INTERNACIONAL
08/05/2018 07:58 CEST | Actualizado 08/05/2018 07:58 CEST

Macron se desmarca de las conmemoraciones del Mayo del 68

Se cumplen 50 años del movimiento social y sindical que cuestionó el viejo mundo, pero el presidente francés hace como el que oye llover. Tiene motivos.

El mundo entero conmemora los 50 años del Mayo del 68, aquella primavera en la que, con epicentro en París, una corriente contestataria electrificó el mundo, de Praga a Nueva York. En el país vecino se vivió una movilización que cuestionaba radicalmente la autoridad, que hizo cambiar las relaciones laborales y salariales de Francia, un estallido al que se sumaron jóvenes, mujeres, sindicalistas y emigrantes, que es un pilar de nostalgia reivindicativa y aún se usa como argumentario en algún mitin.

La agenda gala en 2018 está llena de conferencias, publicaciones y exposiciones recordando lo pasado y su legado pero, curiosamente, en lo más alto prefieren no oír hablar de aniversario alguno. El presidente de la república, Emmanuel Macron, ha descartado por el momento cualquier celebración oficial al respecto y ni siquiera he hecho un discurso conmemorativo o un homenaje a los idealistas que sacudieron la rigidez de su antecesor de entonces, Charles de Gaulle. Mejor tomar distancia, ha debido pensar el mandatario, cuando justo la calle se le calienta en contra por sus medidas implacables, justo cuanto toca hacer balance de su primer año de gestión, y no todos le dan buena nota.

Según han informado medios como Le Monde y AFP, no parece que la actitud de Macron vaya a cambiar, aunque queda mes por delante y el aniversario en sí tiene recorrido. Formalmente la conmemoración se inició el 3 de mayo, recordando que en esa fecha tuvo lugar la primera protesta, organizada en la Universidad de Nanterre del extrarradio parisino, que acabó con intensas cargas policiales. De allí surgió una espontánea revuelta contracultural, sin programa político concreto, se quiso que la imaginación llegara al poder; aunque no lo logró, levantó una marea inmensa, sostenida por reivindicaciones laborales como el aumento de los salarios mínimos.

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Christian Hartmann / Reuters
Un joven toma un adoquín de la calle, durante la protesta del Primero de Mayo en París.

Se calcula que más de nueve millones de trabajadores fueron a la huelga en Francia, con un masivo cierre de fábricas y la práctica paralización del país, hasta que arrancaron un 35% más de sueldo mínimo y un 10% más de salario medio. Se abrió camino para que el hijo del obrero llegara a la universidad, donde entonces no eran ni el 10%, y se demostró al poder que sin el pueblo, ni a la vuelta de la esquina. Eso, por poner un puñado de ejemplos. Pero Macron no lo ve tan importante. No es que cargue contra ese legado, sino que lo obvia, más bien.

En las últimas semanas, sólo ha hablado realmente de la conmemoración en declaraciones a la revista La Nouvelle Revue Française, una entrevista a la que se han hecho mil autopsias en la prensa, en las que definía el Mayo del 68 como un "momento de confrontación con el poder" que se correspondía con el momento histórico que se vivía, caduco el periodo de la posguerra mundial, y que "tenía sus razones". "Pero fue un instante preciso y pasó. Ahora estamos en otra configuración". La admiración y el entusiasmo no es, desde luego, lo que definen sus palabras.

Macron, que nació casi diez años después de aquellos acontecimientos, en 1977, que estudió Filosofía en la misma universidad donde todo empezó, que se define de centro y, con esa etiqueta, ha logrado que su En Marcha! sea el partido más votado de Francia, no quiere ni recordar un momento en el que ardió la calle, porque justo la actual, la que él manda, está recalentada. "Lo dijimos, lo hacemos", es su lema y, bajo ese paraguas, está cumpliendo a rajatabla su programa electoral. Nadie puede reprochárselo, es lo que votó la gente, pero sus medidas, ahora que se aplican, están generando un descontento importante en los sectores afectados: de nuevo, los estudiantes y los trabajadores que se manchan las manos de grasa. No sólo es que sea implacable con lo prometido, es que no está dejando margen para la negociación y las enmiendas y eso está escociendo en los colectivos afectados y en los partidos de la oposición.

Macron está afrontando, para empezar, protestas contra la nueva ley que modifica los procedimientos de acceso a la universidad, que obligará a que exista una especie de selectividad y "acabará con la igualdad de oportunidades", según denuncian las organizaciones convocantes de las marchas y las huelgas que se han extendido ya por una quincena de campus. Desde finales de los años 90, la posibilidad de que las facultades más demandadas pudieran elegir a sus alumnos en función de sus cualidades académicas o su perfil fue vetada por ley. Desde entonces, hay una práctica aleatoria y, una vez aprobado el equivalente al bachillerato español, es la suerte la que decide quién entra en cada titulación. Ahora se quiere instaurar una "selección", palabra que su Ejecutivo rechaza usar.

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Charles Platiau / Reuters
Un grupo de estudiantes de Secundaria y universitarios se manifiestan el pasado 1 de febrero contra la nueva ley de acceso.

La nueva primavera parisina encuentra en los ferroviarios los ánimos más exaltados. Macron ha presentado la ley de reforma de la SNCF, la Renfe local, aprobada en la Asamblea por aplastante mayoría (454 contra 80) y en la que le apoya el 59% de los ciudadanos, según las encuestas de diversos medios. Aprovechando que la normativa comunitaria exige la apertura a la competencia en el 2020, ha planteado el cambio y ha abierto la caja de Pandora porque toca, ay, el actual estatus laboral de los trabajadores del ferrocarril.

