INTERNACIONAL
28/10/2018 10:17 CET | Actualizado 29/10/2018 10:39 CET

Brasil está a punto de elegir presidente a un líder de extrema derecha

Guía para entender las elecciones de Brasil y su importancia global.

El líder de extrema derecha Jair Bolsonaro probablemente sea elegido presidente de Brasil.

Brasil, la cuarta mayor democracia del mundo, podría convertirse este domingo en el siguiente país en unirse a la creciente fraternidad de naciones que abrazan el fascismo, ya que los votantes parecen decididos a escoger a un líder de extrema derecha como presidente de su país.

Jair Bolsonaro, un diputado que ha elogiado abiertamente la antigua dictadura de Brasil y cuenta con todos los rasgos distintivos de una dictadura autoritaria, ha caído ligeramente en las encuestas la semana previa a las elecciones. Aun así, la ventaja con la que sigue contando parece indicar que se impondrá al exalcalde progresista de San Paulo, Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores.

Bolsonaro, que irrumpió con fuerza en la campaña presidencial en septiembre, tiene un amplio historial de discursos violentos contra sus adversarios políticos y contra los sectores de la población más vulnerables. Ahora está a punto de traer a Sudamérica los movimientos de extrema derecha que ya han triunfado en Estados Unidos y Europa (con Viktor Orbán, de Hungría, con el auge de los partidos antinmigrantes y xenófobos en Alemania y otros países o con el presidente Donald Trump en Estados Unidos). Además, la victoria del candidato apodado "el Trump brasileño" podría ocasionar consecuencias de gran calado en Latinoamérica y en el resto del mundo.

El auge de Bolsonaro tiene muchas similitudes con el de otros partidos y políticos de extrema derecha, pero teniendo en cuenta lo joven que es la actual república de Brasil, que se reestableció hace solo 30 años, supone una amenaza aún más inmediata para la democracia que cualquiera de sus homólogos internacionales. Una victoria de Bolsonaro podría dar pronto la lección mundial más clara sobre cómo un cóctel hecho con fracasos de la élite, violencia social y racial y una tolerancia al autoritarismo subyacente en la sociedad puede provocar el colapso democrático moderno.

A continuación puedes leer una guía con todo lo que tienes que saber sobre el hombre que, salvo sorpresa de última hora, se convertirá en el presidente de Brasil.

¿Quién es este hombre?

Bolsonaro, un excapitán, dejó el Ejército poco después de que terminara la dictadura militar de Brasil en 1985 y consiguió un escaño en la Cámara de Diputados brasileña, la cámara baja del Congreso. Ha servido durante siete legislaturas, en las que ha demostrado ser altamente incompetente en su puesto en un partido pequeño sin apenas influencia en la política del país. Se le conoce más por su retórica impetuosa, incendiaria y violenta que por sus logros como legislador.

¿Qué clase de retórica violenta?

Bolsonaro llegó a decirle a una diputada que era demasiado fea como para que la violaran. También dijo que prefería un hijo muerto que un hijo gay y que se pelearía con dos hombres en la calle si les viera besándose. Afirmó que los brasileños de origen africano no son adecuados para la procreación, llamó escoria a los inmigrantes y prometió incautarse de territorios indígenas y afrobrasileños protegidos para convertirlos en terreno para la agricultura y la minería. También ha sido acusado por el sistema judicial brasileño por incitación del odio debido a sus declaraciones racistas, machistas y homófobas.

Bolsonaro también ha promovido la violencia contra sus adversarios políticos. En 1999 declaró que el entonces presidente Fernando Henrique Cardoso debería recibir un disparo. Este mismo año propuso disparar contra los miembros y simpatizantes del Partido de los Trabajadores.

RODOLFO BUHRER
Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores.

¿Está de verdad a favor de una dictadura?

