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20/09/2018 07:11 CEST | Actualizado 20/09/2018 07:11 CEST

La primera vez que sufrí el racismo en mis carnes

Si vives en EEUU, es imposible escapar a él.

GETTY
Una manifestante alza un cartel de protesta contra el racismo en Oakland en el que se lee:

Soy una mujer blanca del primer mundo en un matrimonio heterosexual y, salvo por lo primero, nunca me había sentido discriminada, menos aún por mi raza. Hasta que llegué a Estados Unidos.

Decir que EEUU es un país racista no es nada nuevo, pero uno no se da cuenta de cuánto hasta que lo vive. La raza planea sobre todas las conversaciones y asuntos. Y en Los Ángeles es aún más notorio por varias razones. A pesar de encontrarse en la 'progresista' California (centrista en el mejor de los casos para un europeo), cuenta con varias minorías que no están presentes en otros estados.

Dos de ellas son los coreanos y los armenios: las segundas poblaciones más numerosas fuera de sus ciudades se encuentran en la meca del cine. Aunque hay una Koreatown y una Little Armenia, lo cierto es que son de las pocas minorías que pueden verse por toda la ciudad. No cuento a los hispanos, que ya son mayoría en California y van a aumentar su ventaja demográfica aún más en las próximas décadas, según varios estudios.

Glendale, muy cerca de mi casa, está plagada de armenios. Todas las clínicas las llevan ellos, y a una de ellas me derivó el seguro de salud que contratamos antes de dejar España, un seguro para trabajadores españoles en el exterior, caro pero espectacularmente más barato que los de los estadounidenses.

La clínica no presentaba buen aspecto, pero hay ambulatorios españoles que han visto mejores días donde me han tratado de forma exquisita. Fue el trato lo que me espeluznó. Me sentí atacada, asustada, todavía más por el hecho de estar buscando cuidados médicos en otro idioma y cultura.

El seguro afirmaba que había avisado de que tenían que tratarme un tapón de cera (una bobada que se soluciona en cinco minutos) pero nadie parecía saber nada. Desde el principio sus miradas y su voz resultaron hostiles. Había tres mujeres en el mostrador: una mayor y dos jóvenes, una de ellas hablando por teléfono. Las otras dos dijeron simplemente que no sabían nada y siguieron a lo suyo, tras hablarme con aspereza y desinterés, cuando no impaciencia. Traté de llamar al seguro, sin éxito. Les enseñé el email de confirmación. "No hablo tu idioma", contestó la joven sin siquiera levantar la vista.

Cuando les hacía una pregunta, se ponían a hablar entre ellas, claramente ignorándome. No se levantaron de la silla ni trataron de comprender lo ocurrido. Esa actitud contrastaba enormemente cuando entraba un paciente armenio, al que no sólo se dirigían sino con el/la que incluso bromeaban.

La tercera chica se liberó del teléfono y les dijo que recordaba que había llegado algo. Se puso detrás de la señora mayor y le insistió para que abriera el email. Estuvieron revisándolo un rato hasta que volvieron a llamar al teléfono. En cuanto la joven volvió a su sitio, la señora mayor cerró el correo y dejó el tema.

La tercera administrativa volvió a librarse del teléfono y buscó ella misma en la pila de faxes sin tocar que las otras tenían detrás. Finalmente encontró el papel y se lo dio a la otra joven.

Hasta aquí podría haber sido simplemente mala educación rampante. Pero fue entonces cuando la joven le dijo a su compañera mayor, sin siquiera bajar la voz: "¿De verdad tenemos que atender a esta gente?". La frase me dejó estupefacta. Sentí como si me hubieran dado un golpe. Ese desdén y desprecio que desprendían su voz me sobrecogieron. Aún más por el hecho de que, a juzgar por su acento, venían de otra mujer inmigrante.

Finalmente me atendieron, me sacaron el tapón de cera y nos despedimos de la joven que nos había ayudado. Pero aún me cabreo al recordar ese momento. Porque si yo, que tengo estudios superiores y vengo de un país desarrollado en el que estoy acostumbrada a reclamar lo que me corresponde, me quedé paralizada, ¿cuánto afectará a una persona con menos educación que venga de un país menos desarrollado donde esté acostumbrada a que la pisotéen?

¿Quizá lo suficiente para renunciar a la atención que le deben?

Entonces... ¿nosotros no somos hispanos?

EEUU es un país diverso y Los Ángeles más diversa todavía, pero esa diversidad se ha mezclado tan poco en 200 años como la que ha recibido España en 25. El racismo lo mancha todo; incluso cuando te beneficia, incomoda enormemente.

A mi marido y a mi, en general, el racismo de EEUU nos beneficia. Lo notamos desde nuestro primer día, cuando fuimos a registrarnos en la Seguridad Social y nos pudimos saltar varias ventanillas y otras tantas colas para apuntarnos, presentando la mitad de papeles. El funcionario que nos atendió lo dejó bien claro cuando le preguntamos de qué raza éramos ante la cantidad de opciones: no somos hispanos, somos blancos. Puso especial énfasis en esto último.

