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¿Refugiados en España? ¡Rápido, una medalla!

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Un miembro de la Cruz Roja saludo a los refugiados llegados a España la semana pasada/EFE

En la larga época de Manuel Fraga al frente de la Xunta de Galicia (1990-2005), era frecuente ver a su lado a un personaje de lealtad incorruptible, servilismo fiero y admiración profunda hacia el gran líder. Se llamaba Jesús Pérez Varela. Este curioso ayudante de campo igual portaba la cartera del León de Villalba que le ataba las botas en los retiros monásticos que cada año realizaba el Gobierno gallego. Periodista de formación, fue premiado por su devoción al líder con el puesto de conselleiro de Cultura y Comunicación Social en los dos últimos mandatos de Fraga.

Eran antológicas sus meteduras de pata (reales o inventadas) del que dirigía -no lo olvidemos- el departamento de cultura autonómico. Así, no tenía empacho en hablar de la "cantante Carmiña Burana", en invitar a unas jornadas al intelectual palestino Edward Said... un año después de fallecer, o en hablar de las cantantes líricas "Ainhoa y Arteta". Todo sin rubor.

Estos deslices iban seguidos de críticas crueles y burlas despiadadas de la oposición política y cultural, que aún hoy se recuerdan, si bien Pérez Varela ha pasado a la historia por ser el promotor del Gaiás, la desmesurada Cidade da Cultura de Galicia, concebida en aplicación de uno de los axiomas de la arquitectura actual: primero hacemos los edificios, y luego ya se verá qué hacemos dentro.

Una labor clave de Pérez Varela era la selección de los premiados con las medallas de Galicia y medallas Castelao que la Xunta concedía el 25 de julio, fiesta oficial de la Comunidad; tarea a la que se aplicaba con afán y profusión: ¿maestro jubilado tras cuarenta años de servicio en la Costa da Morte?, medalla de bronce; en las Rías Baixas un marinero que inventaba un nuevo modelo de batea para los mejillones, medalla de plata; un restaurante (la especialidad de Pérez Varela) en la montaña de Lugo que cumplía ochenta años al pie del cañón, medalla de oro, y otra para el emigrante orensano exitoso en México. Medallas y más medallas... miles en el imaginario popular. "Pérez Varela, ¡más medallas!", bramaba Fraga al estilo Buster Keaton en El maquinista de la General.

Medallas que tal vez debería concederse al Gobierno español ante el inmenso mérito de recibir, el pasado 24 de mayo a veinte refugiados sirios e iraquíes llegados de Grecia. Sí, ¡veinte! "Un paso de gigante...", como dijo Amstrong, al pisar la Luna por primera vez. En Barajas, al bajar del avión de Aegean Airways, los refugiados eran recibidos por el halcón Francisco Martínez, secretario de Estado de Seguridad de un ministerio, el de Interior, y de un Gobierno que ha alertado una y otra vez de los peligros de la acogida humanitaria en la fortaleza Europa, por la posibilidad -discurso enmendado por ACNUR y por la propia vicepresidenta Sáenz de Santamaría- de que se colasen yihadistas. Alertas falsas que buscan siempre conectar con el electorado más rancio y justificar el desprecio a los habitantes de Siria, Irak o Afganistán, asolados por la guerra.

Debe saberse que España albergó durante todo 2015 a diecisiete eritreos y a un único sirio, ¡uno sólo!, Osama Abdul Mohsen.

Otras decenas de refugiados llegarán en los próximos días, una cifra mínima comparada con las 17.000 personas que se comprometió a acoger España; un compromiso perezoso, a rastras podríamos decir, a la vista de las críticas de autonomías (Valencia fletó un barco con capacidad para traer a 1.400 personas, que sigue atracado en puerto por la falta de colaboración de Exteriores), ciudades, ONG y ciudadanos en general que -no lo olvidemos- apoyan estas acogidas solidarias.

Y cifra ridícula en comparación con los países del norte de Europa, con Alemania a la cabeza, que han recibido a decenas o centenares de miles de refugiados. Y no digamos Canadá, que ni siquiera es un país europeo, que acogió entre noviembre y febrero pasado a 25.000 personas, llevadas en avión desde Grecia.

Debe saberse que España albergó durante todo 2015 a diecisiete eritreos y a un único sirio, ¡uno sólo!, Osama Abdul Mohsen, aquel -visto en TV- humillado por una periodista (¿?) húngara, y traído a España por un entrenador de Getafe, con tal mala suerte -o falta de humanidad- que el gobierno ni siquiera permitió traer a su mujer y resto de la familia. Pero las críticas de las ONG y la sociedad civil, que se coordinan, preparan programas y recaudan fondos, no hacen mella en el gobierno, más preocupado por otros asuntos prosaicos.

Y otra medalla más habría que dar a los ministros de Interior y Exteriores, ufanos por el éxito del vergonzoso acuerdo de la UE con Turquía, que ha cortado casi de raíz el flujo de refugiados hacia las islas griegas...a costa de aumentarlo en las costas de Italia, como se ha visto el pasado 25 de mayo, con el naufragio dramático de un pequeño barco atestado con más de quinientos inmigrantes ante los ojos de la Marina Militare transalpina. ¡Que se aguanten los italianos!
Otro día hablaremos del coste para España de acoger a los refugiados, que dará lugar -ya lo verán ustedes- a otra automedalla para nuestros gobernantes.