INTERNACIONAL
24/04/2014 07:09 CEST | Actualizado 24/04/2014 07:09 CEST

Dima Gau, voz del levantamiento prorruso en Donétsk

ARGEMINO BARRO

Si el edificio del Gobierno regional ocupado en Donétsk fuese un cuerpo humano, su cerebro sería el undécimo piso, donde los rebeldes prorrusos discuten medidas y dan ruedas de prensa. El estómago es la cocina de la planta baja; las manos, los enmascarados con palos y la espina dorsal los delegados que llevan identificaciones plastificadas y hablan por el móvil. La silueta del edificio, cuadrada e imponente, domina la ciudad, y de su fachada sobresale hacia la mitad lo que sería el rostro, una protuberancia coronada por la bandera independentista.

La voz del edificio es Dmitry Yegórovich Gau.

Cada hora, Dmitry, o Dima, de 29 años, comunica "al pueblo" las últimas noticias y decisiones del Consejo Revolucionario. Su voz descomunal, casi aterradora, reverbera como una tormenta en las calles del centro. Es una voz nasal, rusa de profundidad y rota en sentido económico: obrera y sufridora, potenciada por dos altavoces inmensos como pilares griegos.

Dima encarna el perfil medio del activista prorruso: joven de clase obrera con escasa educación formal, devorado por el declive de la industria y vagamente nostálgico. Del colegio pasó directamente a la construcción y luego al Ejército, donde pasó año y medio destinado en Járkov. "Yo era un patriota de Ucrania", dice solemne. "Estaba negociando volver al Ejército cuando estallaron las protestas en Kiev. Entonces me pregunté: ¿también tendré que defender a esa gente?".

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Fue el mismísimo Lenin quien le arrastró a la política. Un día del pasado febrero, Dima escuchó que nacionalistas ucranianos andaban tumbando estatuas del líder bolchevique por todo el país. Él, que vivía junto a su mujer y su hija de cinco años en Makiivka, una ciudad vecina, se sumó al cordón humano que rodeó la efigie en el centro de Donétsk.

Bajo la perilla de Lenin (que lleva boina y tiene una mano en el bolsillo; es su estatua más amable), Dima comenzó a venir a las manifestaciones prorrusas cada fin de semana. Hoy no sólo comunica, también organiza la información: todo aquel que desee subir al pequeño escenario tras las barricadas tiene que hablar con Dima para que no haya sorpresas. "Una vez, un señor comenzó a pedir la vuelta de Yanukóvich [expresidente depuesto]", me cuenta. "Y eso no es algo que muchos deseemos por aquí".

El despacho donde tiene lugar la entrevista parece llevar años abandonado. Hay bolsas de basura en las esquinas y tazas de café olvidadas en las estanterías. Ése es el aspecto interno del cuartel prorruso: once plantas de checkpoints improvisados, caos y puertas bloqueadas por barras de hierro y enmascarados. No hay electricidad, y los activistas duermen agrupados según su origen sobre esterillas y sacos de dormir. Ni siquiera la cocina está organizada; durante la primera semana larga de ocupación nadie podía saber qué ni cuánto comería ese mismo día.

El aspecto exterior tampoco refleja orden; lo definen tres filas de barricadas hechas de neumáticos, vigas y trozos de coche, cubiertas de fotos y carteles antioccidentales. Hay adolescentes que visten pasamontañas y blanden palos y trozos de cañería; las señoras mayores increpan a los periodistas y las marchas militares presionan el espíritu. A los pocos días instalaron, también, la televisión rusa, cuya emisión había sido prohibida por Kiev.

La peor imagen llega por la noche, cuando el edificio emite un resplandor azulado en la oscuridad; la voz de Dima conquista el aire, acompañada por vítores y hogueras chispeantes. El efecto es tal que muchos llaman al edificio "Mordor", como la patria del mal descrita en "El Señor de los Anillos".

Sin embargo, pese a su negativísima imagen pública, hecha de militarismo y máscaras, y al papel no confirmado de Rusia y los oligarcas, el levantamiento posee un factor social palpable. "Después de aguantar 23 años de promesas incumplidas [desde la caída de la URSS], decidimos dar un paso adelante", explica Dima, para quien la revuelta fue completamente espontánea.

El razonamiento es el siguiente: este edificio no ha sido ocupado, sino liberado. El Gobierno interino de Kiev es golpista (pues Yanukóvich fue expulsado por la fuerza) y fascista (dado que varios de sus miembros vienen de la extrema derecha), y por tanto el gobernador regional que ha nombrado (el oligarca Serhii Taruta) no es legítimo. Por eso, el pueblo, representado por la República de Donétsk, ha tomado estas y otras dependencias para exigir un referéndum que les permita mayor autogobierno y seguir cerca de Rusia por motivos sentimentales y económicos.

La situación actual ha llenado a Dima de responsabilidad y orgullo ceremonial. Se levanta cada mañana a las ocho y está trabajando hasta las tres o las cuatro de la madrugada. Tiene estatus de diputado, pero no se mezcla con ellos, sino que permanece de mediador y vigilante "al lado del pueblo". Cuando alguien bebe o da problemas (dentro reina la sujói zakón, "ley seca"), Dima dice tomar medidas y velar por el buen comportamiento general.

Su objetivo es llegar al referéndum independentista que supuestamente ocurrirá el 11 de mayo. "Después, dejaré la política para volver al lado de mi mujer y mi hija".

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