Creer lo contrario supone un gran acto de fe en el dicho de los mayores defensores de Trump: hay que tomarse sus palabras en serio, pero no de forma literal. En 1993, cuando Brasil trataba de cimentar su nueva democracia, aseguró que estaba "a favor de la dictadura". Resulta difícil de creer que haya suavizado su postura, ya que en 2015 calificó la dictadura como "un periodo glorioso" y en 2016 utilizó su voto para destituir a la presidenta progresista Dilma Rousseff, antigua guerrillera contra la dictadura, a favor del coronel que supervisaba el programa de torturas al que fue sometida durante su encarcelamiento. Bolsonaro, que negó que ese régimen militar fuera dictatorial, ha mostrado su apoyo en reiteradas ocasiones a otros líderes latinoamericanos autoritarios. Elogió al ya difunto general Augusto Pinochet, cuyo régimen fue acusado de asesinar a al menos 3000 personas y de torturar a otras 40.000, diciendo que el único error que cometió Pinochet fue no matar a suficientes personas. En los 90, Bolsonaro dijo que Brasil debería seguir el camino creado por el expresidente peruano Alberto Fujimori, que cerró el Congreso, reescribió fragmentos de la Constitución, encarceló y torturó a sus adversarios políticos.

El general retirado Antônio Hamilton Mourão, compañero de Bolsonaro, no ha querido descartar el posible regreso del régimen militar y ya ha hablado abiertamente en el pasado sobre realizar un golpe militar. Eduardo, hijo de Bolsonaro y miembro de la Cámara de Diputados, ha mencionado la posibilidad de usar el Ejército para cerrar el Tribunal Supremo.

El fin de semana previo a las elecciones, Bolsonaro prometió "una limpieza sin precedentes en Brasil" y que los "ladrones rojos" serían "proscritos del país".

"Podrán irse del país o ir a la cárcel", declaraba en un vídeo emitido en un mitin en San Paulo.

"No es que sea parecido a un dictador. Es un dictador", asevera Monica de Bolle, directora de Estudios Latinoamericanos en la Universidad John Hopkins. "Está claro que no tiene ningún respeto por las instituciones democráticas. Está claro que dice en serio lo que dice".

¿Cómo han llegado a este punto? ¿Cómo se explica su popularidad?

La respuesta corta es muy sencilla: es la reacción contra un sistema inepto y corrupto que ha profundizado las diversas crisis indisolubles que sufre el país. Una recesión económica histórica que dejó sin empleo a millones de personas, un fuerte repunte de la tasa de criminalidad que ha terminado con 60.000 homicidios en cada uno de los dos últimos años y un escándalo de corrupción política (conocida como Operación Autolavado) que implicó a cientos de políticos han ocasionado que los ciudadanos brasileños hayan perdido la fe en el sistema político brasileño. Bolsonaro ha sabido pescar en río revuelto.

Bolsonaro y sus partidarios culparon sobre todo al Partido de los Trabajadores, que estaba al frente del gobierno durante el boom de la economía brasileña con el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, pero también durante la gran crisis con su sucesora, la expresidenta Dilma Rousseff, que dirigió el país de 2011 a 2016. Rousseff fue cesada con motivo de las acusaciones de haber manipulado ilegalmente las cuentas públicas para disimular el déficit presupuestario del país, pese a que los verdaderos motivos de sus adversarios no eran tan puros.

El Partido de los Trabajadores también se ha pasado los últimos cuatro años sumido en el centro de los escándalos de corrupción. Lula da Silva, por ejemplo, fue condenado en 2017 por blanqueo de dinero y encarcelado en 2018.

Parte del descontento contra el Partido de los Trabajadores está justificado: Rousseff no logró gestionar la economía durante una recesión que se convirtió en una crisis en toda regla, además de que los escándalos de corrupción asociados al Partido de los Trabajadores se produjeron después de haber prometido insistentemente que serían el partido que higienizaría la política de Brasil. Este partido tampoco hizo mucho por abordar los crecientes problemas de Brasil con la delincuencia. Sus carencias han erosionado la fe que tenían muchos brasileños en la capacidad de gobierno de este partido.

Pero también es cierto que Bolsonaro ha sacado partido de la situación y que ha ayudado a fomentar este rechazo hacia el Partido de los Trabajadores. Ha hecho gala de una oposición racista, homófoba y machista contra los esfuerzos que hizo la izquierda de atajar la pobreza mediante programas de bienestar social, contra la discriminación positiva a favor de las mujeres y los brasileños de raza negra y contra la lucha para proteger y promover los derechos del colectivo LGTBQ y la igualdad de género. Bolsonaro ha prometido "recuperar" Brasil de las manos de la izquierda y deshacerse de la "cultura de los ordenadores" que ha "mimado" a los grupos marginales de la sociedad. Es un nacionalismo de la misma clase que ha ganado apoyo en todo el mundo, y el de Bolsonaro es profundamente identitario: en su página web, destaca que su Brasil "es un país orgulloso de sus colores" y que no quiere importar ideologías que destruyan su identidad. Bolsonaro califica al Partido de los Trabajadores y a Haddad como herramientas del comunismo cuyo objetivo es convertir Brasil en Venezuela. Tanto él como sus seguidores han utilizado redes sociales como Whatsapp para sortear los medios tradicionales y difundir una serie de acusaciones sin fundamento contra el partido y sus votantes. Por ejemplo, que apoyan la pedofilia homosexual.

