INTERNACIONAL
15/03/2018 07:53 CET | Actualizado 15/03/2018 07:53 CET

Fran Equiza: "No he visto un solo ciudadano que haya perdido la esperanza. Son como el roble"

El español, representante de Unicef en Siria, alerta del incremento de víctimas menores y de las dificultades que afrontan los miles de discapacitados.

© UNICEF/UN078012/Souleiman
Fran Equiza, representante de UNICEF en Siria, el pasado agosto en el campo de refugiados internos de Ain Issa, a 50 kilómtros de Raqqa.

Fran Equiza es, hoy, uno de los occidentales que mejor conoce la situación de Siria. Este español, representante del Fondo de las Naciones Unidas para la infancia (UNICEF) en el país, trabaja sobre el terreno, hace balance de lo que él mismo ve y toca y lo denuncia sin miramientos. "Es una atrocidad". Aporta la estadística y el análisis de fondo del portavoz de uno de los organismos internacionales más respetados del mundo pero, también, la emoción del cooperante, la voz medio quebrada. Pese al horror de lo que narra, deja un mensaje de aliento: nadie ha perdido la esperanza en Siria.

Al teléfono, mientras va viajando desde Deir Ezzor y Palmira hasta Homs, de este a oeste, en una llamada poco limpia, salpicada por el chisporroteo de una emisora, explica que no hay una única radiografía de situación en Siria, sino varias. "Tenemos la zona de Guta Orental o Idlib, donde los sirios están muriendo cada día o casi cada día, sufriendo carencias esenciales y donde está la gente saliendo como puede, de donde han salido ya muchos desplazados. Luego tenemos la Siria del este o de Deir Ezzor y Homs y Alepo, donde ya pasó el conflicto, no hay muertos por bombas diarias -aunque sí por algunos explosivos que quedaron atrás-, donde la gente trata de recuperar su vida entre los escombros. Hay pobreza, faltan servicios básicos como agua o saneamiento, hay problemas de infraestructuras de salud y de educación y, aunque esta gente no está en guerra directamente, está sufriendo lo que ha pasado hasta ahora. Y para completar tenemos las zonas donde hay desplazados internos, no recientes sino de hace años, que se fueron de sus casas hace tres o cuatro años, que se han desplazado una, dos, cinco, siete veces, y que están en casas de familiares y amigos, en zonas en las que hay mucha presión y de las que querrían marcharse; hay localidades en el oeste del país zonas donde la población se ha duplicado en estos años, por lo que los servicios están saturados. Cada escenario condensa una carga de dureza atroz", señala.

En el caso de los niños, sobre los que trabaja UNICEF, el séptimo aniversario de la guerra llega con datos terribles: 2017 fue el año en el que mataron a más niños desde que comenzó el conflicto, con 910 documentados, un 50% más que en 2016. En los dos primeros meses de 2018, 1.000 niños murieron o resultaron heridos a causa de nuevas olas de violencia. Eso, sin contar los datos que no se han podido verificar, que multiplicarían las cifras. Equiza explica con fatalismo que, "desde el punto de vista militar", los niños están como el resto de los civiles, en la diana, pese a que eso contraviene las leyes de la guerra. Todas las partes en litigio, del régimen sirio a los grupos rebeldes armados pasando por los yihadistas del Estado Islámico, por ejemplo, han atacado objetivos inocentes y, siendo como son los menores el 45% de la población siria, "se entiende por qué hay tantas víctimas" entre ellos.

"En 2017 hemos tenido situaciones muy muy muy intensas en zonas como Idlib o en áreas zonas controladas por el ISIS en Raqqa, donde ninguno de los implicados ha tenido cuidado en salvar a los civiles. El daño ha sido grande porque había que tomar ciudades e infraestructuras al contrario y las fuerzas armadas y los grupos armados, todos los actores, han hecho lo que han hecho falta para tomarlas, y eso ha significado evidentemente matar civiles y entre ellos, niños", se duele.

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© UNICEF/UN078013/Souleiman
Fran Equiza, el pasado agosto con un grupo de desplazados en Ain Issa, cerca de Raqqa.

Los discapacitados, el último eslabón

UNICEF destaca que entre las víctimas más indefensas se encuentran los niños discapacitados, vivos pero necesitados de tratamiento y de oportunidades que no llegan en un contexto de guerra. "Son el eslabón más débil de la cadena", resume el representante. Más de 1.5 millones de personas viven con discapacidades permanentes relacionadas con la guerra, incluidas 86.000 personas que han perdido extremidades, en un país donde la capacidad de producir prótesis es "prácticamente inexistente". Sueñan con ir a Alemania o Suiza a por la pierna o el pie que necesitan. Imposible llegar cuando el 70% de la población malvive por debajo del umbral de la pobreza.

