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Pablo Montoya: “Los derrotados de Colombia son los ilusionados”

Uno de los autores colombianos más relevantes novela la biografía de su país y la tensión entre política y arte

13/01/2018 08:51 CET | Actualizado 13/01/2018 08:51 CET
Sofía de La Rosa

Por Winston Manrique Sabogal

Un muchacho que coqueteó con ideas revolucionarias y que prometía amores eternos ajenos, arreglaba desamores y consolaba despechos con serenatas se ha convertido en uno de los escritores colombianos más relevantes del siglo XXI.

Pablo Montoya es el noveno de once hermanos que con 18 años rompió con su destino de ser médico en Medellín y, en medio de una crisis existencial, se entregó a la música y la poesía en una muy fría ciudad de los Andes colombianos llamada Tunja.

Un maridaje emocional e intelectual sublimado en Los derrotados (Punto de Vista/Sílaba), publicada en Colombia en 2012 y ahora en España. Allí Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963) cuenta cómo el primer gran derrotado de la historia de Colombia fue un militar, un intelectual y un revolucionario que amaba la naturaleza.

"Caldas, que hace poco ha cumplido cuarenta y ocho años, ahora quisiera estar sometido al aroma de una orquídea. No hay mayor deleite que esta breve posesión de la belleza capaz de justificar los actos de un hombre, se dice". (...) "Lo suyo (las orquídeas) es decirnos que son depositarias del reino fugitivo del deseo en medio de la imparable destrucción de todo".

Es un alto en la jornada de aquel militar colombiano de la independencia expresado en dos ideas que contienen el corazón de Los derrotados. Un pasaje en la vida de ese prócer fusilado por traidor que Montoya recrea con delicadeza y hondura para escenificar el continuo duelo de la belleza de la naturaleza y la violencia de la ciudadanía en su país. Junto a él la vida de otros tres hombres a lo largo de tres siglos unidos por la idea de cambio.

-Los derrotados de Colombia son los ilusionados.

Más allá de mostrar y reflexionar sobre una Colombia emboscada por sus propios espectros, la pregunta que sostiene la novela es: ¿Qué pasa cuando un intelectual, un artista, se compromete con la militancia? ¿Hasta dónde debe ir su compromiso?

Montoya sabe de lo que habla. De joven militó en una guerrilla marxista leninista. Quería cambiar la sociedad. Pronto supo que era un hombre solitario en la orilla del tropel de la historia colombiana.

Su duelo personal lo habría de ganar el arte.

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Los derrotados no es un ajuste cuentas, es el retrato narrativo, poético y ensayístico sobre su país a través de la vida de cuatro personas a lo largo de los últimos tres siglos. Un militar sabio y naturalista, un fotógrafo, un botánico y un escritor que cuenta sus vidas unidas por la idea de descubrir su país y cambiarlo ante las injusticias. Esto da a la novela una estructura singular al plegarse sobre sí misma al entretejer las vidas de esos hombres al tiempo que sus páginas se abren para dejar ver una parte de la biografía de Colombia.

-Es una crítica a esa militancia revolucionaria que ha querido transformar al país. Y Colombia aplasta la militancia revolucionaria para evitar las transformaciones sociales.

Ahí están los temas de Montoya: la historia, el poder, la violencia, la ciencia, la creación. La tensión entre la política y las artes. La manera como en medio de la belleza que ven y sienten sus personajes brota el mal que se empeñan en sembrar los seres humanos.

-La escritura es la conciencia de la sociedad.

Lo afirma sentado en un pequeño restaurante de luces ambarinas en el centro de Madrid. No hay nadie. Es la hora intermedia entre el almuerzo y la cena. Alto, delgado, con una sonrisa de viejo conocido y gestos juveniles heredados de la Universidad de Antioquia, en Medellín, donde es profesor de Literatura.

Montoya es uno de los escritores colombianos más prestigiosos, y llamados de culto. Autor de la biografía de Ovidio, Lejos de Roma, y más en la cabeza de la gente desde 2014 por su discurso de aceptación del Rómulo Gallegos por Tríptico de la infamia (Literatura Random House). Allí dio pinceladas de cómo es él y de la breve y certera biografía que trazó de Colombia y del rosario de confabulaciones sobre la violencia que cerca su país. "De la doble faz, la del horror y la epifanía, la de la belleza y el sufrimiento que he tratado de reflejar en mis libros", dice en el discurso recogido junto a otras conferencias en Español, lengua mía (Punto de Vista Editores/Sílaba). Una muestra de su filosofía literaria, manejo del idioma y análisis crítico de Colombia que lo han llevado a ser Miembro correspondiente de la Real Academia Colombiana de la Lengua.