¿Es todo culpa del Partido de los Trabajadores?

No exactamente. El Partido de los Trabajadores cuenta con una base de apoyo menor que la que solía tener, pero aun así ganó más escaños que ningún otro partido durante la primera vuelta de las elecciones. El Partido de los Trabajadores sigue siendo el partido más popular de Brasil y Lula da Silva quizás ganaría si no hubiera sido apartado de la carrera presidencial debido a su encarcelamiento por corrupción.

Los partidos de centro derecha de Brasil, en contraste, apenas tuvieron relevancia en las elecciones, ya que parecen haber perdido por completo la confianza de los brasileños para gobernar o mantenerse alejados de la corrupción. El Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y el Movimiento Democrático Brasileño (MDB) merecen gran parte de la culpa por haber sembrado el descontento y la desesperación que plagan la política brasileña. La moción de censura contra Rousseff fue tanto un esfuerzo para limitar la investigación por la Operación Autolavado (que la entonces presidenta se negaba a cerrar) y para tratar de alcanzar el poder que no habían sido capaces de ganar en las urnas, como para exigir responsabilidades por los problemas económicos. Pero, como miembros del gobierno en coalición de Rousseff, tienen como mínimo una parte de la culpa de esos problemas económicos.

Michel Temer, que se hizo cargo de la presidencia tras la moción de censura a Rousseff, se vio envuelto casi inmediatamente después en el escándalo de corrupción y podría enfrentarse próximamente a cargos por cohecho. Temer también fracasó a la hora de resucitar la economía, pese a que puso en marcha reformas impopulares y estableció techos de gasto para programas sociales, sanitarios y educativos. Su "solución" para atajar el aumento de la delincuencia fue poner Río de Janeiro bajo la vigilancia del poder militar, un movimiento cínico que solo empeoró la situación de Río y no mejoró en nada la situación en el resto de las ciudades del país. Mientras tanto, importantes figuras del PSDB también resultaron estar implicadas en la Operación Autolavado. Esta combinación de indecencia, su asociación con el gobierno de Temer y su decisión de someterse al establishment de Brasil hizo que los brasileños empezaran a buscar otras soluciones. Se había creado un hueco en la derecha y Bolsonaro lo rellenó.

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Manifestación feminista y del colectivo LGTBQ contra Bolsonaro. En el panfleto puede leerse 'Él no'.

¿Quién apoya a Bolsonaro?

Bolsonaro ha conseguido apoyos de todo el espectro social y económico conforme personas hartas de la violencia y la corrupción han visto en él al tipo de salvador que necesita Brasil. Goza del apoyo de una mayoría de brasileños mestizos, pese a que no para de hacer declaraciones racistas. Bolsonaro también cuenta con un creciente apoyo del movimiento evangélico conservador, así como de los brasileños más adinerados que apoyaban a los partidos de centro derecha, especialmente la élite financiera y empresarial.

El movimiento evangélico coincide con la intransigencia de Bolsonaro frente al colectivo LGTBQ y, como él, se opone a los florecientes movimientos feministas que luchan por la igualdad de la mujer, por el acceso a los métodos anticonceptivos y a un aborto limitado pero legal. Los líderes evangélicos más directos también han apoyado la perspectiva de Bolsonaro de militarizar la seguridad pública.

Las élites financieras han acudido a él porque comparten su oposición al Partido de los Trabajadores y sus políticas económicas. Es, sin embargo, un movimiento inexplicable, dado que Bolsonaro ha apoyado en el pasado una economía estatista y militar, aunque ha renunciado a muchas de sus ideas al contratar a un economista graduado en la Universidad de Chicago que prometió llevar a la práctica políticas favorables al mercado. También se ha convertido en el candidato favorito de los movimientos juveniles de ideología libertaria, algunos de ellos vinculados a organizaciones conservadoras de Estados Unidos y que también defienden furiosamente el conservadurismo social.

