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10/03/2018 21:38 CET | Actualizado 10/03/2018 21:38 CET

Más de 4.300 padres denuncian cada año agresiones de sus hijos en España

Apenas salen a la luz un 15% de los casos reales.

No es un problema nuevo, pero sí invisible. La violencia ejercida por los hijos contra sus progenitores es vieja de siglos pero apenas si ha saltado los muros de casa para inspirar el refranero popular -aquello de que una cosa es más fea que pegarle a un padre- o algún drama literario. Es un asunto al que no le da la luz . ¿Es que acaso es sencillo airear que quien lleva tu apellido o tu sangre te golpea, te insulta o te roba? Y más aún: ¿cómo llevar a un menor ante la justicia, si es lo que más quieres? El dilema es gigante. Sin embargo, en el último cuarto de siglo y, sobre todo, del año 2000 en adelante, cada vez están trascendiendo más casos. Empieza a calar que, rompiendo el tabú, puede llegar la ayuda y la solución.

Según los datos recopilados por las Fiscalías de Menores de toda España, anualmente se producen más de 4.000 denuncias de padres contra hijos, una tendencia regular en el último lustro. En el último año de que se tienen datos cerrados -2016, las memorias de 2017 aún se están acabando-, se llegó concretamente a las 4.355. Eso supone más de 10 procesos abiertos cada día. Funcionarios, educadores y psicólogos coinciden en señalar que se trata de "la punta del iceberg", ya que se calcula que apenas se denuncia el 15% de los casos reales. Se estima que uno de cada diez menores españoles maltrata a sus padres actualmente.

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Aunque se ha producido una leve mejoría en los años más recientes, se empiezan a conocer datos de 2017 que reflejan que el problema persiste e incluso va a más en determinados territorios. Por ejemplo, según la estadística hecha pública por la Ertzaintza, en el País Vasco los casos atendidos por sus agentes se han incrementado un 54%.

Qué es y qué no es la violencia de hijos a padres

No estamos hablando de una bofetada o un empujón, de una mala respuesta, de un insulto grueso en un momento de enfado. Es algo más profundo y complejo, multicausal, repetido en el tiempo.

María José Ridaura, psicóloga de la Fundación Amigó y directora del centro de menores Cabanyal de Valencia, aporta la definición acuñada por la Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filio-Parental (SEVIFIP). "La violencia filio-parental es el conjunto de conductas reiteradas de violencia física, psicológica o económica dirigida principalmente a los padres o a las madres o a otros miembros de la unidad familiar que ocupen su lugar, como puede ser un tutor o un abuelo, por ejemplo". Quedan fuera las "agresiones puntuales" y también los ataques que se producen "en estados alterados y disminuciones de la consciencia, el autismo y la deficiencia mental grave".

Según ejemplifica la SEVIFIP, violencia física es golpear a los padres, darles patadas, bofetadas y puñetazos, escupirles o amenazarlos con objetos peligrosos; psicológica es romperlos con emociones, extorsiones, amenazas y manipulaciones, gritos y malas palabras, escapadas de casa...; y económica es que tus hijos te roben dinero u otros bienes, que vendan cosas del hogar que no son suyas o que exijan compras que no están entre las ordinarias de la familia.

Entre las excepciones que quedan fuera de la definición tipo se encuentran también los casos de "parricidio sin historias de agresiones previas". Es decir, que se cargue contra el padre, matiza Ridaura, no quiere decir que se desee su muerte, "no en el 99% de los casos".

Los niños tienen una "intencionalidad" con sus ataques, evidentemente, pero suele ser otra muy diferente, menos grave: "conseguir lo que quieren". ¿Y qué es lo que quieren? "Puede ser atención, alguna cosa material (una moto, las zapatillas de 120 euros, dinero extra para una fiesta), a veces también evitar algunas cosas (una bronca, cumplir con sus obligaciones, soportar castigos) y otras, experimentar una sensación interna de poder y control sobre los padres, sentir que están por encima del otro y que lo manejan. Además, algunos chavales usan la violencia como válvula de escape, buscan una sensación de alivio y de desahogo", abunda la experta.

