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Vietnam, entre dos aguas

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La estatua del padre de la patria vietnamita, Ho chi Minh preside la reunión entre el presidente de Vietnam Tran Dai Quang y el presidente de EEUU Barack Obama. REUTERS/Carlos Barria

Tras la visita del presidente Obama a Vietnam, el acercamiento entre Washington y Hanoi ha dado un nuevo y significativo paso adelante. El levantamiento del embargo de armas, la cooperación económica y comercial y, sobre todo, el entendimiento estratégico facilitan la sorprendente transmutación de los antaño enemigos y la subalternización de asuntos controvertidos (derechos humanos, liberalización de la economía) que, en otros contextos, justifican la irascibilidad de la Casa Blanca. Beijing se apresuró a señalar que ese acercamiento en modo alguno afectaba a las privilegiadas relaciones bilaterales con su vecino, pero lo cierto es que la situación no es de su agrado.

Estos días, tropas del ejército chino inician la tercera operación de desminado de la frontera común. En la provincia de Yunan, varios cientos de soldados se afanan por retirar las minas antipersona que datan de la guerra de 1979. Es la tercera misión de esta naturaleza tras una parálisis de más de quince años, y se produce poco después de la visita de Obama.

China y Vietnam siguen sin entenderse respecto a las islas Nansha o Spratly, sobre las cuales ambas partes sostienen reclamaciones. Los avances chinos sobre el terreno generan preocupación en Hanoi y en respuesta acelera el entendimiento con Washington que, por otra parte, no cesa de denunciar la agresiva actitud china en las aguas disputadas. Beijing intenta sortear una hipotética alianza de facto propiciando negociaciones bilaterales acompañadas de patrullas conjuntas en el golfo de Tonkin, en activo desde 2005, y otras medidas generadoras de confianza. Pero la memoria de la breve guerra de 1979 -apenas un mes-, parece más fresca y más dolorosa que los veinte años que duró la segunda guerra de Indochina...

Cada año, más navíos de guerra estadounidenses hacen escala en Vietnam.

El temor vietnamita a que China aproveche su nuevo estatus para ganar posiciones en la región a costa de las demandas de los pequeños países del sudeste asiático le empuja directamente a responder a las querencias de Washinton, empeñado desde hace tres lustros en reconducir las relaciones con Vietnam, pieza fundamental de una estrategia de contención de China con reflejos añadidos en Seúl, Tokio, Manila o Canberra. La reiteración de problemas de los guardacostas chinos con sus pescadores, al igual que las disputas por las concesiones petroleras en la zona pese a los acuerdos que en teoría definen los ámbitos de gestión de cada parte, incrementa el escepticismo.

A pesar de la afinidad ideológica entre los gobernantes partidos comunistas de China y de Vietnam, las respectivas servidumbres nacionalistas dificultan el entendimiento. Beijing ha sido incapaz de suplir aquí el papel de Moscú tras el hundimiento de la URSS. Putin intenta ahora evitar que la profundización de los lazos con EEUU vaya en detrimento de una influencia que intenta restaurar, entre otros para no perder un buen cliente de su industria armamentística.

Esa intensificación de los vínculos militares -un fenómeno cada vez más común en otras capitales de la región- es seguida con preocupación en Beijing, que no desea verse arrastrada a una carrera de armamentos. Cada año, más navíos de guerra estadounidenses hacen escala en Vietnam. También chinos, pero en menor cuantía. Pese a ello, en caso de agravamiento de las tensiones, Washington aún queda a mucha distancia de Hanoi. China espera poder demostrarlo con nuevas acciones en la zona de conflicto que reafirmen su inquebrantable voluntad de hacer valer unas reivindicaciones que justifica con argumentos históricos pero que otros consideran desmedidas. Al mismo tiempo, quiere evidenciar ante los demás litigantes que EEUU no irá más allá de los gestos y no se implicará militarmente en estos contenciosos. No obstante, más provechoso sería para todos un salto cualitativo en la negociación.