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23/03/2018 07:29 CET | Actualizado 23/03/2018 07:29 CET

Por qué odio la etiqueta 'madre'

Solo hay dos personas en el mundo que pueden llamarme "mamá": mi hijo de 9 años y mi hija de 12. De hecho, todavía me llaman "mami", que me encanta, y ojalá nunca dejaran de hacerlo.

Sin embargo, hay muchas otras personas aparte de mis hijos que también me llaman "mamá".

"¡Ey, mamá deportista!", he oído más de una vez entrando al gimnasio.

"¡Qué bien! ¡Noche de mamás!", suele decir el marido de una amiga cuando quedo con mis amigas a cenar.

En esos momentos me viene a la cabeza la famosa frase de la comedia Mom Jeans de Saturday Night Live: "Ya no soy una mujer...ahora soy una madre".

Me saca de quicio que se me adjudique la etiqueta "mamá" en un entorno que no tiene nada que ver con mis niños. Mis amigas y yo somos un grupo de mujeres complejas, de éxito y con talento. Cuando voy al gimnasio, soy una atleta que supera a muchas personas, pese a ser mayor que ellas. Y sin embargo, cuando me llaman así, siento que se me está definiendo en relación a mis hijos.

Esto no quiere decir que no me guste ser madre, simplemente no quiero llevar una camiseta de "Soy madre" todo el tiempo.

Cuando nació mi hija en 2005 me centré íntegramente en ella. Me negaba a dejarla en la guardería de 8 de la mañana a 5 de la tarde, dejé mi trabajo a tiempo completo y encontré un trabajillo a tiempo parcial como escritora para una organización sin ánimo de lucro. Cuando no trabajaba, estaba ocupándome de mi hija o pensando en ella. Toda mi pasión y energía estaban enfocadas a mi trabajo como madre.

Antes de tener hijos, competía como boxeadora amateur. Aprendí a hacer surf y pasé ocho días viviendo en una cabaña en la playa en México con mi marido, haciendo surf durante muchas horas a lo largo del día.

No es que no le tuviera miedo a nada, muchas de esas cosas me aterrorizaban, pero me gustaba la aventura.

Cuando nació mi bebé, fue maravilloso centrarme en otra persona que no fuera yo, pero en ese proceso me olvidé a mí misma.

Después, cuando nació mi bebé, me di cuenta de las consecuencias. De repente era responsable de un pequeño humano, por lo que no podía parar de darle vueltas a la cabeza sobre todas las cosas que podrían ocurrir. La seguridad y la salud de mi pequeña se convirtieron en mi prioridad. Me parecía precioso anteponer las necesidades de otra persona, y considero que aprendí muchísimo de todas esas noches en vela y madrugones. Fue maravilloso centrarme en otra persona que no fuera yo, pero en ese proceso me olvidé a mí misma.

Esto duró unos dos años. Cuando mi hija cumplió dos años, pude empezar a salir un poco de esta rutina. Empecé a hacer más ejercicio y a quedar con mis amigas de nuevo. Empecé a recordar cómo era la vida antes de ser madre.

Y entonces volví a quedarme embarazada. Y todos estos sentimientos se incrementaron. Tenía en mente a mi pequeña y mi segundo embarazo, y mi cabeza se preguntaba cómo iba a apañármelas para hacerme cargo de dos bebés.

Era 2007 y los telediarios nos bombardeaban con noticias sobre la crisis y el mercado de las hipotecas de alto riesgo. Estaba vagamente informada de la crisis económica, de todas las advertencias, pero las voces de la radio se ahogaban por el cansancio de mi embarazo y del bebé que tenía en brazos.

Mi hijo nació en junio de 2008 pero las noticias siguieron empeorando. Lehman Brothers colapsó en septiembre de 2008 y sí, daba miedo, pero me parecía algo muy lejano.

Sin embargo, entonces la crisis nos tocó más de cerca.

Mi marido perdió su trabajo en enero de 2009 y la organización para la que trabajaba me despidió un mes más tarde. Teníamos una hipoteca, un bebé, una niña de 3 años y ningún ingreso. Mientras yo estaba tan ocupada tratando de cumplir con los horarios de sueño y cambiando pañales, la economía estadounidense había colapsado. Ya no me permitía el lujo de centrarme por completo en mis hijos. Tenía que encontrar trabajo y para conseguirlo debía recuperar mi seguridad y tomar las riendas de mi vida de nuevo.

Empecé a buscar clientes para trabajar como editora y escritora autónoma. Mi marido encontró un trabajo tres meses después, y yo comencé a trabajar desde casa, tratando de volver a mi nivel de ingresos anterior. Seguía pendiente de lo que comían mis hijos y de que estuvieran creciendo adecuadamente, pero sobre todo estaba centrada en el trabajo. El hecho de que tanto mi marido como yo trabajáramos me resultaba aterrador al principio, pero con el tiempo me dio más fuerzas. Siempre había querido trabajar como escritora autónoma, y esta era mi oportunidad.

Entonces, a mediados de 2010, inspirada al ver cómo florecía mi carrera como autónoma y tras descubrir lo que era capaz de hacer cuando asumía riesgos y me esforzaba, me apunté a un gimnasio de CrossFit. Fue entonces, cinco años después del nacimiento de mi hija, cuando recordé quien era antes.

La mayoría de personas en el gimnasio tenían unos diez años menos que yo, y ninguna de las personas con las entrenaba más a menudo tenía hijos. Si hablaba de mis hijos, se quedaban perplejas, por lo que tuve que recordar cómo era tener conversaciones sin hablar de la hora de la siesta, los biberones y los juguetes.

Durante cinco años, me había dedicado en cuerpo y alma a mis niños: durante el embarazo, la lactancia, quedándome con ellos hasta que conciliaran el sueño, llevándoles a todas partes. Ahora estaba invirtiendo una hora al día en aprender cómo hacer abdominales, flexiones, etc. Puse mis manos en una mancuerna por primera vez, aprendí a hacer sentadillas y peso muerto.

Courtesy of Hilary Achauer
The barbell helped me remember who I was before I became a mom.

Recordé esa música que siempre me había encantado, el rock y el rap. Retomé el surf y empecé a leer obras de ficción. No iba a dejar de lado mi identidad de madre, pero estaba recordando que no solo era una madre. Fue como ponerme mi vestido favorito, que llevaba años sin usar y que tan bien me sentaba, y preguntarme a mí misma por qué había tardado tanto en volvérmelo a poner.

Pero también he aprendido que es esencial recordar quién era antes de tener hijos, y no perderme a mí misma por estar a su servicio.

Jamás me he arrepentido de ser madre. Me encanta y estoy muy agradecida por todo lo que he aprendido en este proceso. No tenía ni idea de todo el amor y alegría que era capaz de sentir (sumados a la preocupación y el enfado, por supuesto). Tener hijos me convirtió en una persona menos egocéntrica y más generosa. Es más, gracias a ellos he conocido a algunas de mis mejores amigas.

Pero también he aprendido que es esencial recordar quién era antes de tener hijos, y no perderme a mí misma por estar a su servicio.

Por eso, cada vez que alguien me llama "mamá deportista" o mis amigas deciden organizar una "noche de madres", tengo la sensación de estar retrocediendo a aquellos años en los que me perdí a mi misma. Y no voy a permitir que eso vuelva a ocurrir.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao.

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