INTERNACIONAL
26/02/2018 21:05 CET | Actualizado 26/02/2018 21:06 CET

El odio y el cambio climático vacían el estómago

El hambre vuelve a aumentar en el mundo tras casi una década de descenso y se aleja la posibilidad de erradicarla en 2030.

ABDO HYDER via Getty Images
Un niño malnutrido yemení recibe tratamiento en un hospital.

"La situación es extremadamente frágil, estamos cerca de ver otra hambruna. Las previsiones son crudas. Si las ignoramos, nos encontraremos con una tragedia creciente". Así de claro habla Serge Tissot, representante de la FAO en Sudán del Sur. Esta agencia, junto con otras dos de Naciones Unidas (UNICEF y PMA, Programa Mundial de Alimentos) han lanzado este lunes un grito de socorro sobre la situación del país africano.

Más de 7 millones de personas de Sudán del Sur, casi dos tercios de su población, están en riesgo de sufrir "inseguridad alimentaria grave" durante los próximos meses si no se garantiza un acceso y ayuda humanitaria ininterrumpidos.

El hambre vuelve a estar, o debería estar, en la agenda política. "Para 2030, poner fin al hambre y asegurar el acceso de todos los individuos, en particular los pobres y las personas en situaciones vulnerables, incluidos los lactantes, a una alimentación sana, nutritiva y suficiente durante todo el año". Es la primera línea del Objetivo 2 de la Agenda de Desarrollo Sostenible de la ONU. Sonaba optimista incluso cuando las tasas de hambre y malnutrición caían lenta pero sostenidamente en buena parte del mundo; a comienzos de 2018, sin embargo, con 40 millones más de hambrientos y con cifras de nuevo al alza, el propósito adquiere tintes quiméricos.

El mazazo a la esperanza llegó a finales del año pasado, cuando FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, publicó su informe anual sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo. Cada uno de los titulares que contenía era peor que el anterior: el hambre afecta al 11% de la población de la Tierra, hay 815 millones de hambrientos en el mundo, más de 200 millones de niños sufren desnutrición crónica o aguda, lo que afecta de manera crítica a su desarrollo físico y mental.

Por si a la desgracia hubiese que sumarle la ironía, otros 680 millones de personas adultas y niños aparecen en el informe como víctimas de malnutrición porque padecen sobrepeso. Mientras unos penan por llevarse algo a la boca, otros comen demasiado. En algunos casos, la malnutrición y la obesidad conviven en un mismo país.

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Una mujer congoleña carga con un saco de comida en las provincias Kasai, donde los enfrentamientos entre el ejército y las milicias rebeldes han provocado hambrunas.

El odio y el cambio climático vacían el estómago

Nada saben de la abundancia en Sudán del Sur, en Somalia, en Nigeria, en Yemen, en República Centroafricana... "Más de 20 millones de personas de estos lugares están en serio riesgo de perder la vida debido a la falta de alimentación", explica a El HuffPost Ignacio Trueba, representante especial de la FAO en España. Pero la lista de países hambrientos no acaba ahí: el Cuerno de África, el Sahel, Siria, Líbano y la parte occidental de Asia muestran también cifras críticas.

"La malnutrición", explica María Chalaux, responsable humanitaria de Oxfam Intermón, "es un fenómeno complejo". No sólo es el resultado de la falta de acceso a alimentos suficientes, nutritivos y seguros, sino también de la falta de acceso a atención médica, a agua potable, a higiene y saneamiento... De la misma manera, cada hambruna tiene más de una causa. "Sin embargo, siempre hay una combinación fatal de factores que pueden incluir conflicto, inseguridad, pobreza crónica, falta de comercio y eventos climáticos severos como la sequía persistente".

Donde hay violencia no hay desarrollo posible. Si la gente está matándose entre sí, no se cultiva los campos.Ignacio Trueba, representante de la FAO

El cambio climático aparece como uno de los grandes enemigos del desarrollo y la guerra contra el hambre. Trueba, de hecho, lo señala como el primer factor para explicar el repunte registrado en 2016 y 2017. "Los fenómenos de El Niño y la Niña, agravados por el calentamiento, tienen repercusión en el Pacífico, en las partes oriental y sur de Asia y en la parte oriental de Africa". Son zonas particularmente golpeadas por la hambruna, y estas catástrofes climáticas "les llevan sequías, y no como la que sufrimos en España sino sequías de varios años, o inundaciones, lo que limita mucho su capacidad para producir alimentos".

