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Estuve 25 años con un hombre casado

13/04/2015 07:23 CEST | Actualizado 13/06/2015 11:12 CEST
Ryan McVay via Getty Images
Couple sitting on bed in hotel room, looking out window, rear view

Por A.J.

Conocí a Sam en 1981 cuando yo tenía 39 años y estaba atravesando por un terrible divorcio. Mi marido me había abandonado a mí y a nuestra hija de 14 meses y ni siquiera quería pasarnos la pensión básica.

Necesitaba un buen abogado. Dos fiscales de renombre que conocía me dieron el mismo nombre y una frase profética: "Estáis hechos el uno para el otro".

Sam fue el salvador perfecto. Yo no dejaba de preguntarle: "¿Cómo lo voy a conseguir? ¿Irá todo bien?". Él me aseguró que se ocuparía de todo, y así lo hizo.

Entonces empecé a sentir algo por él.

Sabía que era inalcanzable: un hombre casado con una mujer guapa e hijos mayores. Pero yo estaba sola y asustada; no había experimentado una pérdida así desde que mi madre murió cuando yo tenía 10 años. Al final, mi corazón pudo más que mi cabeza.

Le convencí para que viniera a mi piso diciéndole: "¿Cómo puedes hacer un alegato sobre lo que me cuesta vivir y mantener a mi hija sin ver nuestra casa?".

¿Un argumento débil? Sin duda. Pero él me lo compró. Cuando estaba en mi habitación, me acerqué a él y empecé a desabrocharle los pantalones. "Oh, no, eso no. Cualquier cosa menos eso", dijo con una voz suave pero seria.

Empezamos a comer en mi piso, cuando mi hija y su niñera salían para hacer alguna actividad. A veces, él se cogía la tarde libre e íbamos a Coney Island. Después de llevar dos años viéndonos, me regaló un anillo de oro esmaltado hecho a mano con la palabra "Siempre" inscrita en el interior.

Su mujer empezó a sospechar que él tenía un affair y le pidió explicaciones. Resulta que por aquella época tuvimos una pequeña crisis, así que él le dijo con sinceridad que la historia había terminado. Ella nunca volvió a preguntarle y él nunca actualizó su respuesta.

Lo que se siente al ser la otra mujer.

Mis amigos Arthur y Lynne, que están casados, me criticaban por hacer el papel de La Otra. Pero ese papel era el que mejor sabía interpretar.

Mi padre se volvió a casar cuando yo tenía 15, cinco años después de que muriera mi madre. A su nueva mujer no le gusté desde el principio, y se quejaba de que mi padre me quisiese a mí más que a ella. Papá pensó que si me iba un tiempo de casa, ella se tranquilizaría y cambiaría de opinión. Así que en mi último año de instituto, cuando los demás niños se iban a casa, yo me iba a un hotel.

Algunas noches, él se quedaba en el hotel conmigo; otras veces, dormía en casa con su mujer y mi hermano mayor. Nunca volví con mi familia.

Mi historia con Sam era una oportunidad para revivir mi infancia e intentar que las cosas salieran de otra forma.

Yo era una publicista de éxito, pero con el estrés del divorcio y de criar sola a mi hija me costaba mucho dedicar el tiempo y la energía que mi trabajo exigía. Cuando dejé de trabajar, Sam se aseguró de mantenernos a mi hija y a mí económicamente. Una vez me dijo que nunca permitiría que nos ahogáramos.

Para él, la familia era esencial y como en 1987 sus hijas se casaron y formaron una familia por su cuenta, sus obligaciones familiares aumentaron. Cada vez se interponían más cosas entre nosotros. Y cada vez él tenía menos tiempo para mí.

En 1994 ya llevábamos 13 años juntos. Entre semana, Sam seguía sacando tiempo para verme todos los días. Quedábamos después del trabajo, cenábamos y luego volvíamos a mi piso. Mi hija ya era adolescente, así que él sólo venía las noches que ella pasaba con sus amigos.

Sólo con verle se me cortaba la respiración. Nunca había sentido esa pasión o química o esa profunda conexión con nadie. Al mismo tiempo, sabía que para ambos, el tiempo que pasábamos juntos suponía una vía de escape. No tenía que lavarle la ropa ni aguantar sus ronquidos. Él no tenía que soportar que mi gato se le durmiera encima o que soltara pelo naranja en sus trajes ingleses.

Como un niño quiere a un padre

La psicóloga me dijo que no me diera tanta prisa en confiar en mis sentimientos. Me dijo que sólo porque sintiera algo profundo no quería decir que fuera bueno para mí. Pero le quería tanto. Le quería sin poder evitarlo, como un niño a sus padres.

Según el cliché, él sería el sustituto de mi padre. Pero el cliché se equivocaba. Le quería como había querido a mi madre. Él me daba seguridad y se preocupaba por mí de una forma que no había sentido desde la muerte de mi madre.

Una tarde de 2009, sentados en nuestra mesa del fondo del Regency, le pregunté qué ocurriría si él muriese de forma repentina. Quería oír lo importante que era para él. Pero, en vez de eso, me dijo: "Haré por ti todo lo posible mientras viva. Y no quiero que volvamos hablar del tema nunca más".

Lo sentí como un puñetazo. Pero más que dolida, me sentí estúpida. ¿Por qué no me había esforzado más por cuidar de mí misma todos esos años? ¿Por qué no había cogido algún trabajo para no tener que depender tanto de él? En cualquier caso, no le dejé.

Al final, sucedió en otra comida fatídica en el Regency. Mientras volvía a escuchar sus problemas y limitaciones (no podíamos pasar la noche juntos, ni cenar en Le Cirque porque había estado allí con su familia), se me encendió la bombilla.

El hueco abierto en mi corazón no lo podría rellenar nadie. Sólo yo. Tenía que quererme más de lo que quería a los demás. Él incluido. Por fin lo entendía.

Salimos del hotel por la Cuarta Avenida y, sin mediar palabra, me di la vuelta y me fui.

Este artículo apareció originalmente en YourTango.

El post fue publicado con anterioridad en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano.

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