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24/06/2018 11:32 CEST | Actualizado 25/06/2018 13:17 CEST

David Broncano cumple su palabra y aparece en el concierto de Vetusta Morla en Madrid

Lo prometió cuando la banda acudió a 'La Resistencia', el programa que presenta en Movistar +.

EFE

David Broncano cumplió su palabra y apareció este sábado en el concierto que Vetusta Morla dio en la Caja Mágica de Madrid.

Cuando la banda fue el pasado 12 de junio a La Resistencia, el programa que Broncano presenta en Movistar +, prometió que lo haría, "voy con una careta de cerdo y paso por el escenario".

Puedes verlo a partir del minuto 29:

Y así ocurrió. Con una careta de cerdo subió al escenario tras casi dos horas de música, en torno a las 23.50 horas, cuando al grupo solo le quedaban dos temas para terminar y los bises. Salió, cogió el micrófono y entonó: "Decirlo a la cara".

Él mismo lo contó a través de Twitter al día siguiente y los seis miembros de Vetusta vacilaron al humorista: "¡No te vimos la cara!".

No les faltó razón. Los vídeos de su entrada triunfal le dan la razón a los seis miembros de VM.

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Vetusta Morla incendia Madrid

Nunca antes como en esta noche histórica para Vetusta Morla y la escena musical española había ardido tan intensamente el indie español, pequeña llama que empezó a arder por las rendijas de la gran industria hace 25 años hasta convertirse en un colosal incendio que, desde el directo, lo transformó todo.

"Este Mismo Sitio será un Distinto Lugar", publicaba horas antes en sus redes el primer grupo nacional que, forjado al margen de las multinacionales y sus presupuestos marquetinianos, se ha revelado capaz de aglutinar en un único concierto en explanada de La Caja Mágica de la capital española a cerca de 40.000 paisanos y seguidores, 38.000 para la exactitud de los anales.

A falta de un estadio (este aforo equivale a esas dimensiones), cabe recordar esos directos pasados en otros espacios míticos de la ciudad que anticiparon el fenómeno, como el primer sold out en la sala Joy Eslava dos semanas antes de la publicación de su debut en 2008, su minirresidencia de cinco llenos consecutivos en La Riviera en 2011 o los tres asaltos al WiZink Center en 2015.

Con cada uno de esos pasos, este sexteto de Tres Cantos -formado por Pucho (voz), David (batería), Álvaro (bajo), Jorge (percusión), Guillermo (guitarra) y Juanma (guitarra y teclado) —se atrevió a soñar cada vez más, inasequible al desaliento y sin el apoyo de multinacionales, forjando un sólido cancionero generacional con ambición lírica, estética y musical.

Hoy se han plantado una vez más ante su público, 10 años después de la edición de su primer álbum, Un día en el mundo, el que los colocó en los Mapas (2011), como su segundo trabajo, al que siguieron La deriva (2014), el más galardonado de la música independiente y Mismo sitio, distinto lugar (2017), en el que, en aras del arte una vez más, huyeron de la complacencia.

Tampoco la han mostrado esta noche, al interpretar íntegramente este cuarto y último disco de estudio, no necesariamente el más popular pero sí uno muy ambicioso, en dos tandas entre las que han sonado cortes tan célebres como Golpe maestro, Maldita dulzura o la seminal Valiente, pero excluyendo otros aptos para la épica colectiva como Saharabbey Road o Un día en el mundo.

Ha sido a las 22,15 horas, tras la actuación como telonero de Jacobo Serra y en otra de esas decisiones que hacen de ellos una banda singular, la de arrancar no con un single, sino con el tema que titula y cierra su último trabajo.

Desde ese mismo inicio, o con Deséame suerte después, han dejado constancia del nivel de exigencia y perfeccionismo que hace casi imposible ver un mal concierto de Vetusta Morla, lo que no está reñido con una capacidad de pegada que se aprecia en finales con garra roquera como el de El discurso del rey.

Ha quedado claro además por los cánticos del público que Palmeras en La Mancha es uno de los nuevos cortes con más adhesiones y también que, en su visión integral del espectáculo, con proyecciones de gran nivel en un pantallón de fondo, caben hitos escenográficos como los focos de interrogatorio en Golpe maestro.

"Infinitas gracias por venir esta noche a celebrar uno de los momentos más impresionantes que hayamos tenido. Hace unos 20 años iniciamos un proyecto lleno de ilusión, perserverancia, intuición y trabajo", ha dicho Pucho en un "brindis por la música" en esta Noche de San Juan en la que ha propuesto "quemar las cosas que no nos gustan y mirar con esperanza al futuro".

En la retina quedarán imágenes como el mar de brazos en alto en una infinita pista de almas entregadas a versos emblemáticos como los de Copenhague ("dejarse llevar suena demasiado bien").

"El fuego lo hago yo", ha cantado Pucho entre intensas luces rojas y una llamarada en su camiseta, antes de afrontar con la desasosegante Guerra civil el segundo tramo dedicado a Mismo sitio, distinto lugar, en el que han cabido la evocadora distorsión final de La vieja escuela y la comunal 23 de junio, con versos idóneos para la velada: "Y que San Juan no nos queme en la hoguera".

Su versatilidad les ha permitido asumir con igual capacidad la densidad atmosférica de cortes poco manidos como Al respirar, de su primer álbum, temas turbadores como Punto sin retorno o clásicos con cierta épica social como La deriva.

"Estamos hartos de escuchar sentencias contra bomberos y gente que se juega por salvar vidas en el Mediterráneo; eso no crea un efecto llamada, que no se le dé la vuelta al cuento y se juzgue a quien no se debe juzgar, hablamos de protegernos los unos a los otros", ha clamado el vocalista tras contar el caso de un amigo a la espera de una sentencia por "salvar gente de desahucios inminentes".

Y cuando la densidad musical podía amenazar el desarrollo del concierto ha irrumpido una traca final con baño de masas incluido, en el que han sonado una acelarada Mapas, las coreadísimas y catárticas "Sálvese quien pueda" y "Valiente" y el nuevo y enconado clásico Te lo digo a ti.

"¡Hoy es día de fiesta!", han proclamado antes de irse con Fiesta mayor a unos bises que, tras Consejo de sabios y cerca de dos horas de recital sin apenas resuello, ha recogido lo que es ya una tradición, el broche con El hombre del saco y Los días raros, haciendo deseable que, como la novela de la que tomaron su nombre, la suya sea una historia interminable.

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