Se trata de un derecho surgido de un decreto de 1950 por el que los asalariados de la empresa de trenes tienen un empleo vitalicio y un régimen especial de pensiones que les permite jubilarse a partir de los 52 o los 57 años, según el puesto. El 90% de los trabajadores de la SNCF –unas 140.000 personas- encaja en esa categoría y los sindicatos defienden su estatus con vehemencia. Son tres los meses de paro convocados -ya van por el segundo-, a razón de dos días de huelga por cada tres trabajados. La cifra de huelguistas ha bajado ya de casi la mitad al 20%, aunque los maquinistas en particular siguen secundándola en un porcentaje del 60 al 65%. Macron estaría tratando de desactivar la bomba prometiendo bajas voluntarias en buenas condiciones y, sobre todo, haciendo que el estado asuma parte de la deuda brutal que arrastra la empresa, superior a los 45.000 millones de euros.

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También hay problemas en los cielos: los empleados de la aerolínea Air France han declarado ya varias jornadas de huelga; pilotos, personal de cabina y de tierra integrantes de sindicatos han ido decidiendo parar sus labores para exigir un aumento salarial del 6%, una tensión que ha costado hasta la dimisión del presidente. Tras dos años de congelación salarial, Air France está ofreciendo aumentos del 1% diciendo que cualquier cantidad superior perjudicará sus esfuerzos de recuperación.

Las protestas laborales vienen sucediéndose desde que el verano pasado Macron aprobase su reforma laboral, un texto destinado a flexibilizar el mercado laboral, piedra angular de su programa para frenar un desempleo que alcanza casi el 10%. Es "irrenunciable", repite, porque con ella hizo bandera en las elecciones, pese a las críticas de que tiene como objetivo que cada empresa negocie la jornada laboral o elimine los convenios colectivos, lo que es criticado por darle todo el poder a los empresarios. En octubre, todos los sindicatos de la función pública se unieron para denunciar los efectos negativos sobre su sector de los planes del Ejecutivo. Consideraban "inaceptable" que su poder adquisitivo se vaya a ver perjudicado y que se haya previsto un recorte previsto de cerca de 120.000 puestos en su sector.

Y a todo ello se suma un malestar importante, que por ahora no ha pasado de protestas medianas, por el controvertido proyecto de ley que endurece las leyes de inmigración y asilo de Francia en medio de enérgicas críticas de grupos de derechos humanos. El texto acelera la expulsión del país de quienes no tengan derecho al asilo y mejora las condiciones de acogida e inserción de quienes estén en situación regular. El Gobierno dice que quiere ser a la vez firme y justo en materia de inmigración. El levantamiento de campamentos improvisados en ciudades como Nantes, sin compasión, ha demostrado que Macron va en serio y no le va a temblar el pulso en aplicar la norma.

En estos desalojos y en las diversas manifestaciones ha habido un elemento común: la severidad con que han actuado, según los convocantes, las CRS, las fuerzas de seguridad de la Policía. "Se ha hecho lo que se tenía que hacer", insisten desde el Palacio del Eliseo. Policía que llega, abre espacios y disuelve con contundencia. Pequeños grupos de ultra izquierda han llevado a cabo los únicos actos vandálicos que se conocen en estos meses, el pasado Primero de Mayo, apenas con un millar de efectivos concentrados en París. "No he escapado de las protestas", tuvo que decir Macron, que estaba de largo viaje oficial (tras EEUU, Australia, Nueva Zelanda y Nueva Caledonia) mientras esto pasaba.

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Barcroft Media via Getty Images
Un manifestante, enmascarado, junto a un coche en llamas, el pasado Primero de Mayo en París.

¿Cuajarán todas estas protestas en algo mayor? No lo parece, ya que el Primero de Mayo fue flor de un día y las demás se han desinflando (el cansancio de la protesta larga de los trenes, los exámenes que apremian en la universidad...). No obstante, el pasado 6 de mayo se produjo una protesta en París con 40.000 asistentes, convocada por Francia Insumisa, un grupo de izquierdas menor que esta vez sí tuvo más capacidad de convocatoria y que logró que la marcha fuese pacíficamente reivindicativa. La crispación de todos los sectores ya citados se sumó a la queja ciudadana general por nuevos impuestos sobre los combustibles o el tabaco, en paralelo a la supresión de impuestos a las grandes fortunas, o la denuncia de los pensionistas de que están perdiendo poder adquisitivo, como en España. Por eso los más progresistas llaman a Macron el "presidente de los ricos".

A la espera de ver cómo evoluciona el panorama, mejor no hacer paralelismo alguno con el 68, por si acaso. Lo cierto es que el presidente sabe que la situación es muy diferente, medio siglo después: de aquel movimiento global, entre proletario y juvenil, con trazas de rock y libertad sexual, con un profundo deseo de cambio planetario, hemos pasado a una Francia de rebeliones estancadas, poco unida, con intereses muy diversos, un tiempo de poca esperanza en el que parece que todo es irrealizable y es mejor conservar lo que se tiene (aunque sea viejo y venga de entonces). Salvo espejismos como el 15-M español, se busca la estabilidad y el mantenimiento de lo establecido, en un momento de crisis económica, desgaste del estado del bienestar, populismos que azuzan los supuestos riesgos del diferente o amenazas como la del cambio climático.

Macron es joven, tiene encanto, es de centro, se dice realista, cumple lo que promete, dice, y prefiere la estabilidad. Pero además ha echado a los de siempre, ha parado el populismo del Frente Nacional y trata de ser visible internacionalmente, apostando por una UE unida. Por ahora, eso le vale al electorado, mientras que el 68 queda muy lejos y pedía lo imposible. Lleva las de ganar. Por ahora.

Emmanuel Macron

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