INTERNACIONAL
04/10/2012 10:00 CEST | Actualizado 04/10/2012 12:48 CEST

Debate presidencial: mejor Romney, pero por poco

AP
Republican presidential nominee Mitt Romney and President Barack Obama shake hands during the first presidential debate at the University of Denver, Wednesday, Oct. 3, 2012, in Denver. (AP Photo/Charlie Neibergall)

Años de campaña electoral furiosa y multimillonaria. Centenares de miles de avisos televisivos. Todo desembocó en el primer debate presidencial entre el mandatario Barack Obama y el candidato republicano Mitt Romney. El debate fue aleccionador, interesante aunque a veces de ilación perdida e ideas difíciles de explicar por lo complicadas, largas y detalladas.

Los primeros 45 minutos fueron los más decisivos de esta campaña electoral. Mostraron a un presidente Barack Obama cansado. Casi parecía abrumado por las circunstancias. Decidido a darlo todo para seguir adelante. Pero por momentos parecía como que el cuerpo ya no le daba. Que la fatiga era evidente. Parecía evidente que lo que más quería era estar con su esposa Michelle en el vigésimo aniversario de su casamiento. Sus palabras parecían repetidas, vacuas. Como Al Gore hace ocho años, hizo muecas, sonrió al moderador, se distrajo, algo que Romney hizo solamente una vez, después de una hora de debate demoledor, ansioso de contestar a Obama sobre el tema de "Obamacare".

En cambio, el retador, el ex gobernador republicano, pareció más reposado, más preparado para el evento histórico, más relajado y tranquilo, y al mismo tiempo, más enérgico. Romney se mostró más convencido de lo que apoya, más apasionado, e independientemente del contenido de lo que diga, eso es lo que puede hacer que muchos votantes indecisos se decidan por él.

¿Se notará en los votos? ¿Habrá algún movimiento en el pequeño campamento de votantes indecisos, que los especialistas catalogan entre 3 y 5 por ciento?

Lo que los ayudantes de campo de Obama temían se manifestó: el candidato fue “profesorial”, didáctico. Trató de enseñarle a Romney aquello que el candidato no quería oir. “Hablemos de impuestos porque es instructivo”. Pero lo hizo con largas respuestas, cansando no al rival, sino en última instancia al público en la sala y quizás al público ciudadano. Y a Romney le ayudó el hecho de que se esperaba una victoria clara de Obama.

Esta fue la fiesta de las cadenas televisivas. Midieron cuántas veces cada candidato utilizó la palabra “middle class”. Midieron los suspiros, los momentos sin palabras. Midieron cuántos segundos cada uno de ellos habló. Obama habló cuatro minutos más que Romney. Examinaron si Jim Lehrer, el reconocido moderador de confianza de ambos bandos, se inclinaba a favor de cualquiera de los dos, si, como lo acusó abiertamente el showman Rush Limbaugh al decir que Romney debía confrontarse en dos frentes, contra Obama y contra Lehrer.

Pero Lehrer, en quien se notó el paso de los años, demostró, como lo hizo repetidamente a lo largo de años de moderar debates, ser un consumado profesional.

Romney tenía como tarea modificar la dinámica de la campaña electoral, sacudir esta carrera desenfrenada y casi incontrolable. ¿Le dejó, cedió terreno Obama ante su ofensiva?

¿En quién confían los votantes en el principal problema por el que atraviesa el país, la crisis económica, la falta de empleos, subida de precios, falta de crédito? ¿En Romney o en Obama? Si son iguales, si los votantes no encuentran diferencia entre ambos, la ciudadanía no tendrá suficiente aliciente por cambiar de presidente, cambiar de caballos, en medio de la carrera.

El debate dio varias respuestas. Romney estableció una nueva base programática, ideológica, de su programa presidencial. No en vano terminó el debate más alegre y satisfecho que Obama.