¿Qué quiere el agresor? Puede ser atención, algo material, evitar algunas cosas, experimentar una sensación interna de poder y control sobre los padres o de alivio y de desahogo

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No es cuestión de clase

La escasez de casos que salen a la luz -en comparación con los que quedan silenciados- y las divergencias a la hora hasta de catalogar los delitos -hay memorias de tribunales superiores que los agrupan con otros delitos- hacen complicado un estudio claro. No se sacan las mismas conclusiones, tampoco, si se mira la muestra policial o la que llega a través de centros de menores, servicios sociales u ONG. Pese a ello, se van afinando los perfiles de los agresores y, como ocurre con otras violencias ligadas al ámbito doméstico, la de hijos a padres no es, en absoluto, exclusiva de una clase social o un determinado nivel de formación. Se puede dar en cualquier estrato social, confirman los expertos.

Como explica Ridaura, hay consenso en determinar que, a nivel escolar, los agresores "son chicos que tienen más desfase curricular que los de la población general y más conductas disruptivas en el aula, tanto con compañeros como con profesores, aunque su nivel en clase no es tan malo como el de adolescentes que cometen otro tipo de delitos". Están, digamos, en un escalón intermedio. Además, los padres de estos chavales "presentan algún problema psicológico con frecuencia, como ansiedad", lo que a veces es causa del maltrato y otras, efecto.

Pero si hay algo que se da muy claro en la mayoría de los casos, es que los padres han utilizado unas pautas de crianza inadecuadas o mejorables con sus hijos. Eso es un común denominador. "Hablamos de sobreprotección, autoritarismo o de incoherencia entre los dos estilos educativos, con un padre autoritario y una madre sobreprotectora, por ejemplo", indica la psiquiatra. Los elementos con los que cree que debe apuntalarse la crianza para evitar problemas como esta violencia son "la coherencia, la consistencia, el hacer un uso adecuado del no y del sí, el haber sabido educar correctamente a tu hijo, en resumen". Educar, el gran reto. ¿Y eso cómo se hace bien, qué puede aplicar un padre o una madre para que luego el hijo no acabe dándole un golpe? "Hablamos de tres cosas sobre educar -resume-: disciplina adecuada (normas, consecuencias, diferencia entre pedir y exigir) pero también afecto incondicional por los niños y una comunicación adecuada".

A nuestros hijos, reitera la especialista durante toda la entrevista, "no sólo hay que colmarlos de besos y abrazos sino que hay que transmitirles que son valiosos. Se puede hacer con palabras, pero no solo. Deben hacerles saber que son valiosos por lo que son, al margen de lo que hacen, que sepan que como padres van a cuestionarles e incluso castigarles aquellas conductas que sean reprochables, pero que eso jamás, nunca, va a cambiar lo que sienten por ellos, por lo que son". Los límites, como las palabras bonitas, tampoco valen por sí solos. Pueden quedarse en simple autoritarismo. "Eso es confundir educar en familia con el servicio militar", dice, riendo la exageración y poniendo de seguido el contrapunto: "Tampoco es educar darles todas las posibilidades del mundo, sostenerlos todo el rato, protegerlos al máximo, anticiparte para darles respuestas, para que no les pase nada, para que no sufran... Esa es la sobreprotección, el extremo contrario".

"La manera más eficaz de prevenir este tipo de situaciones, es la de comenzar desde la infancia más temprana. Un buen estilo de educación, basado en el uso del cariño junto con límites, ayudará a que el niño crezca sabiendo hasta dónde puede y debe llegar", como resume la Guía sobre violencia filio-parental de la Asociación Raíces, otra de las especializadas en la materia en España.