El odio también provoca malnutrición. El aumento de los conflictos y la inestabilidad política aparecen en todos los informes como los principales responsables del aumento del hambre durante los últimos meses. "Donde hay violencia no hay desarrollo posible. Si la gente está matándose entre sí, no se cultiva", resume gráficamente el representante especial de FAO en España. Las confrontaciones, "en las que está incluido el terrorismo", afectan de modo particular a África, África subsahariana y parte de Asia.

Cambio climático y guerra: un binomio al que habremos de hacer frente cuanto antes y que ya muestra su rostro terrible. La guerra o el conflicto son la principal causa del hambre en el noreste de Nigeria o Sudán del Sur, y para Somalia es la sequía y un sistema de gobernanza débil tras años de conflicto. La situación de la seguridad alimentaria en Yemen se deterioró desde 2015 debido al impacto de la guerra en los precios de los alimentos, y no debido a la escasez. Oxfam Intermón lo ha visto sobre el terreno y María Chalaux lo describe así: "Millones de yemeníes ya no pueden darse el lujo de alimentarse con la cesta de alimentos mínima, puesto que su precio es un 30% más alto que antes del conflicto".

No hay esperanza sin compromiso

En ausencia de motivos aparentes para la esperanza, el optimismo es todavía más meritorio. E Ignacio Trueba lo sostiene: "Para los que creemos que el hambre puede erradicarse, los datos que llegan son una contrariedad, es evidente. Pero sigo creyendo en que es posible cumplir con el objetivo de 2030". Su confianza pasa por un impacto menor de las circunstancias climáticas, que en 2017 fueron especialmente hostiles, y por una reactivación de la economía de los países en desarrollo. Pero, sobre todo, por un cambio de actitud política y social.

El hambre es completamente artificial y por lo tanto prevenible. Cuando se declara una hambruna, es porque la comunidad internacional ha fracasado.María Chalaux (Oxfam Intermón)

"Hasta 3 millones de niños pueden morir al año de hambre, lo cual es un escándalo y una vergüenza. Por eso, las cosas no pueden seguir como hasta ahora, el business as usual es un disparate", denuncia el representante de FAO en España, quien pide "una gobernanza útil y que los países hagan suyos los objetivos, porque no son sólo de los organismos internacionales de la ONU". La sociedad también tiene lo suyo: "Todos somos responsables de la situación de nuestro planeta. Podemos hacer cosas en nuestros hábitos para no agravar el cambio climático o podemos, por ejemplo, dejar de tirar los 1.600 millones de toneladas de alimentos que desperdiciamos al año. Es inadmisible".

ABDULLAH AL-QADRY via Getty Images
Una niña yemení acaricia una caja de ayuda alimentaria enviada por Arabia Saudí.

También María Chalaux pide un mayor compromiso político: "El hambre es completamente artificial y por lo tanto prevenible. Siempre tenemos el poder de prevenir y terminar con las hambrunas, pero siempre dejamos que ocurran. Una declaración de hambruna es una admisión clara de que la comunidad internacional no ha logrado organizarse y actuar a tiempo y que los gobiernos no han podido o no han querido responder".

La representante de Oxfam Intermón pide a los más de 150 jefes de Estado y de Gobierno que firmaron la Agenda 2030 en septiembre de 2015 que fortalezcan "las normas internacionales y la responsabilidad por las hambrunas", que "busquen soluciones políticas a los conflictos abiertos" y que atiendan a la pequeña agricultura. Es la que produce el 80% de los alimentos del mundo y las mujeres juegan un papel clave en ella.

"Las mujeres constituyen", argumenta Chalaux, "el 43% de la mano de obra agrícola en los países en desarrollo. Sin embargo, producen de un 20 a un 30% menos que los hombres. Igualar esta brecha podría impulsar la producción agrícola y disminuir el hambre mundial en un 17%". La esperanza pasa por ellas.