En los días previos a la primera vuelta de las elecciones, el 7 de octubre, Bolsonaro fue avalado por el grupo legislativo conservador Biblia, Buey, Bala, que cuenta entre sus miembros con evangélicos, intransigentes en materia de seguridad pública y miembros de la élite de las agroindustrias. Una coalición de estos grupos y las élites llevaron a Bolsonaro a situarse cerca de la victoria en la primera vuelta, en la que Bolsonaro dominó las regiones más ricas del sudeste. Su apoyo aumenta conforme se avanza en la escala de ingresos.

Vale, probablemente va a ganar. ¿Qué hará cuando gobierne?

Bolsonaro ya ha dado marcha atrás en algunas de las políticas favorables al mercado que le hizo conquistar a las élites financieras, de modo que su plan de ruta para la economía enferma de Brasil es tan impredecible como siempre. Lo que sí es predecible es que Bolsonaro intentará desbaratar los avances logrados con las comunidades más marginalizadas, incluidas las mencionadas políticas de discriminación positiva.

"El objetivo de Bolsonaro es derribar todas y cada una de las victorias que han logrado los movimientos sociales desde la restauración de la democracia y cada uno de los derechos laborales que han alcanzado los obreros durante los últimos 80 años. Existe la amenaza real de que un protofascista tome el poder de Brasil", comentó recientemente James Green, director del programa Brazil Initiative (Iniciativa por Brasil) de la Universidad Brown (Estados Unidos).

Bolsonaro también ha defendido políticas intransigentes sobre seguridad pública que no harán más que provocar más violencia. La Policía de Brasil ya se encuentra entre los cuerpos policiales más letales del mundo, con más de 4200 muertos el año pasado en su haber, una cifra que no deja de crecer. Con todo esto, el enfoque que quiere adoptar Bolsonaro es militarizar aún más las fuerzas del orden público y darles aún más flexibilidad o "carta blanca", en sus palabras, a la hora de disparar y matar a presuntos delincuentes. Ha propuesto desplegar a los cuerpos militares por las favelas (los barrios de las comunidades más pobres, mayoritariamente de personas de raza negra y a menudo sometidos a bandas de narcotráfico) y permitir que puedan abrir fuego. También ha propuesto relajar las leyes de portación de armas.

Otro efecto obvio de la probable llegada de Bolsonaro a la presidencia se dejará notar en la lucha contra el calentamiento global, dado que Brasil es el país con más superficie de selva tropical en todo el mundo. Bolsonaro ha propuesto cerrar las agencias medioambientales brasileñas, suprimir las multas por explotación forestal ilegal, sacar a Brasil del Acuerdo de París contra el cambio climático y desproteger aún más la Amazonia. La Amazonia, una de las mayores defensas que tiene el planeta contra el calentamiento global, ya se encuentra en un "punto límite", según los científicos, y aunque probablemente no logre sacar a su país del Acuerdo de París, las políticas de Bolsonaro siguen siendo una amenaza contra el progreso de Brasil a la hora de reducir sus emisiones y su tasa de deforestación, y contra los esfuerzos del resto del mundo por limitar los peores efectos del cambio climático.

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Vista aérea de la deforestación de la Amazonia brasileña. Septiembre de 2017.

¿De verdad es más peligroso que el resto de líderes de extrema derecha del mundo?

Podría ocasionar efectos inmediatos más desastrosos. Brasil nunca ha llegado a lidiar con los horrores de su última dictadura, y aunque las encuestas demuestran que sus ciudadanos aún prefieren ampliamente la democracia, también es cierto que existen mayores niveles de apoyo al autoritarismo que en la mayoría de los demás países latinoamericanos. En Brasil, un país en el que la política de "el delincuente bueno es el delincuente muerto" cuenta con el apoyo de casi el 60% de la población y en el que a casi la mitad de los ciudadanos les parecen bien las torturas de la Policía, existe un alto grado de tolerancia hacia la clase de violencia estatal que ha prometido Bolsonaro. Grandes sectores de los votantes brasileños no consideran que su postura en materia social o de vigilancia sea extrema.