No son pocos los casos en los que coincide que los niños maltratan a sus padres previamente han sido maltratados por compañeros de clase y también es común que sufran algún problema de ansiedad. "Muchos" de los que llegan a los centros por agresiones están "sobrediagnosticados" y hasta "sobremedicados", se les asigna inicialmente un diagnóstico de hiperactividad, por ejemplo, cuando su problema es de otra naturaleza. De ahí la necesidad de afinar y estudiar aún más el fenómeno.

También coinciden los especialistas en afirmar que los niños agresores usan una violencia más física y las chicas, una más psicológica o emocional. Y en que la principal figura que se agrede es a la madre. Unos defienden que es una reproducción de esquemas de la violencia de género, pero otros, como la psicóloga valenciana, entienden que es porque "la madre todavía es la que pasa más tiempo en casa y la que coge más peso en la crianza, aunque trabaje fuera, y se suele agredir más a quien más cede, que suele ser quien más se dedica a ellos".

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Por qué crecen las cifras

En los últimos años han pasado dos cosas en España: han aumentado los casos y también ha empezado a hacerse público lo que era un secreto. Hay cada vez más consciencia social del problema y los padres empiezan a ir más allá del "le doy el capricho y que pare".

Las razones que explican el incremento de los casos de violencia de hijos a padres son diversas, acumulativas. Una de ellas es la pérdida la capacidad educadora de los progenitores en los tiempos recientes. Los cambios sociales han generado, a la vez, cambios individuales, que acaban cuajando en nuevos comportamientos en las familias que formamos. Ejemplo: se ha banalizado la violencia y se acaba viendo como natural en cualquier supuesto, pasa de los medios o los videojuegos al hogar, al colegio o a la calle y desemboca en conductas antes mucho menos comunes. La Asociación Raíces insiste en su guía en este cambio de modelo social: valores como la belleza, el egoísmo o la apariencia se imponen sobre la educación y la solidaridad, incluso respecto a quien más cerca está, como un padre o una madre. A ello se suman, explica la obra, los cambios en el modelo educativo, con el profesorado perdiendo poder para implantar límites y sanciones y los padres protegiendo a sus retoños por encima del docente.

Nos hemos olvidado del límite

Ridaura habla de un "efecto péndulo" que explica esa "barbaridad" que suponen los más de 4.000 casos anuales en España. "Hemos pasado de un sistema absolutamente represivo y antidemocrático a entender que debe imperar la libertad absoluta, independientemente de dónde empiecen los derechos del otro. Para que los niños no tengan traumas hay que darles lo que quieran. Nos justificamos con frases del tipo: "si se lo puedo dar, ¿por qué no se lo voy a dar?", "no quiero que sufra como he sufrido yo", "quiero que todo lo tenga más fácil", "quiero que se pueda expresar"... Pero nos hemos olvidado del límite". A su entender, recientemente se ha entendido en nuestro país que esas líneas rojas de comportamiento "traumatizan", cuando, al contrario, "educan y dan seguridad", siempre que se adapten a una edad, un nivel de maduración y otros factores lógicos.

Además, la incorporación de la mujer al mundo del trabajo ha dado un giro a la demografía y al modelo de familia, ahora hay más padres añosos y abundan los hijos únicos, "el gran tesoro esperado y consentido". El mercado laboral, en general, no deja mucha opción para que los padres puedan dedicar el tiempo necesario al cuidado y atención de los hijos. Y el desgaste llega a todas las capas: "Antes un vecino o un desconocido que pasara por la calle podía abroncarte si te veía haciendo una trastada. Ahora pocos se atreven a ello por las consecuencias".

Las drogas no son la raíz del problema

La mayoría de los chicos y chicas que agreden a sus padres consumen alguna droga, sobre todo cannabis. Sin embargo, eso no significa que el problema del maltrato sea el consumo. Es un factor más. "Estas sustancias funcionan como un inhibidor emocional. Te aplanan las emociones. Eso hace que cuando has consumido te atrevas a hacer cosas que en condiciones normales no harías, pero es una variable más, no la razón del consumo", indica la experta de Amigó.

