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04/02/2018 10:11 CET | Actualizado 04/02/2018 11:55 CET

"El cáncer me enseñó el significado de vivir"

Clara Perales, paciente de un linfoma no Hodgkin, cuenta cómo vivió esta enfermedad y las lecciones aprendidas desde el diagnóstico.

CARLOS PINA

"El cáncer me enseñó el significado de vivir". Así de rotunda se muestra Clara Perales. No es la primera vez que cuenta cómo se enfrentó a un linfoma no Hodgkin que le diagnosticaron en junio de 2014, cuando tenía 57 años. Ahora tiene 60 y una fuerza interior contagiosa. "Cuando me di cuenta de que todo se podía acabar, empecé a valorar cada minuto", asegura. Ahora hace Pilates y natación dos veces por semana y también se quiere apuntar a una escuela de teatro. Además se ha vuelto a enamorar.

Clara habla con la seguridad que le da el saber que su tumor está en remisión. El tratamiento de choque de seis sesiones de quimioterapia cada 21 días erradicó el linfoma seis meses después del diagnóstico. "Aunque el tratamiento continuó durante dos años y ahora me siguen poniendo una dosis de gammaglobulina cada mes porque sigo con las defensas bajas", explica.

A pesar de haber superado el linfoma no se siente del todo a salvo."Es un tipo de tumor que tiende a reproducirse y me da mucho miedo una posible recaída", cuenta. "El que diga que está preparado para una recaída miente", afirma. Aunque por ahora, todo va bien.

Clara recuerda perfectamente cómo fue el momento en que le dijeron que el dolor que tenía en el cuerpo era en realidad una masa tumoral infiltrada en el páncreas y que le estaba infartando el bazo. Era un linfoma que afectaba a varias partes del cuerpo, en estadio cuatro. El estadio de un cáncer lo determina el número de partes a las que afecta, es decir, el grado de extensión del tumor.

La buena noticia, según le dijeron los médicos, era que tenía tratamiento. Se trata de un tipo de tumor relativamente frecuente. En 2017, el linfoma no Hodgkin fue el noveno tumor más diagnosticado en España, con 6.429 nuevos casos detectados, según el informe anual de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), publicado este lunes.

Comprendí lo importante que es aceptar que no todo puede salir siempre bien y de que el hecho de que algo no funcione no quiere decir que estés fracasando.

Cuando oyó la palabra cáncer, Clara se dio cuenta de cada error que había cometido en su vida, de la excesiva importancia que le había dado a incontables nimiedades de las que ahora se avergüenza y de las ganas que tenía de vivir cada segundo que le quedase. "También comprendí lo importante que es aceptar que no todo puede salir siempre bien y de que el hecho de que algo no funcione no quiere decir que estés fracasando", admite.

Aquel tumor de ocho centímetros que le había crecido en el costado izquierdo le cambió la vida. Clara reconoce que antes del diagnóstico era muy diferente a como es hoy. "Entonces me exigía mucho a mí misma y si las cosas no salían como yo esperaba me frustraba y me deprimía", cuenta.

Dos matrimonios fracasados, su obsesión porque "todo saliese bien" y su resistencia a pedir ayuda, la convirtieron en una persona con tendencia a la depresión y en más de una ocasión tuvo que recurrir a tratamientos antidepresivos y ansiolíticos. "Siempre he sido una persona combativa, que ha encarado las cosas, pero estaba llena de inseguridades y en cuanto algo me salía mal, me frustraba", explica.

El cáncer se llevó consigo esas inseguridades. Ahora se define como luchadora, positiva y muy comprometida con la vida y la sociedad. También es una activista ecologista y feminista y ha colaborado con asociaciones de ayuda a pacientes de cáncer, como Grupo Español de Pacientes con Cáncer (GEPAC). Además es muy coqueta y siempre lleva los labios pintados del color anaranjado de su pelo.

CARLOS PINA

Cuando empezó con el tratamiento de quimioterapia tuvo que tomar una dura decisión. Ante el temor a ver cómo se le caía el pelo, Clara le pidió a su hijo que le rapase la cabeza. "Quería que lo hiciera alguien cercano", asegura mientras se emociona al pensar en lo traumático que fue aquel momento. "Fue la primera vez que lloré delante de alguien; hasta entonces, lo había hecho siempre a escondidas".

Después de aquello se obligó a seguir una pauta diaria. Cada día se dedicaría un rato a pensar en el asunto para llorar y desahogarse. "Diez minutos al día. No más. Ese era todo el tiempo que estaba dispuesta a compadecerme de mí misma", señala. Fue entonces cuando adquirió el hábito de escribir. Cada noche, al irse a la cama, cogía su diario y ponía por escrito cómo se había sentido y qué tal le había ido el día. Después comenzaba la cuenta en el reloj: diez minutos. Ni uno más.

