NOTICIAS
04/01/2019 07:14 CET | Actualizado 04/01/2019 07:14 CET

Fui a terapia para mi trastorno dismórfico corporal. En esto consiste

Katarzyna Bialasiewicz via Getty Images

El pasado verano, no pude utilizar el baño sin pedir permiso. Salvo por media hora cada noche, mi teléfono estaba confiscado. Cuando lo utilizaba, los orientadores me vigilaban de cerca para asegurarse de que no usaba Snapchat ni la cámara frontal ni me hacía zoom en la cara.

Estuve en el Instituto de TOC del Hospital McLean de Massachusetts. Había sufrido trastorno dismórfico corporal (TDC) durante tres años y trastorno obsesivo compulsivo (TOC) durante 15. Me obsesionaba una marca que tenía en la cara a causa de una inyección de cortisona para tratarme un quiste de grasa. No podía pasar más de 15 minutos sin revisar mi reflejo o sin caer en la ritualización, en términos de TDC y TOC.

Ya sabía qué eran los rituales. En séptimo, al comenzar el instituto, desarrollé pensamientos obsesivos de hacer daño (tenía miedo de apuñalar a mi madre) y sexuales (tenía miedo de acosar sexualmente a mis compañeros de clase). No sospechaba que el TOC tenía algo que ver con esos pensamientos. Me aterrorizaba la idea de que me mandaran a prisión, de que me "descubrieran" y me encarcelaran. Empecé a arrodillarme ante Dios varias veces al día para rogarle que hiciera desaparecer esos pensamientos. Dejé de rezar de rodillas y pasé simplemente a arrodillarme. Después, pasé de arrodillarme a agacharme rápidamente para hacer un breve contacto con el suelo. Lo hacía tan a menudo que ahora tengo que ponerme rodillera cuando hago ejercicio.

Los pensamientos obsesivos de hacer daño desaparecieron y llegaron otros. Tenía 17 años y empecé a notar formas claras y manchas oscuras en mi visión. Supe al instante que eran cuerpos flotantes, pero se me pasó por la mente que me iba a quedar ciega y que nunca volvería a leer. Empecé a pasarme todo el tiempo en casa. Leía en la penumbra de mi ropero y solo me aventuraba a salir al anochecer.

Empecé a arrodillarme ante Dios varias veces al día para rogarle que hiciera desaparecer esos pensamientos. Lo hacía tan a menudo que ahora tengo que llevar rodilleras cuando hago ejercicio.

Al final, empecé a ir a terapia de exposición. En terapia de exposición, a los pacientes con TOC se les expone a los estímulos que temen (sus desencadenantes) durante un tiempo. Una vez que el paciente comprende que no va a morir por montar en un avión, por sujetar un cuchillo o por recibir una inyección, puede volver a hacerlo por su cuenta. Al final, la ansiedad asociada al estímulo desaparece.

Yo tenía miedo de las luces fuertes, ya que empeoraban los cuerpos flotantes. Por lo tanto, tuve que salir al exterior y leerle Los juegos del hambre a mi nueva terapeuta, que me había confiscado las gafas de sol. Ocho años después, ya puedo andar, leer y conducir bajo la luz directa del sol. Así pues, tenía muchas esperanzas puestas en la terapia de exposición.

A principios de 2018, estaba en un máster de bellas artes sobre escritura creativa y llevaba 8 años bajo un inhibidor de recaptación de serotonina o similar. También había pasado prácticamente cada instante de mi vida pensando en mi aspecto. Simplemente no podía dejar de obsesionarme.

Incluso cuando hablaba, leía o cocinaba, una sensación incómoda acechaba en mi mente. A veces tardaba un tiempo en recordar por qué estaba preocupada. Ah, sí, la marca de la cara. Sin embargo, la sensación estaba siempre ahí. La ansiedad jamás se disipaba.

Me pasaba varias horas al día frente a distintas superficies reflectantes. Les mandaba a mis amigos fotografías de mi cara y les pedía opinión. Comparaba mis fotos de antes de tener esa marca con las de después. Me acercaba a desconocidos y les pedía que me examinaran la mejilla. ¿No lo ves? ¿No lo ves? Si no lo veían, me sentía enfadada y traicionada; estaba segura de que me mentían. Si asentían y decían que sí que la veían, me ponía de mal humor y podía pasar días así.

Ese verano iba a trabajar de monitora asistente en mi antiguo campamento de verano, pero me di cuenta de que no sería capaz de hacerlo. No era capaz de pasar un día más fingiendo que mi vida era normal. Primero necesitaba recuperarme de mi TDC.

La quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales clasifica el TDC como un tipo de trastorno dentro del espectro del TOC. Según la International OCD Foundation, son necesarios varios factores para ser diagnosticado de TDC: excesiva preocupación por el aspecto, conductas repetitivas (como revisar el aspecto y camuflarse, por ejemplo, con maquillaje), significancia clínica (niveles de estrés negativo) y diferenciación con respecto a los trastornos alimentarios.

Aunque el TDC tiene mucho en común con el pensamiento que hay tras los trastornos alimentarios, no deben confundirse. La doctora Katherine Phillips, a quien consideran una especie de diosa en el ámbito del TDC, escribió en su libro El espejo roto lo importante que es "diferenciar el TDC de los trastornos alimentarios y diagnosticarlos de forma independiente".

Las preocupaciones debidas al TDC pueden girar en torno al peso y la talla, pero normalmente tienen que ver con otros aspectos del cuerpo. Phillips escribe: "Si las preocupaciones de una persona se centran en las caderas, la tripa o los muslos, pero no en el peso general del cuerpo, y la persona no muestra una conducta alimentaria notablemente anormal ni cumple otros requisitos característicos de un trastorno alimentario, yo diagnostico TDC".

Las preocupaciones debidas al TDC pueden girar en torno al peso y la talla, pero normalmente tienen que ver con otros aspectos del cuerpo.

Yo sabía por lo que había investigado que el TDC es un trastorno obstinado y resistente al tratamiento. Hasta donde saben los psicólogos, tampoco ayuda la cirugía plástica. Según Phillips, "algunos tratamientos ineficaces son la cirugía, el tratamiento dermatológico y otros tratamientos no psiquiátricos". Sus estudios sugieren que entre el 6%y el 20% de la gente que visita las clínicas estéticas tiene TDC. Una operación puede aliviar temporalmente su ansiedad, pero suele volver adoptando otra forma. Una mujer que esté obsesionada con su nariz grande, por ejemplo, puede hacerse un retoque y luego redirigir su obsesión a su pelo cada vez menos espeso.

Por un lado, comprendía esto. Por otro lado, seguía queriendo un relleno dérmico.

Investigué qué opciones tenía. Estaban las clínicas Juvederm, Voluma y Restylane. Esta última me la había recomendado una mujer en un foro sobre el acné. Visité la clínica de cirugía plástica local para una consulta, pero entré en pánico cuando me ofrecieron la opción de ponerme una inyección.

Al mismo tiempo, solicité ser incluida en varios programas de TOC que hay a lo largo y ancho del país. Dos de ellos también trataban el TDC. En marzo, el Instituto de TOC del Hospital McLean de Massachusetts me envió una carta de aceptación. Terminé el curso y fui a Orchard House, una casa blanca de estilo victoriano de tres pisos separada del campus principal del hospital por una carretera estrecha. Me sometí a cuatro horas diarias de terapia de exposición. Me mandaban sujetar el móvil en un ángulo que exagerara mi marca de la cara. Tras examinarla durante 30 segundos, debía atender a cualquier otra cosa, como leer, escribir o cocinar.

Las primeras semanas que hice esto no le encontraba el sentido. Ya estaba acostumbrada a verme la cara desde malos ángulos. Llevaba años haciéndolo. ¿Qué diferencia iba a suponer esto? Cuando dejaba el teléfono después de examinar la marca, lo único en lo que podía pensar era en la imagen que acababa de ver. Sentía que me quemaba en la mente.

Mis terapeutas me habían dicho una y otra vez que no estaba en el hospital para cambiar mis pensamientos. Solo es posible cambiar las acciones

"Me pregunto si es posible desarrollar un trastorno por estrés postraumático por los pensamientos obsesivos", comentó un amigo del Instituto de TOC. Él luchaba contra pensamientos obsesivos de violar y asesinar mujeres. Era la hora de comer. Estábamos comiendo arroz blanco apelmazado en una mesa en la que cabíamos ocho. Recordé los pensamientos obsesivos que había tenido en séptimo sobre hacer daño a la gente, los cuerpos flotantes oscuros en el cielo azul y mi reflejo en una ventana de un coche.

Mis terapeutas me habían dicho una y otra vez que no estaba en el hospital para cambiar mis pensamientos. Solo es posible cambiar las acciones, nos decían. Pero al final, si reduces los rituales, también es posible que cambien los pensamientos. Trazábamos el triángulo cognitivo conductual en una pizarra todas las semanas. Los vértices del triángulo son los pensamientos, las conductas y los sentimientos. De esos tres vértices, solamente somos responsables de uno.

Lo único que podía controlar era la cantidad de veces que me miraba al espejo, y ahí me lo estaban poniendo muy complicado.

Hablé con mi terapeuta sobre la posibilidad de hacerme un relleno dérmico, pero ella me recordó que los pacientes con TDC que se someten a una cirugía plástica o cambian su aspecto se suelen arrepentir o encuentran una nueva parte del cuerpo con la que obsesionarse. Ella estaba segura de que me pasaría lo mismo a mí.

