POLÍTICA
24/10/2018 17:13 CEST | Actualizado 24/10/2018 18:33 CEST

Carmen Alborch: política pionera, luchadora feminista y alma de izquierdas

La historia de la niña a la que le cambió la vida Simone de Beauvoir entre naranjos.

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Hace apenas unos días Carmen Alborch subía al estrado en el Palau de la Generalitat. 9 de octubre, Día de la Comunidad Valenciana, y recogía de manos de Pedro Sánchez y Ximo Puig el premio de la Alta Distinción de su tierra natal. Pura emoción... y su eterna sonrisa. Y se sostenía en un bastón 'pop' de colores, al más propio estilo de rebelde alegre que practicó durante toda su vida.

Hoy Carmen ha dicho este miércoles adiós al mundo a los setenta años. Y deja un legado que comenzó desde niña: la lucha por el feminismo, por la igualdad, contra las injusticias y la pobreza. Y siempre a la izquierda. La mayor de cuatro hermanos, siempre ha abierto camino siendo la primera en muchas cosas: primera decana de la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia, primera ministra de Cultura de España y primera valenciana en formar parte del Consejo de Ministros. Siempre luchando contra ese techo de cristal. Poniendo significado a la palabra primera.

E impregnando con su estilo la vida del Estado. Sí, porque Alborch arrancó en el activismo desde su juventud pero luego pasó por todas las instituciones, desde la Generalitat Valenciana -siempre recordará la llamada de Cipriá Ciscar para ser directora general de Cultura- hasta el Gobierno de la mano de Felipe González en 1993 hasta el Congreso y el Senado. Su voz siempre fue escuchada y respetada por los suyos y los rivales políticos.

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Una mujer mediterránea

Nunca se callaba ante las injusticias y siempre preguntaba. Ya desde niña en el colegio. Con ese alma mediterránea, de brisa indomable (en Madrid siempre decía que le agobiaba no ver el mar). Aquella nieta de comerciantes valencianos de Castello de Rugat, que recordaba de su infancia la fábrica de zapatos y los naranjos de su familia.

Sus padres eran los más jóvenes y modernos de su familia. Su madre le confesaba que le hubiera gustado estudiar, pero no pudo hacerlo por ser mujer y de pueblo. La familia se mudaría luego a la ciudad y la niña Carmen se educó en Las Esclavas del Sagrado Corazón. Algo que la marcaría para "lo bueno y para lo malo", como confesaría décadas más tarde: "Se nos inculcó mucho el sentido de la culpa y el pecado, de la represión sexual". Lo positivo: el valor del estudio y la disciplina.

Y una cosa que siempre le obsesionaba desde niña: el sentido de la Justicia. Eso haría que finalmente se decantara por estudiar Derecho. Apenas había veinte alumnas en una promoción de más de 200 estudiantes. Y ella siempre rebelde y protestona.

Su Valencia, sus raíces. Ella se encontraba a sí misma paseando por las mañanas de domingo por el cauce del Turia y en la playa. Madrid siempre lo asociaba más al trabajo, pero siempre encontraba un hueco para su queridos grupos de tertulias y sus largas conversaciones con sus amigos. Otra de las palabras que siempre la acompañará: amiga.

Luchas que siempre iban acompañadas por su amor por la cultura. Y esos libros que inundaban su cuarto. En especial le marcaría El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Lectora empedernida y con una sensibilidad especial para el arte. Esto lo demostraría durante sus años al frente del IVAM, con su obsesión por colocar a Valencia entre las grandes capitales del arte contemporáneo y creando un gran equipo en el que estaría Vicente Todolí.

Al ritmo siempre de sus músicos favoritos, de Mozart y Bach a Raimon y Serrat. Con predilección además por los Beatles, y siempre viendo su vida al son del Volando voy de Camarón.

Un espíritu libre e independiente. De hecho no se afiliaría al PSOE hasta el año 2000, después de haber sido ministra de Felipe González y de la victorias del Partido Popular. Una vida política y personal que a ratos se asemejaba a las películas de sus directores favoritos, Pedro Almodóvar, Isabel Coixet e Icíar Bollaín. Y vanguardista hasta el final: estaba enganchada a las series El cuento de la criada y The good wife.

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"¿Y por qué no?"

Alborch ha reído mucho y ha sufrido también lo suyo durante su vida. Muy duros fueron los momentos -hablando en votos- en los que perdió a pesar de las fuertes expectativas ante Rita Barberá la Alcaldía de Valencia en 2007. Su rival le tiró hasta literalmente petardos durante las Fallas. Otro de los momentos más duros, siempre ha recordado, fue cuando mataron a Francisco Tomás y Valiente. Tenía que ir a un acto en la SGAE junto a Felipe González, que no pudo asistir porque estaba destrozado. Aquella mañana ella explotó a llorar ante los asistentes.

Una vida política marcada por el veterano dirigente Ciprià Císcar, que llamó en los ochenta para ser directora general de Cultura de la Comunidad Valenciana. Se conocían desde la facultad, iba a un curso superior. Ella tenía la intención de estudiar un curso de propiedad intelectual en Nueva York, pero él la convenció y su vida cambió para siempre. Hace unos días él la aplaudía en el Palau.

"¿Y por qué no?", siempre se decía ella misma cuando le planteaban un reto. En unos tiempos además en el que estaba mal visto que una mujer quisiera ser ambiciosa políticamente. Hoy las niñas ya dicen que quieren ser presidentas del Gobierno. Y Carmen las apoyará desde donde esté.