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01/06/2014 10:05 CEST | Actualizado 01/06/2014 10:05 CEST

Un sobrecogedor proyecto fotográfico capta a héroes cotidianos en sus últimos momentos

“Es más importante saber qué tipo de persona tiene una enfermedad que saber qué tipo de enfermedad tiene una persona”.

Este proverbio, atribuido a Hipócrates, que vivió hasta el 377 a.C., se hace cierto en las fotografías de Andrew George, cuyo proyecto “Right Before I Die” (“justo antes de que muera”) es una reflexión impresionante sobre la vida y la pérdida. Este artista, que actualmente reside en Los Ángeles, captura retratos humildes y desgarradores de personas corrientes que afrontan sus últimos momentos de vida y están obligadas a hacer frente a la inevitable realidad estremecedora y acechante de la muerte.

Josefina

“Cuando se me ocurrió la idea de hacer este proyecto, acababa de morir la madre de un amigo y yo estaba maravillado por la cantidad de amor verdadero que se mostró por ella en el funeral”, explicó George a The Huffington Post. “Empecé a preguntarme qué tenía esa mujer para poder provocar todo eso. Tenía esa magia en la forma clara y sabia con la que hablaba; además, nunca se tomaba a sí misma demasiado en serio. Se reía más que cualquier persona de las que conozco, reaccionaba con sinceridad y con interés ante sus amigos, y tenía muchísima pasión en su valiente curiosidad para viajar y explorar diferentes culturas del mundo. Era, simplemente, una de las mejores personas que he conocido, aunque, por desgracia, nadie que no la conociera habría oído hablar de ella, puesto que entre sus logros materiales no se encontraba la fama”.

George empezó a interesarse por estas personas que sabían que su muerte era inminente, por esas personas “ordinarias” que durante mucho tiempo habían pasado desapercibidas en la parada del autobús, en el mercado, en la acera. Con un único diagnóstico, estos ciudadanos del día a día se convierten en héroes sin reconocimiento, obligados a luchar con una fuerza inconcebible mientras su cuerpo sigue debilitándose. “Para todos ellos, la cosa empezó más o menos como empezará contigo: un picor extrañamente persistente en la cabeza, un malestar en el lado izquierdo, un bulto que te notas en la ducha. Comienza a ser algo imposible de ignorar”, explica el filósofo y escritor Alain de Botton en su prólogo al proyecto.

Sara

Para entender mejor este final y esta fase de la vida a menudo ignorada, George buscó un hospital para enfermos terminales que le permitiera pasar tiempo con sus pacientes. La mayoría se negó a hacerlo, excepto el doctor Marwa Kilani del Providence Holy Cross Medical Center de Los Ángeles. Al doctor Kilani le atrajo el proyecto de George y, tras observar su anterior trabajo, empezó a preguntar a pacientes excepcionales si estarían interesados en ver al artista. George pasaría unas horas conociendo a cada individuo, su trayectoria, sus historias y sus miedos, y trataría de captarlo todo en un retrato. En su pieza excluyó, a propósito, las profesiones y las enfermedades de cada persona con el fin de evitar distracciones.

“Observar su capacidad para captar el color en los elementos más simples de una habitación de hospital y reflejar la luz en la cara de cada paciente fue un proceso delicado”, afirmaba el doctor Kilani en un comunicado. “Encontrar la belleza en la esterilidad de un ambiente de hospital no es sencillo. Pero el reto de la aparente monotonía hace sus imágenes más poderosas”. De hecho, las imágenes de George son tan sencillas como estremecedoras y contienen los atributos de un individuo cuyos rasgos definitorios han empezado a desvanecerse. Algunas expresan la fuerza o la alegría, mientras que otras parecen menos conscientes o expresivas, pero todas están captadas bajo las luces sobrias de las habitaciones del hospital”.

El proyecto valiente y reflexivo de George muestra muchos de los espíritus con coraje que nunca aparecerán en los libros de historia. Tristemente, apenas recibirán el reconocimiento que merecen. Las personas que están a punto de morir tienen una enorme capacidad de apreciación, escribe Botton. “Se dan cuenta del valor de la puesta de sol en una tarde primaveral, de los minutos que pasan con su nieto, de un aliento más… Y saben lo ingratos y lo consentidos que somos por no pararnos a apreciar las maravillas de cada minuto que pasa. Claro que hubo un tiempo en el que actuaron como nosotros. Ellos también malgastaron sus décadas, pero ahora saben que fue una estupidez y por eso pueden advertirnos de la nuestra”.

Como dice George, “estos hombres y mujeres no eran diferentes de ninguno de nosotros y, tarde o temprano, todos experimentaremos lo que ellos”.

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