INTERNACIONAL
12/09/2018 13:29 CEST | Actualizado 12/09/2018 13:39 CEST

¿Quién es Fernando Haddad, el candidato que sustituye a Lula?

El nuevo aspirante del PT fue ministro de Educación y alcalde de Sao Paulo. Era el elegido para la videpresidencia, hasta que la justicia frenó la carrera de Lula.

El candidato que puede ganar de calle las elecciones de Brasil del próximo 7 de octubre no puede presentarse a las elecciones. Luiz Inacio Lula da Silva, el que fuera presidente durante dos mandatos (2003-2010), ha tenido que tirar la toalla y desistir de esta pelea, después de que hace dos semanas el Tribunal Electoral decidiera que no puede concurrir, al estar condenado a 12 años de prisión por un caso de corrupción. Ayer se acababa el plazo para que su formación, el Partido de los Trabajadores (PT), designara un nuevo aspirante a la presidencia. El elegido es Fernando Haddad, hasta ahora, candidato de fórmula junto a Lula como vicepresidente.

Un niño prodigio del PT, un militante de izquierdas con casi 40 años de lucha a sus espaldas, un pupilo de Lula, sí, pero también un académico, que tuvo las oportunidades de las que el exmandatario careció (estudios, estabilidad económica), y que no genera, por tanto, la empatía y la complicidad de su antecesor, al que los brasileños adoran por ser el antiguo minero, el líder obrero que tomó el Palácio do Planalto (Palacio del Altiplano) para repartir justicia.

40 años de activismo

Haddad tiene 55 años y procede de una familia de comerciantes libaneses emigrada a Brasil. Cuenta EFE que en la cartera llevaba una foto de su abuelo, Habib Al-Haddad, un antiguo líder religioso, cuya historia le influyó desde joven. Estudió Derecho, cursó un máster en Económicas y de doctoró en esa rama y en Filosofía, de ahí la imagen de intelectual que le acompaña. Intelectual rojo, que para algo centró su tesis en El carácter socioeconómico del sistema soviético.

Afiliado al PT desde 1983, tras una temprana militancia en otros grupos de izquierdas, empezó a trabajar en organismos públicos en 2001, en la Secretaría de Finanzas y Desarrollo de Sao Paulo. Pasados cuatro años, con los dientes ya echados en la administración y creciendo en su partido como chico listo, Lula lo llamó y lo convirtió en su ministro de Educación. En el cargo estaría hasta 2012, es decir, bajo el mandato del expresidente y de su sucesora, Dilma Rousseff.

Llevó las riendas, muy bien llevadas a juicio de los analistas brasileños, de una de las carteras clave dentro de la misión del Partido de los Trabajadores de democratizar el derecho a la educación superior en el país. Como ministro, creó 14 nuevas universidades (con 126 facultades); estableció un sistema de becas especiales para los estudiantes más humildes; fijó cuotas que, por primera vez, permitieron que los negros, los indígenas y los pobres accedieran como nunca antes a los campus; y repartió 700 millones de libros gratis en todo el país.

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Brazil Photo Press via Getty Images
Lula da Silva y Haddad, en un acto político en Sao Paulo, en 2016.

Fue el propio Lula el que entendió que sería un alcalde de Sao Paulo, que no sólo es la mayor ciudad de Brasil, sino de toda Sudamérica, con 12 millones de habitantes. "Serás un excelente candidato", dijo en un mitin en 2011, adelantando acontecimientos... pero seguro que sin pensar que, en 2018, le iba a tomar en relevo en la carrera hacia la presidencia nacional. Haddad, en 2013, ganó fácil y gobernó la ciudad hasta enero de 2017.

La prensa brasileña destaca de su gestión de entonces, sobre todo, la reforma de la movilidad urbana: mejora de las infraestructuras, reducción de atascos, apuesta por medios de transporte sostenibles, creación de carriles-bici y establecimiento de líneas nocturnas. Haddad acudía incluso a congresos internacionales a explicar su modelo de ciudad.

Pero la moneda tiene también su cruz: todo eso había que pagarlo de algún modo y acabó subiendo el precio de los billetes de transporte público. Se produjeron manifestaciones en respuesta no sólo en la ciudad, sino en otros puntos de Brasil. Hasta a Dilma salpicó la polémica. Cuando llegó el momento de la reelección, y aunque la imagen de Haddad había mejorado sensiblemente, los ciudadanos le retiraron la confianza: ganó el multimillonario experiodista Joao Doria, con el 53% de los votos, frente a su exiguo 16,7%.

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Hacia la presidencia

Pese a ese descalabro electoral, en su partido pesaba la buena imagen que logró como ministro, por lo que siguieron confiando en él para el proyecto nacional. Se llevaba bien con Lula, a quien le gusta su carácter franco y tozudo. Y eso que le reprocha siempre que, cuando en el 82 se presentó para gobernador de Sao Paulo, Haddad no le votó, porque estaba en otros experimentos de izquierda que no cuajaron.