Con las drogas pasa como con otras razones que los padres inicialmente detectan como posibles detonantes de la violencia de sus hijos. Son los "problemas champiñón", como los llama Ridaura, los que aparecen y desaparecen. "Se llevan un golpe de realidad al darse cuenta de que el problema no es un cambio de instituto, de amigos, de consumo, sino que, aunque pueden ser detonantes, siempre descubrimos que en el hogar al chaval se le habían reforzado las conductas negativas y desde pequeño había aprendido a conseguir cosas de esta manera". Con cuatro años, las rabietas son más controlables que con 14, pero si el hijo siempre consigue lo que quiere, aumentarán las probabilidades de que siga teniendo rabietas, transformadas en algo más grave.

¿Culpables o responsables?

Los padres que llegan pidiendo ayuda a centros especializados como los de la Fundación Amigó y otros similares tienen sobre sus hombros un pesado sentimiento de culpa. Sin embargo, lo deseable sería desterrar este concepto y la idea "equivocada" de que toda la responsabilidad del problema la tienen los padres. "Es muy importante que la sociedad entera entienda que jamás, nunca, se debe hablar de culpa, ni siquiera de los chicos. Sí hay que hablar de responsabilidad. Una persona es culpable de algo cuando hace algo negativo contra el otro de forma deliberada, pero es responsable de algo cuando, con la mejor intención, comete un error. Aquí todos sufren y todos tienen responsabilidad, tanto en el origen como en el mantenimiento y como en la resolución del problema", señala.

La actitud de los agresores cuando su caso escapa ya de casa -policía, abogados, psicólogos- suele resumirse en lo que los especialistas llaman "locus de control externo". Básicamente, entienden que ellos no tienen nada que ver en el problema y que han llegado a la agresión "por culpa" de los demás. "Estoy en un centro por maltratar a mis padres pero yo no tengo la responsabilidad", "les he pegado porque ellos me provocaron", "si me hubiera dado el dinero, yo no le hubiera pegado", "yo no soy responsable, son ellos", "no he hecho nada grave y ellos sí, al denunciarme. No se lo voy a perdonar... Son frases que se escuchan a menudo en las primeras entrevistas. De ahí que el primer objetivo para trabajar con los chicos en el proceso de cambio sea "necesariamente" que asuman su parte de responsabilidad en los conflictos familiares.

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La buena noticia: sí, se puede corregir

Parece una pesadilla, un bucle del que es imposible salir, una situación que se perpetúa porque se entiende como antinatural denunciar a tu hijo o, como reza la web de la Asociación Raíces, "lo último que esperas es no ser feliz a su lado". Pero hay salida, hay soluciones. "La mala noticia es que es un problema serio y no va a resolverse solo, hay que trabajar mucho para resolverlo, pero la buena noticia es que es un comportamiento aprendido y todo lo que se aprende, en la mayoría de los casos, se puede desaprender y aprenderlo de otra manera", resume Ridaura, "optimista pero realista".

Para dejar atrás la violencia hay que empezar por la asunción de responsabilidades de los hijos y los padres, porque hay un un problema relacional, las dos partes han aprendido a hacer cosas que, sin darse cuenta, alimentan la conducta del otro. Los chavales tienen que acabar con sus conductas agresivas y sus progenitores, cambiar su costumbre de ceder ante las conductas negativas de los hijos. Los psicólogos usan un eje que les sirve de partida: en uno de sus brazos están los hijos, los que nacen con un temperamento fácil y los que lo tienen difícil, y en el otro, los padres, los que tienen muy buenas habilidades para educar y los que no las tienen en absoluto. En la combinación de esos factores está la posibilidad de que se produzca una agresión, de que la vida sea sencilla en casa, de que se pueda resolver un roce, de que vaya a más... Con el carácter, señala Ridaura, se nace, es genético. La otra parte es el agente socializador, pero no se puede culpar a los padres de todo, "los hijos no traen manual de instrucciones y no es fácil".

