POLÍTICA
31/07/2014 21:45 CEST | Actualizado 31/07/2014 21:51 CEST

José Luis Baltar o el cacique antes de la era de la 'casta'

No podía decirse que José Luis Baltar no pisase la calle. O que se ocultara en un despacho. O que tuviera miedo de los medios o de las demandas ciudadanas. Baltar, condenado este jueves por prevaricar al contratar a dedo a 104 empleados, era entre otras cosas un político de tanatorio. Cultivaba su presencia en entierros, aniversarios (o "cabodanos", como se les conoce, en gallego) y sobre todo tanatorios. La red social de la muerte, por paradójica que parezca la expresión, es trending topic en una Galicia envejecida y rural. Es la que él gobernó como presidente de la Diputación de Ourense (1987-2012) y del PP ourensano (1991-2009).

Baltar nació en Esgos en 1940, un ayuntamiento ourensano de unos 1.000 habitantes en el que los nueve concejales son del PP. De una familia muy humilde, se ganó la vida en actividades del sector rural y como revisor de autobús para pagarse la carrera de Magisterio. En 1976 se convirtió en alcalde de Nogueira de Ramuín, otro pequeño ayuntamiento cercano. Ahí, como primer alcalde tras el franquismo, comenzó un ascenso meteórico basado en el clientelismo.

La Diputación, la joya de la corona de su gestión, llegó a tener un millar de empleados, convirtiendo a la institución en la tercera industria de la provincia en trabajadores. Baltar utilizaba la Diputación para colocar a familiares de concejales del PP (se calcula que al menos unos 400), pero también para 'premiar' deportivamente a la oposición. Así, algunos de sus más feroces críticos acabaron cruzando la pasarela y aportando sus conocimientos al baltarismo.

33 PORTEROS PARA UNA SEDE CULTURAL

Comenzó con sus familiares, las mujeres de sus hijos, y fue engordando la plantilla hasta que se le fue de las manos. El gasto en nóminas llegó a alcanzar la mitad del presupuesto total. La deuda rozó el 100%. Todo en una provincia de muchos pequeños pueblos y pocos recursos donde el papel del organismo provincial más protagonismo debería tener.

La sede cultural de la Diputación llegó a tener 33 porteros.

No faltaba a ningún evento social, no se perdía una fiesta, no dejaba de demostrar que era uno más pese a acumular lustros y lustros de poder. Celebraba infinitas reuniones donde alguien le pedía algo y él hacía lo que podía. Hasta amenizaba las fiestas tocando el trombón. Servidor público, centro de atención y artista al mismo tiempo.

Baltar era el cacique de una era anterior a la de la llamada casta.

De hecho, él se consideraba un "cacique bueno" y hasta un "padre" para sus hijos del PP y de la Diputación, entes que no se confundían sino que eran prácticamente lo mismo.

Baltar llegó al PP a través de Centristas de Ourense, formación cuyo nombre se acabaría disolviendo en el PP. No así la presencia de su tribu, que siempre fue por libre y gozó de una gran autonomía. “Una especie de UPN aplicada a Ourense”, según el politólogo Antón Losada en referencia al partido hermano del PP en Navarra. Aupado por alcaldes locales y a la sombra de la cooperativa de alimentos Coren, Baltar fue ascendiendo hasta hacerse imprescindible.

INDOMABLE INCLUSO PARA FRAGA

Los sucesivos liderazgos del PP de Galicia tuvieron sus más y sus menos con Baltar. Tanto Manuel Fraga como Alberto Núñez Feijóo se vieron incapaces de controlarlo y se pensaron mucho sus intentos por derribarlo. Su tirón electoral y su control de los resortes del partido eran motivos de peso para dejar que Ourense campara a sus anchas.

Fraga tuvo que soportar un motín de diputados autonómicos de Ourense y ceder a las demandas de Baltar o perder la mayoría que le garantizaba el control del Parlamento.

Feijóo trató de jubilarlo al promover a Juan Manuel Jiménez Morán, alcalde de Verín, al frente del PP de Ourense. Pero hasta ahí perdió. José Manuel Baltar, hijo del sempiterno presidente, sucedió a su padre para humillación del hoy presidente de la Xunta. Abdicación y sucesión. Con susto, pero sucesión. La refriega causó además una honda división en el partido, y Baltar emprendió su camino a la jubilación. Acabó dejando la Diputación dos años después, en medio de grandes vítores y un acto multitudinario de despedida.

Ahora Baltar asegura que la Justicia no lo inhabilita, porque ya se inhabilitó él al tirar la toalla porque quiso. Los que pedían su marcha cuando estaba al mando no pudieron con él. Una mera inhabilitación para un político de ambiciones colmadas tampoco le preocupa a nadie.