Haddad era un buen compañero de fórmula por su juventud y experiencia, por su compromiso ideológico, un contrapeso intelectual y, además, alguien fiel que no le iba a hacer sombra al líder indiscutible, al político más querido de la historia de Brasil. Por eso fue elegido como aspirante a la vicepresidencia junto a Lula.

De la noche a la mañana, sin embargo, se vio con el jefe encarcelado, llevando su defensa, haciendo frente a las reclamaciones judiciales para que la candidatura se mantuviera a flote y sin cambios, diseñando una campaña publicitaria (la televisiva, sobre todo, de enorme importancia en Brasil) que explotase la imagen del candidato, pese a las enormes posibilidades de que fuera a dejar de serlo.

Lula está en una cárcel de Curitiba desde abril porque los jueces han concluido que fue el beneficiario de un apartamento de lujo en Guarujá, una de las zonas playeras más populares de Sao Paulo. Supuestamente, le fue entregado por la constructora OAS a cambio de lograr contratos con Petróleo Brasileiro S.A. (Petrobras), la petrolera de propiedad mayoritariamente estatal. El que fuera obrero metalúrgico siempre ha defendido su inocencia y dice que todo es fruto de una "persecución judicial". Fue condenado en primera instancia a nueve años de cárcel y, en segunda, a 12.

Desde 2010 hay una ley, la llamada "de ficha limpia", impulsada por el propio exmandatario, que impide que una persona con una condena ratificada por dos tribunales se postule a cualquier cargo electo. Tras días de recursos, Lula ha entendido que el camino a la presidencia estaba bloqueado y ha elegido a Haddad. Ahora, la número dos del nuevo aspirante es Manuela D´Avila.

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Rodolfo Buhrer / Reuters
Fernando Haddad, junto a su candidata a la vicepresidencia, Manuela D'avila (derecha) y su esposa Ana Estela (izquerda), el lunes ante la prisión de Lula.

Los retos

Las elecciones son el 7 de octubre, con una segunda vuelta a la que pasan los dos partidos más votados, ya el 28 del mismo mes. De aquí a entonces, Haddad tiene que solventar sus problemas de carisma y desconocimiento popular (va bien en zonas urbanas, las que domina, pero no en entornos rurales, donde Lula sí llegaba). El reto es complejo: tiene que reemplazar a un líder adorado, convencer a los votantes de que él es el portador de la llama de Lula, de que tiene empaque para ser el presidente y, al tiempo, manteniendo siempre la figura del expresidente como faro y guía, como referente ideológico y como esperanza, si un día sale de prisión y puede volver a la carrera política (está a punto de cumplir 73 años).

Las encuestas que auguraban un 40% de apoyos para Lula no llegan más que al 17% y baja hasta el 9, dependiendo de los medios. Mucha gente votaría a Lula, pero no al PT con otro candidato. Sin el líder, el vencedor de los comicios se espera que sea el ultraredechista Jair Bolsonaro (supera el 20% en las encuestas y subiendo tras el apuñalamiento sufrido en un acto de campaña), seguido de la ecologista Marina Silva(15%). Bolsonaro y Silva serían los que pasarían a la segunda vuelta, a priori, pero está por ver el sprint del nuevo PT, que ya ha dicho que va a poner toda la carne en el asador.

Haddad también pelea contra sí mismo, porque justo en mitad de la campaña la fiscalía brasileá ha presentado contra él una denuncia contra él por corrupción, tras una confesión realizada por el empresario Ricardo Pessoa, expresidente de la constructora UTC Ingeniería. La empresa habría pagado una deuda de 2,6 millones de reales (alrededor de 626.500 dólares) de la campaña de Haddad en 2012, en la que el político disputaba la alcaldía de Sao Paulo. El dinero, de acuerdo con la Fiscalía, fue entregado en 2013 por el cambista Alberto Youssef, un nombre conocido en las investigaciones del caso Petrobras, mediante contratos ficticios firmado con tres empresas gráficas. En el marco de esa investigación, la Fiscalía ya denunció el pasado agosto al exministro de Educación por enriquecimiento ilícito.

Casado con la profesora de Odontología Ana Estela Haddad y padre de dos hijos, Haddad ha dedicado poco tiempo a esa acusación, dice que es parte de la misma trama que trata de hundir a Lula. Su batalla, insiste, es la de "ilusionar" al pueblo y "pelear" por el presidente. "Mi voz es la voz de Fernando Haddad", dicen los vídeos promocionales lanzados de urgencia tras la retirada del candidato original. Hace falta ahora convencer de que, en efecto, son lo mismo.

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