INTERNACIONAL
19/01/2019 16:46 CET | Actualizado 19/01/2019 17:02 CET

El español Pablo Ibar, declarado culpable del triple asesinato cometido en Florida (EEUU) en 1994

Ibar, que ha pasado los últimos años en el corredor de la muerte, deberá esperar sentencia del juez. La Fiscalía pide pena de muerte.

EFE
Pablo Ibar.

El hispano-estadounidense Pablo Ibar, acusado de un triple asesinato cometido en Florida (EEUU) en 1994, fue declarado "culpable" de los seis cargos que pesaban en su contra.

El jurado alcanzó este sábado el veredicto unánime de culpabilidad en un tribunal de Fort Lauderdale y lo entregó por escrito al juez encargado del caso, Dennis Bailey, que tendrá ahora que dictar sentencia contra Ibar, para el que la Fiscalía volvió a pedir la pena de muerte.

Pablo Ibar, sobrino del fallecido boxeador español José Manuel Ibar "Urtain", libra una agónica lucha contra la pena de muerte desde que fue acusado de tres asesinatos cometidos el 26 de junio de 1994 en Florida, de los que siempre se ha declarado inocente.

Las claves del juicio a Pablo Ibar

Después de tres juicios, los dos primeros nulos, en el año 2016 la Corte Suprema de Florida anuló la pena de muerte que le fue impuesta en el año 2000 y ordenó un nuevo juicio con jurado que está ahora en su recta final en Fort Lauderdale, la ciudad del sureste de Florida donde Ibar nació el 1 de abril de 1972.

Ibar, que, además de la estadounidense, tiene la nacionalidad española desde 2001, lleva 24 de sus 46 años preso, pues a pesar de "la ausencia de pruebas físicas" que le conecten con el triple asesinato, según reza el fallo de la Corte Suprema de 2016, la justicia de Florida le ha negado siempre la libertad bajo fianza.

En el País Vasco, de donde proceden los Ibar, existe una fundación que lleva su nombre y realiza campañas de recolección de fondos para sufragar su defensa en Estados Unidos.

De familia de deportistas, entre ellos su tío, el fallecido boxeador español José Manuel Ibar "Urtain", antes de que ocurrieran los asesinatos de 1994, el joven Pablo se estaba encaminando en la cesta punta, la disciplina deportiva de su padre, Cándido Ibar.

Cándido Ibar lo recuerda como un muchacho pacífico, de fe, que nunca tuvo armas y muy atlético, que ya había superado una dolencia en el estómago después de ser tratado en San Sebastián.

Después de que Pablo recibiera un fuerte pelotazo en el rostro, mientras ambos vivían en Connecticut, Cándido Ibar, que estaba ya divorciado de la madre de su hijo, Cristina Casas, de origen cubano, decidió enviarle a Florida con ella, que entonces estaba enferma de un cáncer, del que murió años después, para que la acompañara.

De nuevo en su natal Florida, Ibar celebró sus 22 años en el club nocturno Casey's Nickelodeon de Hallandale Beach, cuyo dueño, Casimir Sucharski Jr., le ofreció una botella de champaña para suavizar una pequeña discusión que había tenido antes con una de las camareras.

Cerca de tres meses después, los asesinatos a tiros y por la espalda de Sucharski y de las modelos Sharon Anderson y Marie Rogers cambiaron el destino de Ibar tan solo ocho meses después de su regreso a Florida.

Sus aspiraciones de dedicarse al deporte de la pelota vasca se esfumaron.

Desde entonces su vida ha transcurrido en la cárcel, donde analiza con lupa las transcripciones de los juicios y contesta cartas de apoyo que recibe desde España a través de la Fundación Pablo Ibar.

Las cárceles de los condados de Bradford, en el norte de Florida, y Broward, en el sur, han sido su hogar, la primera durante los 16 años que estuvo esperando ser ejecutado.

A esa prisión, a cinco horas por carretera desde el sur de Florida, llegaba cada sábado su novia y después esposa Tanya Quiñones, que lo ha acompañado sin descanso en su vida como reo.

Además de estas visitas, los días transcurrían entre el ejercicio físico y el sueño, las cuales eran sus actividades favoritas porque le permitían "mantener la salud mental", según escribió en una carta a la Fundación Pablo Ibar.

"Si no hace mucho calor, intento dormir. Me encanta dormir porque en este sitio no me pueden quitar mis sueños", detalló en el escrito, en el que detalla que tenía un pequeño televisor.

El 2016 abrió una luz de esperanza para Ibar, cuando la Corte Suprema de Florida anuló la condena a la pena de muerte. Lejos del pabellón de la muerte y más cerca de su familia en el sur de Florida, los dos últimos años Ibar solo ha podido recibir en la prisión, ubicada en Fort Lauderdale, visitas a través de una pantalla de computador.