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09/07/2018 11:08 CEST | Actualizado 09/07/2018 12:43 CEST

El día que Obama me conoció

Marta Flich estuvo con el expresidente de EEUU. Así fue el encuentro.

Marta Flich, con Barack Obama.
MARTA FLICH
Marta Flich, con Barack Obama.

He titulado así este artículo porque Obama es un hombre tan espectacular que decir que me gustó conocerlo sería rendirme a una evidencia y simplismo que no va conmigo. Ese día me conoció él a mí. Me gusta pensar así. Fue extraño que alguien de su equipo me reconociera, pero supongo que investigaron hasta el color de mis bragas, ya que iba a estar a un centímetro de su presidente. También conocí a otro presiente, el de Colombia. El presidente Duque. Me pareció que llevaba demasiado séquito y escasa seguridad, al contrario que mi amigo Barack, cuyo séquito tendía a cero y su equipo de seguridad a infinito.

Coincidí con otras personalidades políticas como Albert Rivera o Pablo Casado. En el photocall toda la prensa ametralló a preguntas a Pablo mientras, a escasos metros, estaba Barry Barish, Premio Nobel de Física por su observación de las ondas gravitacionales. Nadie le quería entrevistar. Nadie le había reconocido. No estaba en "la onda". Me lo comentó con un susurro un científico amigo con el que coincidí en la Cumbre de Innovación Tecnológica y Economía Circular, evento por el cual aterricé en los brazos de Obama.

Hizo bien Michelle en no venir para no ver la complicidad entre nosotros.

¡Caramba!, casi me disperso. Es que Pablo Casado es especialista en llevarse el foco.

Volvamos con Obama: hizo bien Michelle en no venir para no ver la complicidad entre nosotros. El 44º Presidente de los EEUU se mostró cercano, empático y preocupado por mi imagen. Me dio la mano y me dijo con un clarísimo inglés norteamericano: "Quítate el micro de diadema que llevas para hacerte la foto y saldrás más guapa". Acto seguido sonrió ampliamente antes de preguntarme: "¿Estás bien?". A lo que yo contesté: "Sí, todo bien, llevo este micrófono de Madonna porque soy la presentadora". Por supuesto, me lo quité rápidamente mirando a cámara con la mejor de mis sonrisas. Él me abrazó la cintura y la imagen quedó inmortalizada.

Me miró y, delante de un auditorio de 2.000 personas, me dio la mano

Qué alto es, qué delgado, so charming. Más tarde le tendría que devolver el afecto a mi recién inaugurado amigo Barack.

Me volví a poner la ya famosa diadema y salí de vuelta al escenario de la cumbre, donde había dejado hablando al Premio Nobel de Economía de 2010, Christopher Pissarides, con el que luego compartí comida. Con él y con el nieto de Mandela, que va por el mundo con su Africa Rising Foundation y contando el legado intelectual de su célebre y extinto, solo en lo físico, abuelo.

He de comentar que los agraciados con los Premios Nobel de Economía durante las comidas hablan de... ¡ejem!, economía. Se suele hablar en inglés en esas cumbres. Yo soy menos graciosa en inglés, pero conseguí acaparar la atención de todos cuando dije que no le iba a dar hueco en la cumbre a Mandela Jr. (al cuadrado) por haber perdido dos vuelos y haber cogido el tercero llegando irreversiblemente tarde a la parte matutina de la Cumbre. No me suena que me diera una excusa lógica, así que asumí que se le fue la noche de las manos. En teoría en Inglaterra, donde reside. Tengo una versión extraoficial que dice que nunca perdió dos vuelos, sino que llevaba en el dulce Madrid desde la noche anterior. Todo habladurías, claro.

Me movía como pez en el agua, pululando en círculos concéntricos alrededor de Obama

Volvamos a Obama. Llega el momento en el que aparece en el backstage rodeado de esos 4.347 "seguratas" que se mueven ante el más sutil pestañeo. Fue tedioso el trabajo de los técnicos del evento, entre bambalinas con tanta presión. Yo, sin embargo, me movía como pez en el agua, pululando en círculos concéntricos alrededor de Obama. No en balde a esas alturas éramos ya íntimos. Me sentía bien, no como cuando llegó algo más tarde y directo desde Zarzuela Iván Duque, el Presi de Colombia. Reconozco que pensé: "Marta, no te quedes mucho rato al lado de ese hombre al que tantos le deben tener tantas 'ganas'. Imagínate que se le tuerce el tiro al francotirador".

Sí, son fantasías, pero me hago cargo de que lo pensé.

Obama, volvamos a Obama. Estaba preparado y rodeado. Detecté cierto estado de trance en él. Estaba cansado. Creo recordar que tuvo una boda el día anterior (o algo parecido en un momento parecido). El caso es que estaba el hombre de ébano-claro ausente, cuando el embriagador Juan Verde, presidente de la Advanced Leadership Foundation, pronunció su nombre desde el escenario. Él parecía no reaccionar. Así que tuve que actuar firme y diligente. Dije bajito: "Mr. President...". Casi no me oí ni yo. Sin embargo, alguien de su vasto equipo se percató y le avisó que tenía que salir a escena.

Terminó su hora cronometrada de conferencia. No era necesario impresionarme más. Ya me tenía enamorada desde el "Hola". Se levantó con esa elegancia que le caracteriza. Con ese halo mágico con el que su madre lo parió. Me miró y, delante de un auditorio de 2.000 personas, me dio la mano. Yo le dije lo que le tuve que decir: "Thanks for coming". Y todo el mundo se enteró de 'lo nuestro'.

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