"El riesgo de caer en el autoritarismo político en Brasil es mayor, ya que hay una cierta simpatía por las soluciones autoritarias hibernando en la sociedad. Puede despertar cuando llega un candidato como Bolsonaro que dice: 'Ahora tenéis un medio para llevar a cabo estas soluciones, y soy yo'", explica Claudio Couto, especialista en ciencias políticas de la Fundación Getulio Vargas, un grupo de reflexión de Río de Janeiro.

Bolsonaro ha sido apodado "el Trump brasileño", pero su postura ante los delitos violentos, la lucha de Brasil contra el narcotráfico y el poder que tendrá Bolsonaro hacen pensar en otra comparación más ajustada a la realidad: Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas, cuya guerra contra el narcotráfico ha ocasionado al menos 20.000 muertes extrajudiciales. La guerra ampliada contra el narcotráfico y la mayor impunidad policial harán que las peores consecuencias se ceben con la población negra, que ya está sufriendo algo que en poco se diferencia del genocidio: cada año, los brasileños negros suponen tres cuartas partes del total de las víctimas por homicidio y casi el 80% de las personas muertas a manos de la Policía de Brasil.

Las tasas de feminicidio y de violencia contra el colectivo LGBTQ en Brasil ya son mayores que en la mayoría de los países democráticos y han aumentado en los últimos dos años. El hecho de que Bolsonaro se oponga a proteger a estas comunidades implica que les espera aún más peligro.

¿Está en peligro la democracia de Brasil?

Sí. La democracia de Brasil es joven y una figura como Bolsonaro va a poner a prueba la capacidad que tienen sus instituciones de capear este temporal antidemocrático. Posiblemente lo consigan, ya que las democracias que sobreviven a su primera generación no colapsan con facilidad, pero aun así hay motivos por los que preocuparse, sobre todo si las instituciones de la élite que antaño apoyaron la dictadura en el país, incluidos el mercado y los medios de comunicación, se postran ante otro líder autoritario.

El pequeño partido derechista de Bolsonaro obtuvo 50 escaños en el Congreso en la primera vuelta, de modo que sus partidarios contarán con una porción importante de su gobierno en coalición. Sus aliados también obtuvieron importantes victorias en niveles inferiores y Bolsonaro está en muy buena posición para ganar 14 de los 27 estados de Brasil.

Entre los observadores crece el temor a que los militares puedan volver al poder, sobre todo ahora que un oficial y un general retirados prometen rellenar su gabinete con más oficiales militares.

Existen similitudes con los precedentes de Brasil. El fracaso de las élites a la hora de asentar un sistema democrático equitativo y su incapacidad para abordar las crisis derivadas de un sistema así ha vuelto a dar vía libre para que llegue al poder un líder autoritario aprovechando el descontento social y racial. Y, al igual que en el pasado, muchas de las élites han estado demasiado dispuestas a ignorar sus preocupaciones iniciales y casarse con el líder autoritario de turno.

No obstante, los golpes de Estado militares como el que acabó con la anterior república de Brasil en 1964 son poco frecuentes en la actualidad. Brasil está siguiendo el manual de deterioro democrático habitual del siglo XXI, por el cual los fallos del sistema permiten que los líderes autoritarios alcancen el poder en las urnas en vez de con las armas, para luego erosionar poco a poco las leyes e instituciones hasta que no quedan más que las ruinas de una democracia. Las democracias de la actualidad se derriban utilizando las propias herramientas de la democracia. Puede que Brasil no sea la excepción.

"Es más probable que la democracia brasileña muera a manos de un líder electo", asegura Steven Levitsky, doctor de Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard y autor de la obra Cómo mueren las democracias.

Una situación así tendría consecuencias globales. Pese a todos sus problemas, Brasil es un país increíblemente influyente, es la novena economía mundial, el quinto país más poblado del mundo y la mayor democracia de Latinoamérica. Es la mayor superpotencia no nuclear y desempeña un papel trascendental, a menudo ignorado, en los asuntos globales. El auge de los líderes autoritarios de extrema derecha en Europa ha encendido las alarmas en todo el mundo, pero la magnitud y la importancia de Brasil hacen que Bolsonaro suponga una amenaza para la democracia mundial.

Steven Levitsky sentencia: "Tiendo a rechazar la idea de que hemos entrado en una etapa de recesión democrática global, pero si [Brasil] sufre esta erosión democrática, cambiaría mucho mi parecer".

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.