Los derrotados parte de los últimos días del llamado Sabio Caldas cuyo primer acercamiento lo tuvo desde siempre a través de los billetes donde estaba su cara.

– Aunque siempre pasaba desapercibido. Fue en mi estancia en París, en 1995, cuando escribía Viajeros, un libro de cosas poéticas dedicadas a viajeros, que me encontré con las últimas cartas que Caldas escribió desde la prisión. Fue una revelación. Mostraban una faceta desconocida del prócer de la patria que nos enseñaron en la escuela. Aquí pide perdón, pide perdón a España, al rey y, de algún modo, denigra de la revolución en la cual participó y que ayudaría a la independencia del país. Pero en esos momentos pide perdón por su plan equívoco, pero a pesar de su perdones y promesas lo fusilaron. Esas cartas me conmovieron. Entonces, en Viajeros escribí una pequeña prosa que se llama Caldas que es el origen de Los derrotados.

Trece años estuvo Caldas sigiloso esperando su momento. Hasta que en 2008 Montoya empezó a escribir de él. Terminó la novela en 2011, la publicó en 2012 y llegó a España en 2017. La inmersión fue tal que pidió un año sabático en la Universidad, entre 2009 y 2010, y viajó a París donde la acabó.

Es una ciudad para Montoya. Por su historia, por su arte, por sus admirados Albert Camus o Marguerite Yourcenar o más recientes como Pierre Michon. La ciudad para alguien enamorado de las palabras y de la música. Buscador y compartidor de la belleza. Y fue la música la que allá a comienzos de los años ochenta, cuando estudiaba en la Escuela Superior de Música de Tunja, la que lo salvó y le dio para sobrevivir y poder publicar sus primeros cuentos y poemas. Antes en la universidad simpatizó con un grupo urbano de la guerrilla del Ejército Popular de Liberación. Con los años, tras un doctorado en París se vinculó a la academia universitaria.

-Nosotros vivíamos en Medellín, una ciudad muy conservadora, muy católica, muy intransigente con estos grupos revolucionarios. Prueba de ello es cómo en Antioquia expulso y aniquiló esas guerrillas de origen marxista. Si hay un sitio colombiano antisocialista, anticomunista, es Antioquia, bueno, el país en general...

Montoya dice esto ante la Colombia nueva o desconocida que parece haberse revelado en el último año y medio con el No a la firma de la paz del Gobierno con las FARC y las protestas contra la diversidad sexual o los diferentes modelos de familia.

-Cuando era joven a mí se me planteó la posibilidad de ir al monte con la guerrilla, pero por cuestiones de miedo a ser torturado y mis primeros atisbos antimilitarista abandoné estas manifestaciones revolucionarias, y eso que entonces la guerrilla no era en lo que se terminó convirtiendo... Terminó enredada con el narcotráfico, por ejemplo. La cosa estaba tan enredada que opté por mi vocación artística. Luego viajé a París, allí conocí a unos colombianos y publiqué en una revista literaria llamada Vericuetos.

Los derrotados hace un balance de las luchas revolucionarias de Colombia. No entra en la órbita de obras vinculadaa a la militancia. Aquí está ya la verdad de esas utopías.

Pronto vendrían los libros de relatos Cuentos de Niquía, Habitantes; las prosas poéticas Viajeros, Cuaderno de París, Solo un aluz de agua: Francisco de Assis y Gioto; los ensayos Novela histórica en Colombia 1988-2008: entre la pompa y e fracaso, Un Robinson cercano, La música en la obra de Alejo Carpentier; y las novelas La sed del ojo, Lejos de Roma, Los derrotados y Tríptico de la infamia.

Los derrotados hace un balance de las luchas revolucionarias de Colombia. Pero ya no entra en la órbita de esa literatura de la izquierda latinoamericana vinculada a militancia. Hablo de Mario Benedetti, Eduardo Galeano o García Márquez que son escritores de izquierda que militaron o simpatizaron con las causas comunistas o socialistas en América Latina, particularmente con la cubana o nicaragüense, y que cuando uno los lee se conserva como una cierta creencia en esas causas. En mi novela no existe eso, aquí están ya la verdad de esas utopías.