Lo de preguntar tu raza es algo a que acostumbran a hacer por aquí, ya estés comprando entradas para un espectáculo. Y no es fácil responder: a los relativamente claros 'afroamericano', 'caucásico' o 'asiático' hay que sumarle 'hispano o latino', 'indio americano','nativo hawaiano o de las islas del Pacífico', una mezcla de dos de esas, una ambigua categoría de 'otras razas'...

Y la complicación añadida de que, aunque lo incluyan en razas, 'hispano o latino' se considera una etnia y luego hay que especificar si se es blanco, negro, indio americano, asiático... Todo lo anterior, pero ya dentro de esa categoría. Aunque todo eso no nos ha incordiado porque resulta que mi marido y yo, según la Seguridad Social de EEUU, no somos hispanos ni latinos sino blancos, una categoría oficial del censo estadounidense que se refiere a gente "con orígenes en alguno de los pueblos originarios de Europa".

Lo que resulta confuso, porque el censo también indica que un hispano o latino es "una persona cubana, mexicana, puertoriqueña, de América Central o del Sur o de cualquier otra cultura u origen español, al margen de la raza".

Un mapa de racismo

El racismo está presente en la atroz combinación de la distribución urbanística, la pobreza y el crimen. Los barrios poblados por gente con rentas más bajas son notablemente más sucios, muchísimo menos verdes, llenos de ruido y contaminación (un tema que no tiene nada de broma en LA). El crimen, especialmente el violento, es mucho más común. Casi todas fueron zonas de bandas y pandillas. Hay tiroteos a diario. La pobreza condena a la gente a ser una víctima más probable del crimen violento.

Esta presente en la fuerza de trabajo: todos los trabajos duros los llevan a cabo no blancos. Casi todo el empleo de cara al público también, excepto en los locales y barrios de moda. Y en los que no tienen nada, porque la población de sintecho de Los Ángeles es gigantesca y no deja de crecer y, aunque los hay de todas las razas, hay muchos más latinos y sobre todo negros que blancos entre ellos.

Es bien notorio al conversar con una lesbiana blanca que protege de forma culpable a su mejor amigo negro, convirtiendo cualquier ofensa racial en una ofensa hacia ella. Una persona que bromea con lo escandaloso de alguien que se pinta como un negro (el ofensivo estereotipo histórico del blackface) pero luego instruye a los demás a no comentárselo a su colega. Y cuando habla de dos pasajeros a los que llevó, se refiere a su raza de manera velada: "Uno que se parecía más a mí y otro que se parecía más a Adam (nombre ficticio)". Alguien que da discursos a gente que apenas conoce sobre la forma correcta de referirse a los afroamericanos ("people of color", gente de color, no confundir con "colored people").

También asombra al deslizarse en los comentarios que hacen un respetable y pacífico hombre de negocios y una entrañable anciana sobre lo "sucios" que son los latinos, lo "trabajadores" que son los asiáticos y lo mucho que les gusta a los afroamericanos la sandía. El primero incluso sintió que era su obligación advertirnos de que uno de sus clientes era negro. Ambos lamentan que su barrio de toda la vida cambiara y "se llenara de negros".

Donde viven los blancos... y el resto

Cada grupo demográfico en LA tiene su pequeño gueto, así que podemos hablar de una ciudad segregada: Little Tokyo, Filipinotown, Little Ethiopia, Chinatown... Hay gente en esos barrios que lleva décadas en EEUU y no habla bien inglés. Casi toda la gente con la que conversan al día habla otro idioma.

La horrenda trinidad de malos barrios-pobreza-crimen se ceba especialmente con los latinos y los negros. Inglewood y Compton son barrios tradicionalmente afroamericanos y dos zonas problemáticas. Los latinos están por toda la ciudad pero casi únicos pobladores de East LA, de los sitios que más inseguros nos han hecho sentir a mi marido y a mí, una jungla hostil de coches sin apenas aceras, sin un solo árbol en decenas de manzanas, de cuando en cuando cruzándonos gente tatuada de la cabeza a los pies, sin camiseta y con mirada agresiva, en una zona históricamente de bandas. Tanto afroamericanos como hispanos pueblan South Los Angeles, el área más conflictiva de la ciudad.

Los blancos se aglomeran en los barrios de las colinas, en Westwood, West Hollywood, Los Feliz, Culver City y las ciudades cercanas de Glendale, Burbank, Pasadena, Santa Monica y las zonas costeras (excepto la menos pacífica Long Beach), lugares llenos de verde, residenciales, para familias o jóvenes creativos de las industrias dominantes de la ciudad. También en ellos tienen lugar tiroteos, pero muchos menos.

En Los Ángeles, no puedes escapar al racismo, está por todas partes. En el momento en que te instalas, hay altas probabilidades de que ya seas parte de él.O puedes escapar a los barrios hipster en proceso de gentrificación: Silverlake, Echo Park, Eagle Rock, Elysian Park, el Downtown... Allí hay de todo, pero no todas sus calles son transitables tras ponerse el sol. Y nunca hay que olvidar que aquí cualquiera, incluso un enfermo mental, puede llevar un arma.

En Echo Park nos encontramos en nuestra primera semana a un potencial arrendador, un blanco enorme con poca higiene personal que, al presentarnos las casas que alquilaba, se vio en la tentación irreprimible de hacernos saber que aquel no era sólo un barrio de hipsters: "Aquí también tenemos un brasileño, un ecuatoriano... gitanos, vamos".

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