No es sólo la prótesis o la silla de rueda, es lo que conlleva la discapacidad: si vives en un tercer piso, dice Equiza, ¿cómo bajas al médico o al cole? ¿Qué convivencia con otros niños pueden tener los heridos? ¿Qué aislamiento afrontan? "Nosotros estamos tratando de rehabilitar todas las escuelas temporales con acceso para estos niños, para que puedan entrar, con lavabos adaptados también, queremos asegurarnos que haya menos discriminación en este punto. También tenemos un programa que consiste en dar efectivo a familias con niños discapacitados, porque tienen más gastos, necesitan ayuda para subir, bajar, viajar...". Gestos que compensan frente a la exclusión, el abandono y la estigmatización que también acarrea la guerra y sus consecuencias.

Las escuelas, entrando en el octavo año de conflicto, son otra de las apuestas de UNICEF. Hoy hay 1,7 millones de niños están fuera de las aulas, bien porque no hay colegios, bien porque los chicos están desplazados o aislados o su familia no tienen cómo mantenerlos. 1,2 millones más están en riesgo de dejar la escuela. El cooperante español pone un ejemplo muy visual: "un chico de 13 años, que ha estado cinco años sin ir a clase, sometido bajo el yugo de Daesh, que decía que no había escuela para él. Ahora regresa pero, claro, con cinco años de retraso está aprendiendo a leer o a multiplicar. Es muy complicado para estos chavales seguir adelante con ese ritmo, encontrar motivos para ir a los pocos colegios que aún funcionan. A eso se suma la tensión en sus casas y las presiones para que ayuden económicamente con lo que sea", abunda.

Los cementerios llenos, los cuerpos con cicatrices. ¿Y la mente? Equiza es tajante: "todos, todos los niños sirios están afectados psicológicamente por el conflicto". Los que han vivido directamente los asedios y bombardeos, la violencia abierta, clásica, los sometidos a diario al riesgo, al miedo, a la angustia, al hambre, los que han perdido su casa o a sus familias... "Eso es devastador, por eso ponemos en marcha de forma prioritaria programas de ayuda psicosocial, pero también tenemos niños que igual no han visto nunca una bomba de cerca, ni en su casa ni en su parque, pero durante años han vivido en un contexto en el que lo normal era la violencia, la muerte, la huida... Aunque el impacto no sea directo, evidentemente hay daño", insiste.

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© UNICEF/UN077615/Souleiman
Fran Equiza conversa con niños escapados de Deir Ezzor en el campamento de Areesha, el pasado verano.

Un crío que tuviera siete años al inicio de la guerra es ahora un adolescente de 14, "toda su vida de desarrollo cognitivo ha estado levantada en un contexto de guerra, un entorno completamente inicuo para esta criatura". De ahí que entienda como "crítica" la situación de los jóvenes y adolescentes, a los que hay que ayudar preferentemente para que metabolicen lo vivido y salgan adelante. "Ellos serán los que manden en el país en 40 años, en la política, la economía, los medios. Todos están afectados y hay que lograr que lo superen".

UNICEF, en este 15 de marzo de negro aniversario, ha difundido una nota de prensa en la que reclama que se apliquen nueve peticiones para detener el infierno en Siria. Realistas, van de la más pequeña -"Invertir en suministros de apoyo para salvar vidas y servicios de rehabilitación a largo plazo, incluido el apoyo psicosocial y la atención de salud mental para niños"- a la mayor -"Poner fin a la guerra a través de una solución política y acabar con todas las restricciones a la entrega de ayuda humanitaria"-.

Pero cuando las bombas siguen cayendo, cuando las negociaciones enmoquetadas de Ginebra o Viena no sirven de nada, surge la pregunta de si hay esperanza para esta guerra vieja. Fran Equiza no lo duda: la hay, porque la tiene su gente. "Yo trabajo con los sirios cada día, hombres y mujeres que salen cada día a trabajar y a dar lo mejor de sí. Hace dos semanas. por ejemplo. una compañera vio cómo un mortero cayó en su casa y su casa desapareció, y aún así ella al día siguiente vino a trabajar a la oficina. Es un detalle, pero es así en todo: se pierden hermanos, padres, hijos, primos, se van los suyos refugiados en Jordania o en Líbano,y sigue peleando. La esperanza es que sí hay esperanza. Están convencidos de que esto va a acabar, van a rehacerse, a poder vivir en paz. Yo no he visto un solo sirio que haya perdido esa esperanza, son como el roble, son resilientes, resisten, quieren salir adelante. En mi experiencia, es la gente más corajuda que uno se pueda encontrar. Por eso tienen esperanza y por eso la merecen".

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'Heartbeat', una canción para Siria.

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