POLÍTICA
02/03/2016 13:59 CET | Actualizado 02/03/2016 14:09 CET

Donald Trump: de republicano loco a amenaza existencial para su partido

Durante el otoño de 2011, Mitt Romney decidió retirarse por un momento de la campaña para hacer una visita en el centro de Manhattan. Eludiendo a los medios con cuidado, se escabulló para llegar a un edificio de lujo y subir hasta la planta donde le esperaba un tal Donald J. Trump.

Trump era, en esa época, una voz crítica frente a diversos candidatos, además del principal chismoso que se atrevía a hablar de las teorías conspiranoicas sobre el lugar de nacimiento de Barack Obama. Romney no era el único republicano que sentía la necesidad de quedar bien con el hombre de negocios. Aún así, la visita fue rara, incluso incómoda. Si había alguien que no necesitaba hacer la pelota a Trump, ése era el republicano patricio con sensibilidades moralistas.

Mitt Romney, candidato republicano a la presidencia en las elecciones de 2012.

No obstante, Romney y sus asistentes habían hecho sus cálculos: no necesitaban el apoyo de Trump tanto como necesitaban evitar su antipatía.

"Lo que Mitt Romney buscaba con esa visita a Donald Trump era conseguir que éste no echara a perder nuestra campaña de todo el año", reconoció en diciembre Katie Packer, directora adjunta de campaña de Romney. "O él estaba en tu equipo y te apoyaba de algún modo… [o] iría a degüello contra ti. Así que, según nuestros cálculos, era mejor tenerlo en el equipo y aguantar su bagaje, fuera cual fuera".

Ahora, la misma gente que decidió que era mejor intentarlo y ganarse el favor de Trump está desesperada por abatirlo.

Han pasado cuatro años y el bagaje de Trump sigue siendo un gran problema. En el supermartes ha ganado en siete estados, reafirmando así la probabilidad de que acabe siendo el candidato republicano a la presidencia. Ahora, la misma gente que decidió que era mejor intentarlo y ganarse su favor está desesperada por abatirlo.

Minutos antes de que empezaran a conocerse los resultados de este martes, The New York Times informó de que la gran comisión política anti-Trump dirigida por la propia Katie Packer estaba aumentando sus donaciones, algunas de ellas procedentes de los principales contribuyentes a la campaña presidencial de Romney.

Sería injusto insinuar que el viaje de Romney a la torre de Trump aquel otoño influyó directamente en el éxito de Trump en 2016. Pero resulta bastante evidente que muchos miembros del Partido Republicano se arrepienten de no haber dado antes un paso al frente contra Trump.

Uno de los momentos clave a la hora de legitimar a Trump como actor político, fue, por ejemplo, el hecho de que Romney lo respaldara pese a la polémica sobre el lugar de nacimiento [de Obama].

Estos agentes, expertos y legisladores no sólo se enfrentan ahora a la cuestión de cómo librar una guerra contra Trump antes del congreso de julio —para evitar que consiga los 1.237 apoyos que necesita para ganar la nominación— sino si, en cualquier caso, el partido puede sobrevivir realmente a su candidatura.

"Si alguien dice, al mirar a Trump, que no está preocupado por la viabilidad y la elegibilidad a largo plazo del partido, miente", dijo Rory Cooper, trabajador republicano que se opone con vehemencia a Trump. "Algunos votantes han demostrado su voluntad de ignorar las posturas más extremas que toma el candidato para apoyar su fuerza y su retórica de seguridad subyacentes".

La semana pasada, las conversaciones con numerosos republicanos clave revelaron una fuerte sensación de incomodo y miedo. Los meses en los que Trump ha estado haciendo comentarios indignantes, extravagantes y decididamente racistas no han hecho mella en sus simpatizantes. La tendencia electoral habitual —según la cual se van suprimiendo los elementos subversivos y más locos por medio de dinero, apoyos y poder organizativo— no se está cumpliendo.

"Si Trump llega a ser el candidato, se convierte en el titular del Partido Republicano. Llegados a ese punto, tiene que reconocer que no podrá ganar toda la carrera sin el partido al completo", sostiene Michael Steele, ex presidente del Comité Nacional Republicano. Y si Trump perdiera la candidatura, prosigue Steele, el candidato vencedor "tendrá que apañárselas para trabajar con Trump. Si su actitud consiste en despacharlo, conllevará riesgos, porque el magnate va a jugar un papel muy importante, por mucho que a esa gente no le guste".

Ya lo prometió el propio Donald Trump. "Soy un unificador", concedió en la rueda de prensa que dio tras la victoria del martes (en la siguiente imagen).

Sin embargo, también hay quien opina que, a largo plazo, los republicanos quizá deberían suprimir los elementos más extremos de la base de Trump en lugar de satisfacer sus demandas. Básicamente, hacer lo que Romney no hizo.

El senador Lindsey Graham, que perdió su propia apuesta en las primarias republicanas, asegura que la base de Trump está compuesta por xenófobos. "Creo que el 70% de sus apoyos procede de gente que quiere deportar a todos los musulmanes. Esa xenofobia viene de lejos. No tiene nada de nuevo. Ha habido otras épocas en la historia americana en que determinados colectivos han sido utilizados como chivos expiatorios, sobre todo en los momentos más duros", argumenta.

Los republicanos ahora se preguntan cómo salir de este desaguisado, no sólo para la candidatura, sino para las elecciones que están por venir.

"Creo que el partido se puede recuperar de ésta, pero la tarea inmediata que se debe llevar a cabo es asegurarnos de nombrar a alguien que comparta nuestros principios y en la Casa Blanca haga un trabajo en el que podamos confiar", resume Henry Barbour, que apoya a Marco Rubio y se opone públicamente a Trump.

"Estamos decidiendo quién será nuestro candidato para convertirse en el principal líder del mundo libre", afirma. "Hay mucho en juego. Donald Trump no es digno de ocupar el mismo despacho que George Washington y Teddy Roosevelt y Abraham Lincoln".

Y Barbour va más allá: "Es una hipótesis temible".

Este artículo fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido adaptado del inglés por Marina Velasco Serrano

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