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13/09/2018 08:07 CEST | Actualizado 13/09/2018 08:07 CEST

Cómo te sientes cuando a los 16 años te dicen que quizá no puedas tener hijos

Dhrithi Arun
La autora.

En el verano de 2016, me senté frente a mi ginecóloga, que me acababa de hacer una ecografía, y concluyó que tenía varios quistes grandes en los ovarios. Como adolescente ingenua, no sabía bien cómo gestionar la gravedad de esas palabras, así que dediqué mi atención a avergonzarme en mi interior por la palabra "ovario".

En esa época no había nada que me pareciera particularmente trascendental o debilitante. Llevaba cinco meses quitándole importancia al hecho de que no me venía la regla y achacando los repentinos brotes de acné como algo que "cualquier chica adolescente" puede tener. Había dado por hecho que la insistencia de mi madre a llevarme al ginecólogo era una exageración. Me imaginé que me mandarían medicación y que me la tendría que tomar durante un breve período de tiempo hasta estar curada de esos "quistes".

No hace falta decir que eso no ocurrió.

La ginecóloga empezó a usar conceptos como "enfermedad crónica", mientras intentaba explicarme con suavidad mi afección. Su discurso empezó a generar una reacción de ligero desconcierto en mí. Enumeró algunos de los efectos colaterales de la enfermedad: "Hirsutismo, aumento de peso, infertilidad...". Espera, ¿infertilidad? Esa palabra en concreto me sacó del aturdimiento. "La infertilidad es un problema frecuente; a la mayoría de pacientes les cuesta tener hijos". Luego trató de tranquilizarme con unas estadísticas.

Me diagnosticaron síndrome del ovario poliquístico. El médico lo describió como una enfermedad común y tratable que afecta a 1 de cada 5 mujeres en India. (En Estados Unidos, afecta a 1 de cada 10 mujeres en edad fértil). Sus palabras no me tranquilizaron mucho. No me importaban las otras mujeres que estaban pasando por lo mismo que yo. ¿Cómo iba a importarme que sufriéramos todas juntas? No era precisamente una comunidad de la que ansiara formar parte.

Cuando tienes 16 años, tus decisiones más importantes son: elegir asignaturas del instituto, buscar universidad, decidir a qué serie engancharte. Lo que menos te preocupa es formar una familia o criar un hijo. Siempre me había dicho a mí misma que no tendría hijos. Suponía demasiada responsabilidad e imaginar que una diminuta vida humana dependía completamente de mí me resultaba poco atractivo, la verdad. Así que esa revelación en la consulta de la ginecóloga no debería haberme afectado tanto.

Pero lo hizo.

Cuando tienes 16 años, tus decisiones más importantes son: elegir asignaturas del instituto, buscar universidad, decidir a qué serie engancharte. Lo que menos te preocupa es formar una familia o criar un hijo.

Miro de reojo a mi madre, sentada a mi lado, con la esperanza de darme cuenta de que sólo yo estaba siendo melodramática. Soy estudiante y me gusta el teatro, o sea que el melodrama se me da bien. Eso es lo que me dije mientras dirigía la mirada de los grises de la ecografía hacia ella. Pero ella mostraba un pequeño signo de preocupación. Si ella estaba preocupada, yo debería estar aterrorizada.

Por supuesto, como suele hacer, puso una sonrisa de tranquilidad perfectamente practicada mientras salimos de la clínica, que se burlaba de mí con sus alegres paredes rosas e imágenes de pacientes sonrientes, para mi gusto, demasiado felices como para haberse enterado de que estaban enfermos. Me entraron náuseas. Mi madre me sugirió que cogiéramos algo de comida rápida. Naturalmente, yo acepté.

Mientras me metía entre pecho y espalda un bocadillo de 15 centímetros, no sentía que me acabaran de diagnosticar una enfermedad crónica para la que no hubiera cura. Acabamos el día como si todo siguiese igual, y eso me inquietó bastante.