Cuando perdió el pelo, decidió no usar peluca ni ocultar su enfermedad. Llevaba, eso sí, un pañuelo recogido a modo de turbante. Y en cuanto el pelo le volvió a crecer lo suficiente, recuperó su color anaranjado. "Después de un tiempo con el pelo blanco me teñí con henna y en cuanto me vi en el espejo me dije: 'Aquí estás de nuevo, esta eres tú otra vez", relata.

Clara cuenta todo aquello que vivió con muchos detalles y mucha pasión. Le gusta hablar. "Cuando estaba con el tratamiento había muchos días que no podía decir ni una sola palabra, ahora tengo que aprovechar", afirma.

Asegura que el cáncer le ha dado muchas lecciones. Entre otras cosas, le ha enseñado a ser feliz, a quererse a sí misma, a saber priorizar y a no dejar cosas para el futuro porque puede que nunca llegue.

No puedes pensar en todo el camino que te queda por recorrer, tienes que centrarte en el día a día y así es como vas disfrutando de pequeñas victorias.

Clara insiste en la necesidad de tener ilusiones y marcarse metas. "Pero que sean pequeñas, alcanzables, no imposibles. Antes me frustraba porque me marcaba objetivos demasiado ambiciosos", recuerda. Así, marcándose a sí misma pequeños retos diarios consiguió superar el cáncer. "No puedes pensar en todo el camino que te queda por recorrerm tienes que centrarte en el día a día y así es como vas disfrutando de pequeñas victorias", asegura.

Algo que ayudó mucho a Clara, además de su entorno, fue una pequeña tablet que había comprado cuando el pequeño de sus dos hijos se marchó a trabajar a Japón. "Quería tener algo con lo que hablar con él y acabó siendo mi tabla de salvación", cuenta.

CARLOS PINA

En los largos días de enfermedad, Clara se recostaba en un sillón reclinable orientado hacia la ventana por la que ve su pequeño jardín y, así, pasaba las horas con la tablet entre las manos. Pidió a sus familiares y amigos que le enviaran fotos de los lugares que visitaban y de las comidas que disfrutaban. "Y a través de sus fotos viajé por todo el mundo. Visité a mi hijo pequeño en Japón, fui a la playa con una amiga y acompañé a mi hijo mayor a Estados Unidos", cuenta. También dio largos paseos por las paradisíacas playas de las islas Seychelles, sin moverse de su sillón junto a la ventana mientras se prometía que algún día las visitaría de verdad.

Ahora recuerda lo largas que se le hacían aquellas horas y sonríe; sabe que fueron esos momentos los que tiraron de ella para seguir adelante. "Necesitaba sentirme cómoda y hacer cosas que me hicieran sentir bien", asegura. También escuchaba música y vio muchos documentales y películas. "Pero nada de dramas; solo quería ver y escuchar cosas alegres y bonitas", aclara.

Cuando yo estuve mal, me ayudó mucho conocer los testimonios de otros que habían pasado por lo mismo. Necesitaba saber que había salida. Ahora quiero devolver las cosas buenas que recibí.

De aquellos días mantiene el hábito de escribir. Clara asegura que lo que fue una gran terapia para ella ahora es algo más que una afición. Dos años después de su diagnóstico escribió un relato corto para un concurso en el que resumía lo que cuenta ahora. "Cuando yo estuve mal, me ayudó mucho conocer los testimonios de otros que habían pasado por lo mismo. Necesitaba saber que había salida. Ahora quiero devolver las cosas buenas que recibí. Y si lo que cuento le puede servir a alguien, aunque solo sea una persona, aquí estoy, dispuesta a contar mi historia a quien la quiera escuchar".

CARLOS PINA

Clara sigue escribiendo como hacía cada noche durante su enfermedad, pero ahora no todo lo que escribe es triste ni tiene que ver con el cáncer. "Escribo sobre todo cartas de amor", cuenta Clara con una sonrisa enorme. "A veces la gente me pregunta si uno se puede enamorar a los 60 y les respondo, aunque suene un poco cursi, que sí. Que yo he enamorado a mi edad como si fuese una adolescente. Es la tercera pareja que he tenido en mi vida y tengo claro que es el amor de mi vida", asegura Clara y concluye: "He tenido que vivir lo que he vivido y pasar por lo que he pasado para enamorarme de verdad".

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