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¡Que le cooorten la cabeza!

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"¡Dime qué quieres que sea, cómo quieres que sea, puedo ser cualquier cosa!", gritaba desesperada Gena Rowlands en Una mujer bajo la influencia de John Cassavetes. En la escena, Mabel, una ama de casa con tres hijos discute con su marido tras sentirse culpable por estropear una reunión con sus amigos sobre el papel que debe interpretar para ser la mujer perfecta. Más o menos lo que hacemos la mayoría de las mujeres a lo largo y ancho del mundo y en la mayoría de culturas, seguir al pie de la letra las instrucciones. Y aunque a priori pueda parecer que leer un prospecto y hacer lo que indica es tarea fácil, a ninguna se nos advierte de los efectos secundarios: que se nos juzga por ello.

Estos días tengo la sensación de que el mundo se ha convertido en el plató gigante de De buena ley aquel programa de juicios falsos donde unos actores se gritaban los unos a los otros frente a un público que aplaudía o insultaba según le daba, sólo que ahora el programa se emite con una nueva versión donde las únicas juzgadas son las mujeres. ¿Que se trata de una violación múltiple? Se cuestiona a la agredida. ¿Que hablamos de los metros de tela que se han de llevar a la playa? Se multa a la bañista. ¿Que hablamos de prostitución y trata de personas? Se centra el foco en la libertad de las mujeres a vender su propio cuerpo... El mecanismo es muy sencillo, consiste en que pase lo que pase hay que encontrar la manera de que el sujeto de la acción sea siempre femenino. Un blanco recurrente al que tenemos por costumbre disparar.

Las mujeres somos la pelotita con la que juega el sistema. Nos colocan donde quieren para distraer, hoy convenimos aquí y mañana convenimos más allí. Somos las fichas que ponen en marcha la estrategia.

Lo peor de este tipo de juicios rápidos es precisamente eso, la rapidez. No se profundiza, no se reflexiona, queremos escuchar el "que le corten la cabeza" y eso nos da tranquilidad, da igual qué cabeza caiga. Y es que desde las gradas, perrito caliente en mano, nos parece que todo se ve muy bien, cuando en realidad se pierde la perspectiva. Lo que estamos haciendo sería comparable a ver un a un partido de tenis y comentar la jugada haciendo responsable a la pelota. "Ha caído fuera, será caradura". "Se ha quedado en la red, no sirve para nada". ¿Qué pasa con los que dan el golpe? ¿Por qué no se analizan los movimientos que hacen que las mujeres estén en esa posición?. Si se trata de concienciar acerca de la falta de libertad de las mujeres, que se sancione a las personas que las privan de ella. Si se trata de evitar que haya agresiones y violaciones, dirijamos las campañas y los consejos a los que las generan. Si queremos acabar con la prostitución, visibilicemos a las personas que trafican y se lucran con ella.

Las mujeres somos la pelotita con la que juega el sistema. Nos colocan donde quieren para distraer, hoy convenimos aquí y mañana convenimos más allí. Somos las fichas que ponen en marcha la estrategia. ¿Cómo se sentirá esa mujer a la que han educado desde pequeña para cubrir su cuerpo y a la que ahora prohíben ocultarlo? ¿Y esa otra a la que animan a ser seductora y atractiva durante toda su vida y ahora ponen en duda por ser deseable? "Su señoría, yo sólo estaba siguiendo instrucciones". ¡Qué le cooorten la cabeza!.

Señalar a estas mujeres y castigarlas forma parte de un circo mediático y político, denota una estrechez de miras y una falta enorme de empatía. No se puede resolver un conflicto generado durante años y en el que hay tantos agentes implicados con una sanción a la víctima. Levantemos la mirada, revisemos las instrucciones de los prospectos, pidamos explicaciones y señalemos a quienes los escriben y prescriben, no a quienes los padecen.