"Una de cada cinco". Recuerdo contemplar con morbo qué mujeres a mi alrededor podrían tener la misma enfermedad que yo, escondiéndome entre risas y comida. Sentí que me había contaminado ese feo secreto. Decidí que nadie, excepto mis padres y mi círculo de amigos más íntimo, sabría nunca de ello.

Sentí que me habían robado una decisión que debería haber tomado yo en el futuro.

Podía fingir ante el mundo que no me importaba, pero no podía engañarme a mí misma. Mis pensamientos se enturbiaban cuando veía a madres subiendo a sus hijos en los columpios del parque, o cuando me maravillaba ante los minúsculos zapatitos de mi prima pequeña, o cuando tenía uno de esos momentos de "algún día contaré a mis hijos esta historia". Los números iban en mi contra. ¿Cómo podría competir con lo absoluto de las estadísticas? Sentí que me habían robado una decisión que debería haber tomado yo en el futuro.

Así que recurrí a Google. Revisé foros en los que a veces me topaba con historias milagrosas, aunque la mayoría de lo que vi en internet estaba repleto de relatos trágicos de parejas que luchaban por quedarse embarazadas e incluso historias más desgarradoras de abortos continuos. Estaba aterrorizada. Estaba resentida. Era una niña de 16 años que odiaba su cuerpo "disfuncional".

Aunque tenía un sistema de apoyo de amigos y familiares que nunca me trató con esa compasión paternalista que temía recibir, no fui capaz de apreciar su consideración porque aborrecía el hecho de que los demás tuvieran un motivo para ser considerados. No podía cambiar cómo me veía a mí misma. Por un momento era la chica que no quería tener hijos y al minuto siguiente me convertí en la chica que muy probablemente no podría tener hijos.

En realidad mis circunstancias no habían cambiado, pero sí la forma en que yo misma me valoraba. Hay algo esencialmente femenino en el hecho de tener hijos y no me gustaba la idea de que me pudieran arrebatar esa maternidad. Así que recurrí al humor. La empatía me hacía sentir incómoda, igual que las conversaciones serias sobre sentimientos. Por tanto, cuando al final se lo conté a mis amigos y ellos me dijeron que lo sentían y que siempre estarían "ahí para hablar", sonreí y les dije que no se sintieran mal porque en mi futuro no tuviera que quitar pañales sucios y coger a bebés llorones. El humor era un acto reflejo. Y a veces lo sigue siendo.

Hay algo esencialmente femenino en el hecho de tener hijos y no me gustaba la idea de que me pudieran arrebatar esa maternidad.

Ojalá fuera tan sencillo como aprender a aceptar mi condición o disfrutar de la grandeza de la vida o cualquier cita que puedas encontrar enmarcada en la pared de una chica adolescente. Pero no es tan sencillo. La vida no suele serlo.

Me llevó dos años aprender a coexistir con el síndrome del ovario poliquístico. No sé exactamente cómo, pero en algún momento tuve esperanza de probar una nueva cura, en vez de seguir con el escepticismo. Me hice vegana, me puse a hacer ejercicio y descubrí que eso aliviaba mis síntomas. Aprendí a mostrarme compasión en lugar de menospreciarme. Aprendí que hablar de cómo me sentía no daba poder al síndrome, pero sí me daba poder a mí.

En los dos últimos años, aprendí a reconocer que no gobierno por completo el curso de mi vida y a soltar un poco las riendas. Es extrañamente liberador. Cuando mi pensamiento dejó de estar nublado por el shock y el resentimiento inmediatos, vi que tener la posibilidad de ser infértil no significa no poder ser madre y que no ser madre no me hace menos mujer. Pienso en los niños y niñas del mundo sin familia y sin hogar y sé que todavía tengo una opción.

Pero ahora sé que Dhrithi Arun no es sinónimo de síndrome del ovario poliquístico o de infertilidad. Soy escritora, periodista, amiga, hermana e hija. No soy mi enfermedad.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' EEUU y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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