La buena noticia es que es un comportamiento aprendido y todo lo que se aprende, en la mayoría de los casos, se puede desaprender y aprenderlo de otra manera"

"A los padres les decimos que tienen responsabilidad aunque asumimos que hicieron todo lo mejor que pensaron que se podía hacer, nadie les explicó otra manera, pero yo que soy experta en modificar conductas te digo que esto quizá hecho de otra manera podía haberte llevado por otro camino. Vamos a probar. Y hacemos que asuman su parte de responsabilidad y hagan cambios. Los niños tienen que entender que con sus conductas agresivas sus padres no van a ceder y a los padres se les tiene que entrenar para no ceder ante ese tipo de conductas", resume.

Asumida la responsabilidad de cada cual, el siguiente paso es cambiar lo que más está distorsionando: la conducta agresiva. La metáfora de la cebolla ayuda a entenderlo mejor: "Hay muchas capas hasta llegar al corazón. El proceso es duro, te hace llorar. Pelar la cebolla del proceso de cambio de este problema relacional te hace llorar. Es difícil, hay que implicarse mucho. Las primeras capas que quitamos son las más superficiales, pero es necesario hacerlo, para llegar al fondo. Tiene que cesar la violencia, es la primera capa, y eso lo logramos con límites y con pautas", ejemplifica.

Que paren los golpes es sólo el principio. El problema, dice, no se resuelve sólo con el fin de esa conducta, sino que debajo, capa a capa, se ve que hay familias están muy dañadas, muy deterioradas, se encuentran muy lejos afectivamente unos miembros de otros, en muchos casos encontramos resentimiento y en toda su historia encontramos muchas dificultades de relación, además de la conducta agresiva. Vamos a la raíz, trabajando la parte afectiva y del vínculo entre los hijos y los padres. Hay que ayudarles a reconstruir su relación. Una vez que los padres han recuperado su rol de padres y los hijos han entendido que su rol es el de hijos y ha cesado la violencia y los padres han dejado de ceder, hay que trabajar toda esa relación", ahonda.

De hecho, los chicos agresores que entran en los centros de menores tardan apenas dos o tres días en frenar la violencia, porque el entorno es "normativo, controlado, predecible y afectivo". "Modificamos nuestra conducta en función de lo que tenemos enfrente, saben que van a perder más cosas que las que van a ganar, por eso van a inhibir esa conducta. Pero si salen de allí y nada más ha cambiado, seguimos igual". Está claro: "es más fácil portarse mal que portarse bien. Para portarnos bien nos tiene que compensar. Tenemos que enseñar a los niños a que no les compense ser agresivos con sus padres y a que les compense portarse bien y ayudar a los padres a comprarse la lupa de ver positivo, de valorar a sus hijos cuando se portan bien y hacérselo saber. Muchas veces decimos: "él ya sabe que lo quiero y que lo valoro..." pero quizá no lo sabe y hay que decirlo y demostrarlo.

PARA PREVENIR

La Fundación Amigó tiene además en marcha actualmente el Proyecto Conviviendo, un servicio gratuito de resolución positiva de los conflictos entre los adolescentes y sus familias que se desarrolla en Madrid, A Coruña, Vigo, Bilbao, y Torrelavega y que, próximamente, estará disponible en la Comunidad Valenciana. "Es una propuesta socioeducativa y terapéutica que pretende dar una respuesta especializada a aquellas familias que se encuentran en situaciones de conflicto y en riesgo de exclusión social", explican.

Para el buen funcionamiento y desarrollo del proyecto, el equipo está formado por psicólogos, terapeutas familiares y educadores, un equipo profesional multidisciplinar donde cada cargo se complementa con los otros de manera que se garantice una atención integral a cada caso, cubriendo las necesidades socioeducativas, psicológicas y terapéuticas que cada familia.

Toda la información de contacto de este programa de prevención la puedes encontrar aquí.

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