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16/02/2019 09:54 CET | Actualizado 16/02/2019 09:54 CET

Cuatro años sin Alvite

José Luis Alvite.

En cuanto entraba en un bar, el camarero velaba las luces hasta convertir todas las botellas en penumbra, a los aburridos parroquianos en fantasmas de un presente imposible y el odioso sonsonete de la tele en un blues macerado con la rabia y la derrota de Billie Holiday.

Impenitente habitante de Santiago (como lo fue Kant de Königsberg, Faulkner de la cruz del caballo que acabaría matándolo, o Cunqueiro, varado en Mondoñedo mientras Orestes navegaba por él,), José Luis Alvite detestaba perder de vista sus callejas de siempre, la sucursal bancaria en la que fichaba cinco días por semana, o los imprecisos bares del extrarradio, esa tierra de nadie entre el olvido y la carretera. Aunque no comprendió, ni quiso comprender, el afán de todos por agotarse en kilómetros de sendero para terminar topando con la iglesia.

Y no quería viajar más. Utilizaba el pasaporte para anotar teléfonos promiscuos o la lista de la compra.

A Madrid venía muy de vez en cuando y a rastras. Puede que no le gustara la sequedad del ambiente, en la que sus pitillos ardían con demasiada rapidez. O puede que la gavilla de cortesanos, que no merecen ni la caricia de la hoz, le parecieran menos dignos que sus gangsters cirróticos, enamorados y suicidas.

Por suerte, tenía mi garito como fijo en su boleto de apuestas. Al menos, hasta que las Autoridades lo condenaron al exilio del fumador. A partir de ese momento, se reservó para el tiempo de las terrazas y los escotes.

Bastaba su presencia para que Viridiana se transformara, aunque sólo fuera por unas horas, en el decadente Savoy; y esas noches yo me sentía Ernie Loquasto mientras él desmigaba los recuerdos de Pavesse o las canciones de Lorraine Webster, la mujer que se ponía las gafas de leer para buscar las bragas.

José Luis podría ser el santo patrón de los cierrabares, capaz de mantener la tertulia mientras no cayera el cigarrillo de entre sus labios o a la Coca-Cola con ron no se le corriera el rimmel (siempre admiré que traicionara sus tópicos empeñándose en una bebida tan vulgar). Y, sin embargo, parecía querer marcharse, no a Compostela o a la lobreguez de un club de alterne, sino a un lugar recóndito donde se sintiera abrazado e invulnerable. José Luis, sospecho, en la caritativa noche y emulando a los buscavidas del Savoy, no ansiaba entre las piernas de las coristas un húmedo temblor, sino el portal de casa.

Contra lo que algunos críticos sostienen, su prosa no era elaborada. Él hablaba así, así era, y yo me desconojaba de risa y me estremecía de asombro con cada uno de sus hallazgos.

Pienso de Alvite lo que él pensaba de Sinatra: que podría cantar con una pistola en la boca. Y tampoco entiendo, como él no entendía, por qué Dios no lo ha denunciado ya por plagio.

Eremita en su columna, cada texto que firmaba con la tinta de la melancolía era inconfundible y único. Tenía el talento de Valle (también su mala leche), la ternura de Cunqueiro, el alma triste de Rosalía y la sabiduría despistada de Torrente Ballester.

Sabía sublimar la cotidianeidad, exprimirla hasta recrear una realidad que parecía inventada de tan real. Fumista del lenguaje, podía alcanzar cotas de vértigo, como esas aves que, heridas por la luz, se inmolan en lo más alto hasta fundirse con la lluvia de estrellas del afilador de cometas.

Sus añoradas páginas eran Aldonzas que solo precisaban de un punto y coma para transformarse en Dulcineas.

José Luis recordaba a aquel cuento, que he olvidado, en el que el ejecutor llama a la puerta y la víctima farfulla: "el hombre se parece a su voz". La suya, ronca de nicotina y madrugadas, era tan profunda que podría haber suplido al predicador de Moby Dick.