EL DESARROLLO DEL DEBATE

Ya en la tercera pregunta parecía evidente que los televidentes se perdían en un mar de detalles, números, donde Romney tenía la delantera. Y solamente después de casi 20 minutos de palabrería se dio cuenta Obama que si no empezaba a atacar a Romney, si no se dejaba de encontrar lo que ambos acordaban, el retador republicano lo aplastaría. En el medio, Jim Lehrer permitió que los candidatos volviesen a insistir en usar sus dos minutos cada uno en repetir lo mismo, lo mismo que habían dicho cinco minutos antes, sin convencer ni interesar a nadie más que sus secretarios que anotaban furiosamente en sus cuadernos, detrás del escenario. “El presidente empezó este segmento, quiero terminarlo, déjenme repetir lo que ya dije”, dijo Romney.

Pero con excepción de unos breves, débiles intentos de Romney, los candidatos trataron de referirse con responsabilidad a los temas importantes del momento, pese a que no enervaron, no energizaron, no hicieron gritar a la audiencia. Obama pudo decir que Romney despidió gente e invirtió en empleos en el exterior cuando habló sobre el tema y no lo hizo. Romney usó la palabra "Obamacare" pero pidió perdón y permiso a su contrincante por hacer uso de un término generalmente entendido como insultante. Poco después, Obama lo repitió y dijo “I have become a fan of this term”. Obama reaccionó a las protestas de Romney de que sus acusaciones no se referían a sus posturas diciendo “la postura nueva del gobernador es nevermind, no importa”. Y nunca apareció el término “47 por ciento”.

La velada fue sin embargo de contrastes. Romney insistió en sus planes de privatización. Obama defendió el papel de los gobiernos en su deber por proteger a la ciudadanía. Obama insistió en subir impuestos a los réditos a la gente que gana más de un cuarto de millón de dólares por año. Romney rechazó el concepto de impuestos federales como siempre excesivos. Agregó que las pequeñas empresas se beneficiarán con sus planes y Obama retrucó que para Romney incluso Donald Trump – el varias veces multimillonario y excéntrico financista – es dueño de una pequeña empresa.

EL DESENLACE DEL DEBATE

En el lenguaje corporal, entonces, Romney fue mejor, pero con excepción de las tres o cuatro veces en que Obama miró a la cámara, a la pantalla, a la nación, de manera directa. Pero no miró a Romney de manera directa.

En la enumeración de razones y principios, Romney fue mejor, explicando sus planes por partes: primero, segundo, tercero… contra intentos no completos del presidente, que se enredó en explicaciones largas e hizo la comprensión de sus ideas más difícil.

Finalmente,recién en el minuto 63, el presidente atacó, enumerando todo lo que Romney quiere anular pero en lo que se niega a detallar. “¿Lo hace porque es demasiado bueno?”, criticó Obama a un Romney que se negaba a dar detalles de su plan. Obama insistió – más vehementemente que nunca – que su plan de salud, su "Obamacare", está basado en lo que hizo Romney en Massachusetts.

Pero por lo general, nuevamente, Obama se aferró a la idea de no enojar, no atacar frontalmente, no despertar animosidades y hostilidad. En el camino, le faltó la energía que lo caracterizó durante años en sus apariciones públicas. Pero no le falló, finalmente, su intelecto, al igual que a Romney. Ambos mostraron dominio de los temas, repitieron en última instancia sus posiciones comunes y conocidas. Pero vimos a un Romney centrista, no extremista. Se alejó de aquel fogoso y extremista y feroz candidato de las primarias republicanas. Quiso que todos lo quieran, y las encuestas de los próximos días mostrarán si lo logró.

Por su parte, a Obama le quedan dos debates para mejorar. Todavía hay tiempo, y las encuestas de las últimas semanas lo muestran en la delantera. Pero es un lujo que no puede arriesgarse a perder. Los debates, sí que tienen influencia en la mente de las gentes.