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Yolanda Domínguez Headshot

¿Existe el porno feminista?

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Fotograma del videoclip Ritmo en la sangre, de NovedadesCarminha.

Las clases de burlesque, el look porno-chic, las reuniones tupper sex, las operaciones de blanqueamiento anal y las de rejuvenecimiento vulvar, los consejos para hacer una felación deep throat, las campañas publicitarias que emulan violaciones en grupo, los grupos musicales que lanzan su single a través de un vídeo porno... La pornografía ya se ha convertido en algo tan cotidiano como tomar un café pero ¿a quién beneficia realmente la proliferación de esta industria?

Fue el Dr. Alfred Kinsey quien sugirió en 1948 a través de su libro El comportamiento sexual en el hombre que la pornografía y cualquier tipo de comportamiento sexual debían ser "normalizados". Un buen número de empresarios supieron sacarle rentabilidad a esta idea que ya se aplica a todo tipo de campañas, soportes y estrategias. El sexo es bueno para la piel, el sexo vende, ten sexo a todas horas. Nadie se cuestiona la conveniencia de normalizar la sexualidad y de tener acceso a una información variada, lo que sí genera dudas es si la pornografía está contribuyendo o no a conseguir esa libertad.

En el movimiento feminista la representación de la sexualidad es uno de los temas clave. En el cine, el porno y los mass media el sexo es representado de una forma parcial y sesgada, construida por y para el placer masculino y obviando el disfrute de las mujeres. El cuerpo femenino se presenta como un objeto de deseo proveedor de placer pero no como sujeto deseante y receptor del mismo. En la pornografía mainstream este modelo genera aún más conflicto por la asociación del placer sexual con la violencia hacia las mujeres.

Ante la pregunta de si un porno feminista es posible, nos encontramos con opiniones muy diversas y encontradas. Del lado de las mujeres que lo producen están las autoras que promueven un "porno ético" como Erica Lust, Anna Span o Petra Joy y en España Amarna Miller. El discurso de Amarna no acaba de convencer a muchas personas que ven en su trabajo las mismas escenas de abuso y sometimiento de siempre aunque vayan acompañadas de una estética más cuidada y la declaración de la artista de que ella disfruta y lo elige libremente. El hecho de que alguien disfrute con su trabajo es absolutamente respetable pero eso no implica que esté aportando un cambio hacia la igualdad.

De la misma forma que exigimos a la publicidad, el cine o la moda modelos más comprometidos con la desigualdad social también deberíamos exigir un cambio en el imaginario sexual.

Repetir el mismo porno construido por y para hombres y presentarlo como el súmmum de la liberación y modernidad no sólo refuerza el imaginario de la desigualdad sino que incita a muchas personas, hombres y mujeres, a imitar ese modelo para no quedarse fuera del colectivo cool aunque no disfruten con ello. Gran cantidad de mujeres confiesan en la intimidad que no les gusta el porno y que experimentan rechazo al verlo. Pero también hay a hombres que reconocen no sentirse representados y que consumirlo ha empeorado sus relaciones sexuales. Algunos, como Ran Gavrieli, hasta se atreven a decirlo en público.

Diversos movimientos y personalidades se han declarado abiertamente anti-pornografía. Documentales como Pornlad y plataformas como Stop a la cultura del porno denuncian el enorme poder de esta industria aportando artículos y datos sobre los efectos negativos la misma.

Yo soy una gran defensora de la imagen como vehículo para el cambio social. No estoy a favor de prohibir la libertad de expresión pero sí de ser conscientes de sus consecuencias y hacerse cargo de ellas. También de buscar consensos comunes en los que no sólo se tenga en cuenta el beneficio económico sino el beneficio social. De la misma forma que exigimos a la publicidad, el cine o la moda modelos más comprometidos con la desigualdad social también deberíamos exigir un cambio en el imaginario sexual. La pornografía actual reproduce modelos que impiden, más que estimulan, otras formas de relacionarnos sexualmente.

Todos sabemos que es una industria difícil de cambiar porque su éxito reside en darnos más de lo que ya conocemos para evitar el riesgo de perder adeptos. Es positivo que existan algunos esfuerzos por cambiarla, aunque de momento ese material es escaso, desconocido y difícil de encontrar. Para acceder a ese tipo de pornografía se tienen que dar previamente unas reflexiones, hacer una búsqueda específica y pagar por ello. Hay millones de adolescentes en todo el mundo que se educan con la pornografía gratuita de internet y que no tienen acceso ni a estas reflexiones ni a ese material.
¿Pensáis que otro porno es posible? ¿Dejaríais, cambiaríais o regularíais de otra forma el que hay?