Dejé McLean a mediados de agosto tras nueve semanas. Aunque no me sentía del todo cómoda con mi aspecto (tampoco era ese el objetivo, según me diría mi terapeuta), había pasado de mirarme 100 veces al día en el espejo a mirarme 5. Ahora me centro en vivir según mis valores, una parte fundamental de la terapia de aceptación y compromiso (ACT en inglés), que es básico para tratar el TDC y el TOC. También he mejorado en cuanto a la búsqueda de aceptación.

El ligero alivio que sentía cada vez que me hacían un halago duraba poco y solo me creaba la necesidad de recibir más halagos.

Antes de ir a McLean, le preguntaba a todo el mundo qué opinaba sobre mi cara. El ligero alivio que sentía cada vez que me hacían un halago duraba poco y solo me creaba la necesidad de recibir más halagos.

Un mes después de salir de McLean, nublada por el pánico, cogí cita con el cirujano plástico más cercano que aceptaba el sistema de financiación CareCredit. Acallé los recordatorios que trataba de enviarme mi cerebro sobre no tomar decisiones cuando estoy disgustada. Entré en la consulta un viernes. Tuve que apuntarme con la linterna del móvil en la cara para que la asistente médica, la que me realizaría la inyección, viera lo que trataba de señalarle.

Fue tocando la zona con un rotulador morado. Empezó a aparecer una constelación de puntos. Me aplicó una crema fresca adormecedora y se fue de la habitación durante 20 minutos. Cuando volvió a entrar, me ofreció una pelota antiestrés. Pedí otra, pero no tenían más. ¿Y un implante de pecho? Bien. Sujeté la pelota antiestrés en una mano y el abultado y ligeramente brillante implante en la otra.

"Solo será un pinchazo", me dijo.

Al pincharme, inhalé bruscamente y di un pequeño bote en la silla. Me preocupé al instante por si esto que acababa de hacer había fastidiado todo el proceso y por si el relleno estaba desplazándose ya a otras partes de la mejilla, pero no me dijo nada. Al terminar, dio un paso hacia atrás. Las enfermeras sonreían.

"¿Se ve diferente ya?". Asintieron. Cogí el espejo. Salvo por los puntos morados, no notaba nada. Lo dije en voz alta y añadí: "Supongo que de eso se trata". Giré la cara a ángulos que me resultaban familiares y la piel de la mejilla no reveló ninguna irregularidad. Aún podía ver el hoyuelo, pero ahora era menos evidente. Lo celebré yendo a un restaurante y comiéndome una hamburguesa con cuchillo y tenedor, porque no quería masticar muy fuerte y mover el relleno.

Estaba claro que el tratamiento psiquiátrico, y no el cosmético, había sido siempre la respuesta, aunque se me hubiera resistido durante tanto tiempo.

Pero mi humor y mis rituales no cambiaron. Durante los siguientes días, me estudiaba la cara bajo toda clase de iluminación. Hice un viaje innecesario al banco. Hay una señal en la entrada que invita a los clientes a "conocer a los dueños de su dinero". Bajo esas palabras hay un espejo. Siempre había odiado mi reflejo en este espejo, que cubre toda la pared. Si me ponía en determinada postura, los dos focos de luz (la natural del exterior y la artificial del edificio) realzaban mi marca. Me acerqué para probar. Con la inyección, el hoyuelo estaba menos marcado, pero todavía podía ver una zona que no se había rellenado. El hoyuelo aún no había desaparecido, un resultado que habría sido devastador antes de hacer terapia en McLean. Sin embargo, me sentí sorprendentemente bien. Respiré hondo y decidí repasar las enseñanzas del verano. Estaba claro que el tratamiento psiquiátrico, y no el cosmético, había sido siempre la respuesta, aunque se me hubiera resistido durante tanto tiempo.

Me preocupaba que alguien se ofendiera con este artículo por el hecho de que una mujer estuviera tan descontenta con un hoyuelo como para gastarse miles de dólares en un tratamiento psiquiátrico. Ese es el quid de la cuestión: el trastorno dismórfico corporal afecta al cuerpo (por algo lo lleva en el nombre), pero es una enfermedad mental. Al igual que se sabe que los trastornos alimentarios no tienen que ver con la vanidad, tenemos que extender esa misma concepción al TDC.

Es muy probable que mi obsesión pase a otra parte de mi cuerpo. Estoy prácticamente segura de que desarrollaré otro TDC a lo largo de mi vida. He aceptado que mi vida estará definida en gran medida por las recaídas y las rehabilitaciones, pero los años que he pasado sin síntomas han sido algunos de los más felices de mi vida. Doy gracias por haber encontrado cierto alivio por el momento.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

El HUFFPOST PARA EL ÁGUILA