Esas fisuras las detecta cuando ya ha hecho su trabajo en él Herman Hesse. El autor alemán fue uno de los que lo indujeron hacia la literatura.

-Lo leí en mi adolescencia, lo he vuelto a leer últimamente y me ha parecido súper interesante... El lobo estepario, Siddharta. Cuando lo leí fue el primer remesón de que quería escribir. Luego hubo otro remezón más fuerte: Dostoievsky, y luego Tólstoi. Cuando leí Crimen y castigodije: "Yo quiero hacer eso". Y ahí empezó el drama. Tenía unos 17 años.

Estaba en Medellín, estudiaba sexto bachillerato y vivía una crisis existencial. Es el noveno de once hermanos en una familia conservadora y muy católica. Su destino estaba decidido. Empezó a estudiar medicina porque su papá era médico. Entonces tuvo la crisis porque no sabía qué quería ser, pero sabía que no quería ser médico.

-Fue como el camino de Damasco. Resolví esa crisis con el arte. Me dediqué a la música en Tunja. Empecé a leer y a escribir más. Ahí fue cuando encontré Crimen y castigo, su lectura, además, me consoló. Vi que había alguien que sufría mas que yo, que éramos como hermanos en el padecimiento. A partir de ahí me leí todo Dostoievski. Luego pasé a la lectura del boom latinoamericano. Escribir es lo que mejor sé hacer.

Todos esos temas aparecen en Los derrotados, desde la crisis revolucionaria hasta las artes y su poder.

-A esos autores rusos y a Hesse he vuelto ahora y estoy indagando en otras facetas. En Medellín me pidieron abrir un congreso sobre literatura y paz. Escribí un ensayo en el que releí a grandes pacifistas como Hesse y Tólstoi. En Colombia, a pesar de lo que estamos viviendo, pocos juristas se dirigen a esos escritores, todos se dirigen al sistema de la ley. En cambio yo digo, ¡No! Mi mundo es el mundo de la literatura, yo debo acudir a estos personajes porque son los que me han alimentado.

En un país como Colombia las artes deben aportar a la convivencia. Los escritores somos la conciencia de la sociedad. Pero el principal objetivo de un escritor es escribir bien. No escribir para una causa.

No duda en asegurar que el arte y los escritores tienen cosas que dar al sistema democrático y a la convivencia.

-En un país como Colombia las artes deben aportar a la convivencia. Los escritores somos la conciencia de la sociedad. Basta leer en Colombia el caso de Fernando Vallejo, es la conciencia que va en contra de todo. Cuestiona todo. García Márquez también se erigió en una especie de conciencia de la sociedad. Yo creo que formo parte de esos escritores, autores que saben que ocupan una función social, pero el principal objetivo de un escritor es escribir bien. No escribir para una causa, es escribir bien, de la mejor manera posible.

Es la inquietud sincera de Montoya por mimar la palabra, de acercarse a la belleza y reflexionar. En él los temas están sometidos a la forma.

-Esa es la principal inquietud... Y casi todos los protagonistas de mis novelas son artistas, o personas que se están formando artísticamente y que están tras los secretos de la belleza. Eso se refleja también un poco en la respuesta estilística que yo propongo. Digamos que con García Márquez nos une la preocupación por la poesía; cuando él dio el discurso del Nobel eso es el avance a la poesía. Tengo una relación muy fuerte con Álvaro Mutis, con Borges, con Carpentier, sobre él hice mi doctorado.

Pablo Montoya se adentra más en uno de sus paraísos particulares, envuelto en una luz ambarina del restaurante en cuyo comedor solo suena su voz en un silencio apenas roto, a lo lejos, por tintineos de cucharas y platos. Es el joven exrevolucionario y serenatero que se decantó por el arte porque, como dice en Los derrotados:

"...el espectáculo sería vulgar si las actividades ansiosas de la vida sucedieran de espaldas a la belleza".

Este artículo se publicó originalmente en la web de WMagazín, la revista literaria online dirigida por el periodista Winston Manrique Sabogal, un espacio para conversar con sosiego sobre literatura, donde él es cronista de encuentros, reportajes y entrevistas a ambos lados del Atlántico, y los lectores son los coautores, con sus lecturas y comentarios

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