Gracias mil al ilustre Carlos Herrera, que siempre tuvo la intuición de rodearse de los mejores, aunque yo no lo escucho desde que su habano huele a incienso.

Tenía Alvite la buena costumbre de eludir la política, ese estercolero que debiera aislarse en los editoriales y en los cubos de sus propias páginas. También Ruano renunció a escribir con ese barro (Cierto es que no estaba el horno para bollos). E igualmente Umbral en sus mejores épocas, que no fueron todas.

Mi colega David Torres (otro columnista enrazado que entrega lo mejor de sí mismo cuando se olvida de la zafiedad presente para rescatar música o poesía) dio, creo yo, con una de las claves de la escritura de José Luis: "Piensas que ya su frase ha terminado y de nuevo vuelve a elevarse hasta el delirio. Alvite es tan intenso que no permite leer más de tres páginas en un día. Hay que dosificarlo, como el caviar, las trufas o la absenta".

José Luis pertenece a la cuadra de Manolo Álcantara (un brindis con Larios por él), capaz de hallar el poema en el cuadrilátero y la pelea en el verso con el mar arbitrando. Alvite fue fiel a los consejos del malagueño hasta su último trago: "solo los amateurs beben de día".

Púgiles ante los que Sonny Sullivan habría perdido por puntos. Y hubiera sido su mejor resultado. Loquasto sugirió que le afelparan la lona. Al bueno de Sonny, todas las fotografías que le recuerdan en el Savoy son apaisadas.

Sostenía Alvite que en un matrimonio quien sale más beneficiado es el de en medio. Él comprendió que el suyo había zozobrado cuando su mujer le puso la comida en la maleta.

Quiso que yo le presentara un libro en Santiago. La editora, con notable antelación, me envió el billete y la reserva del hotel. Andaba yo perdido, y aún no me he encontrado, entre amazonas, caballos y recetas, y se me olvidó la cita.

En Madrid, en mitad de la siesta, descolgué con desgana el teléfono en el que una recepcionista con voz de filloa me rogaba que bajara al salón principal, que ya habían llegado dos televisiones.

Luego, José Luis cortó con las tijeras del pulpo mi orballo de disculpas: "Joder, Abraham, eres más despistado que mi madre, que a veces me escabullía en el mercado y llegaba a casa con una bolsa de grelos y otro niño de la mano"

Encendía los cigarrillos por duplicado, y un día descubrió que, además de barman, necesitaba un oncólogo. Excesivo como era, no le bastó con un cáncer como a todo el mundo, sino que hicieron falta dos para matarlo.

Cuando murió, la ola de frío que azotó el Savoy obligó a los camareros a servir la sopa en una vajilla de lana.

Nevó en los vagones del metro.

En la calle muda y desierta, solo un disparo descorchado a los lejos y, en la nieve, un autógrafo de perro.

Las banderas a media asta fueron espejos plisados.

Y el Hudson un somier.

Curtido en el periodismo de calle, en la canalla y sórdida crónica de sucesos, fue tan íntegro y valiente que habría sido capaz de jugarse la vida a cara o cruz con una canica.

Y jamás perdió ni la ironía ni la inocencia, ni esa ternura naíf, que hacía que sus sonrisas truncadas salieran envueltas en papel de regalo.

La enfermedad le mermó tanto que Caronte le cobró medio billete. Y san Pedro, para reconocerle, tuvo que cachearle.

Levantando sus brazos escuálidos, exclamó:

-¡Ya lo ves, Pedrito, antes congrio y ahora lamprea! ¡Así nos trata la muerte, carallo!

Hoy, camino del mercado, me ha gritado esta pintada desde un muro herido:

NADIE MUERE VIRGEN. LA VIDA NOS JODE A TODOS

Y yo he fingido por él media sonrisa de maíz.

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