1964) de Salvador Pániker, la Anagrama (1969) de Jorge Herralde, la Tusquets (1969) de Beatriz de Moura, Barral Editores (1970), La Gaya Ciencia (1970) de Rosa Regàs o la distribuidora (y editora de libros de bolsillo) Enlace (1970). El boom económico permitió que las familias acaudaladas prestaran o donaran dinero para la fundación de muchos de estos nuevos sellos. «Los negros editoriales, los lectores, los colaboradores... eran mayoritariamente latinoamericanos», explica Cristina Peri Rossi.

Se extendía la sensación de que un mundo viejo se apagaba mientras el dictador Franco agotaba sus últimos años de existencia y emergía una nueva forma de vivir, bulliciosa, alegre, democrática y vinculada a la cultura literaria. Los hijos de los perdedores de la guerra ganaban espacio y poder social.

Este artículo fue publicado originalmente en la web de WMagazín, la revista literaria online dirigida por el periodista Winston Manrique Sabogal, un espacio para conversar con sosiego sobre literatura, donde él es cronista de encuentros, reportajes y entrevistas a ambos lados del Atlántico, y los lectores son los coautores, con sus lecturas y comentarios.

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