INTERNACIONAL
18/07/2018 07:04 CEST | Actualizado 18/07/2018 07:17 CEST

Sudáfrica quiere más: el legado de Nelson Mandela ya no es suficiente

Este miércoles se cumplen 100 años del histórico mandatario, cuyas reivindicaciones aún no se han cumplido.

EFE

"Siempre he atesorado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que las personas puedan vivir juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal para el que he vivido. Es un ideal por el que espero vivir, y si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir".

Son las palabras con las que Nelson Mandelaterminó su alegato ante la justicia en el año 1964. Había sido arrestado junto a otros líderes del movimiento de lucha contra el apartheid y, tras haber sido acusado de alta traición, se enfrentaba la pena de muerte.

El mundo estaba en vilo ante este juicio. La ONU había impuesto sanciones contra Sudáfrica y la lucha de resistencia crecía. Mandela desafió abiertamente al Tribunal Supremo de Pretoria (Sudáfrica) explicando con ese discurso los motivos por los que recurrió a la violencia para combatir el racismo. Sus palabras no le costaron la vida, pero fue condenado a cadena perpetua. Pasó 27 años y medio en la cárcel. Más allá de la sentencia, con su alegato, Mandela, de cuyo nacimiento se cumplen este miércoles 100 años, sembró la semilla de su leyenda.

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Imagen de archivo de Nelson Mandela en 1960.

Pero si Madiba, como le llamaban cariñosamente, pudiera ver a día de hoy su país, vería cómo tras casi un cuarto de siglo después de haber sido el primer presidente negro de Sudáfrica, su país sigue luchando por cerrar sus heridas y todavía es uno de los más desiguales del mundo. Su legado "moral" aún está vigente para los sudafricanos pero, para un gran sector de la población, esa herencia no ha culminado en una emancipación real, ya que más de la mitad de los sudafricanos viven en la pobreza.

Más de la mitad de los sudafricanos viven en la pobreza

Los datos están ahí: según el Banco Mundial, el 1% mejor posicionado de la sociedad sudafricana posee el 70,9% de la riqueza total del país, mientras que el 60% con menos recursos —por razones históricas, mayoritariamente población negra— concentra sólo el 7%. De poco ha servido que el mismo movimiento de liberación que tuvo a Mandela entre sus líderes, el Congreso Nacional Africano (CNA), ocupe el poder desde el fin del 'apartheid'. El CNA ha ganado todas las elecciones generales desde el año 1994 con más del 50% de los votos, pero en los últimos años ha tenido que hacer frente a duras protestas y movimientos sociales encabezados por aquellos a quienes promete proteger.

A Sudáfrica todavía le queda mucho por hacer para convertirse en ese país anhelado por Mandela y sus afines. Prueba de ello son las cuatro grandes puntas de lanza del malestar público en los últimos tiempos: la masacre de mineros de Marikana, una ola de violentas protestas de estudiantes por el acceso a la educación, la creciente tensión social por el reparto desigual de la tierra y el hastío con la corrupción.

Un nuevo punto de inflexión para el país

En 2012, la matanza de la mina de platino de Marikana marcó un antes y un después en la democracia sudafricana: 34 mineros que participaban en una huelga para exigir una mejora de sus paupérrimas condiciones murieron al abrir fuego la Policía contra los manifestantes.

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Fue el peor incidente de represión desde el fin del apartheid y sumió al país en una gran conmoción con ecos de su pasado más oscuro. Tal y como recuerda la agencia Efe, hay quienes ven en este caso un detonante del movimiento estudiantil 'Fees must fall' ('Abajo las tasas', en inglés), que en 2015 y 2016 protagonizó violentas protestas para pedir acceso gratuito a la educación superior y la 'descolonización' del currículum académico.

Se dieron cuenta de que, sin una educación, ellos iban a ser como los mineros de Marikana

"Se dieron cuenta de que, sin una educación, ellos iban a ser como los mineros de Marikana", ha dicho a Efe Tracey Lomax, abogada de Derechos Humanos que ha trabajado con 'Fees must fall'.

El movimiento reivindicaba el espíritu de las protestas estudiantiles de Soweto que en 1976 hicieron al mundo volver sus ojos hacia los horrores del apartheid y cuestionaba en voz alta las decisiones de la transición, incluidas las de Mandela. "Aunque se alcanzó la democracia en 1994 y, aunque ahora haya una élite negra, a la población negra no se la incluyó en la economía y ahora es una cuestión de raza y también de clase", ha expuesto Lomax.

La eterna disputa por la tierra

Por si todo esto fuera poco, en este año del centenario de Madiba lo que más ha tocado la fibra de la nación es la reactivación del debate sobre el reparto de la tierra, una injusticia histórica cuya reparación prevé la Constitución pero para la que el Gobierno nunca ha encontrado una receta. Violentas ocupaciones salpican cada mes las noticias y la izquierda radical gana terreno con su defensa sin tapujos de la expropiación sin compensación, mientras los terratenientes blancos dicen vivir con miedo a ser atacados. Pero la minoría blanca posee el 72% de la tierra; mestizos e indios, un 15%; y la mayoría negra que vivió sin derechos durante décadas sólo tiene un 4%, según datos de la agencia Efe.

la minoría blanca posee el 72% de la tierra; mestizos e indios, un 15%; y la mayoría negra que vivió sin derechos durante décadas sólo tiene un 4%

A estos movimientos se añade un contexto de corrupción generalizada durante la presidencia de Jacob Zuma (2009-2018). Los escándalos llegaron a ser tan graves que su propio partido forzó su dimisión el pasado febrero. Fue su sucesor, Cyril Ramaphosa, quien apeló al legado ético de Madiba para trabajar por una Sudáfrica más justa, pese a que muchos conciudadanos creen que ya no es suficiente.

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