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Un futuro de convivencia en Euskadi

29/10/2012 10:10 CET | Actualizado 28/12/2012 11:12 CET

De forma simultánea se han celebrado en Euskadi elecciones al Parlamento Vasco y el primer año desde el silencio de las armas de ETA, un nuevo tiempo para la palabra y el diálogo en el fin de la violencia y la negación del otro.

Del 1.775.336 personas que tenían derecho a ello, han participado votando 1.131.485, casi 2 de cada 3, decidiendo cada una lo que por fin en libertad ha considerado conveniente. Han conseguido representación parlamentaria 5 partidos o coaliciones, componiendo un esquema evidentemente plural, tanto en el eje izquierda-derecha como en el identitario. Ahora comienza el tiempo del diálogo, del acuerdo y la discrepancia, y de la renovación del Gobierno; sin duda, una cuestión de máxima importancia para el liderazgo institucional de los próximos fundamentales años.

Pero también un tiempo para la responsabilidad, para la altura de miras, la que permite otear el inalcanzable horizonte. Sin duda la crisis económica y sus consecuencias, y las consecuencias de las políticas que se están implementando en esta ya larga coyuntura, son acuciantes y decisivas para el futuro de Euskadi al corto y medio plazo, pero, a mi juicio, tan o más importante es que, después de décadas y décadas en las que Euskadi no ha conocido la paz, la libertad y la ausencia de violencia, en esta legislatura se asienten democráticamente las bases de la convivencia en Euskadi.

Necesitamos una convergencia de las fuerzas políticas y sociales a favor de un pacto social que asiente la pluralidad, la libertad y la justicia en una Euskadi definitivamente libre de dictaduras y violencias; unos consensos mínimos basados en la justicia, la memoria y en el conocimiento, reconocimiento y reparación a todas las víctimas de vulneraciones injustas de derechos humanos; que en definitiva todos los proyectos políticos democráticos en el fondo y en la forma ocupen su sitio y nutran su fuerza de la voluntad ciudadana.

En 2012 Euskadi se edifica sobre una montaña de sufrimiento ―miles de personas que han sufrido la persistente, prolongada y lacerante violencia de ETA, la violencia del Estado, la "violencia" del olvido y el silencio...― Todo él nos impone una responsabilidad con ese dolor e injusticia que han marcado nuestras trayectorias vitales. La convivencia en Euskadi sería un espejismo si se edifica sobre injusticias no abordadas y reparadas.

Un vector clave para este nuevo tiempo entiendo que ha de ser la mirada reparadora, restaurativa; hay vencedores: todos, y vencidos, sin duda: las ideas totalitarias, las estrategias y organizaciones que han fracasado; permanecen las personas, víctimas, que merecen justicia, verdad, memoria y reparación ―por el conjunto de la sociedad y por quienes las victimizaron― y permanecen los victimarios, sus familias y sus apoyos y sostenedores, cuyo futuro es reintegrarse en la sociedad vasca, antes de cumplir en prisión toda la condena si al amparo de la ley su evolución sirve a la consolidación de la convivencia.

En este año, las sensaciones de haber avanzado mucho y sentir que es poco, extrañamente conviven en nuestros pensamientos. Los cambios en el nivel político y macrosocial ―los habidos y los que están por venir en esta legislatura― son imprescindibles y condición de posibilidad de otros cambios, pero no debemos olvidarnos del nivel individual, familiar, grupal y local. Ojalá que de la propia sociedad surjan movimientos en pro de un diálogo que traspase los muros invisibles que dividen la sociedad vasca. Para suturar esas fracturas, para reparar el daño causado, entiendo que un primer paso sería un conocimiento y reconocimiento del daño sufrido por las personas con las que vamos sentados en el autobús, las que nos cruzamos en el supermercado, con las que compartimos trabajo u ocio; aún queda mucha ignorancia e incomprensión; en el descubrimiento y diálogo interpersonal también está el futuro de la convivencia en Euskadi.