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03/10/2018 18:24 CEST | Actualizado 04/10/2018 12:12 CEST

Han muerto las lilas

Fabrice COFFRINI / AFP
Charles Aznavour, en marzo de 2018.

Sus padres habían escapado a las matanzas que tras la Primera Guerra Mundial diezmaron a la población armenia. En París, en Saint Germain des Prés, mientras esperaban el visado para emigrar a Estados Unidos, nació su hijo Shahnourh Varinag Aznavourián Baghdassarian.

Lo demás es historia.

Y no me interesa la historia (que, como bien sabía Ángel González, se hace con sangre y se repite), sino la voz inacabable que salía de un cuerpo tan menudo que el público de sus conciertos temía la más débil brisa de una puerta abierta, no fuera a llevarse al artista.

Siempre me sedujo de Aznavour su engañosa fragilidad, su gestualidad inconfundible, su fraseo veloz, casi desquiciado, en el que se atropellaban los sentimientos y el deseo de escapar, que no era sino el reverso de un deseo más oscuro e irresistible: el deseo de volver.

Supo ser elegante en un tiempo en el que la elegancia se miraba con compasión. La paloma de su pañuelo, que arrojaba al suelo al terminar su actuación, brillaba con más intensidad que todos los focos que asediaban el escenario.

Siempre me sedujo de Aznavour su engañosa fragilidad, su gestualidad inconfundible, su fraseo veloz, casi desquiciado.

Comenzó a cantar siendo un niño, pero no le resultó fácil llegar a la cima. Fue Édith Piaf quien lo rescató del anonimato para sentarlo al piano mientras la diva desgajaba las canciones que aquel jockey, nervudo y desbocado amante, componía para ella.

Aún me estremezco al recordar las escenas de Édith y Marcel, la decepcionante película de Lelouch, en las que Aznavour se interpretaba a sí mismo, repitiendo obsesivamente un tema al piano, cantando un estribillo que es a la vez agonía y orgasmo, fantasma en la sombra de la tragedia, maestro de ceremonias para el fin del amor.

Más de diez veces he soportado tan indigesta mezcolanza de sentimentalidad y travellings sólo por contemplar cómo el gigante de un metro sesenta se adueñaba de la pantalla desde el fondo, desde la oscuridad.

Algunas de sus incursiones en el cine aún viven en mi ahumada memoria. Curiosa y admirable su poligamia laboral. El elogio de Borges a Alfonso Reyes (otros son la tangente o el radio; él, la total circunferencia) también serviría para el armenio.

Y más de una analogía ha encontrado quien esto sazona entre la emotiva letra de La mamma y el sublime poema del bonaerense La noche que en el Sur lo velaron.

En 1973 escandalizó al mundo con una canción que hundió el cuchillo de la realidad en el telón del tabú: Comme ils disent, retrato en primera persona de un homosexual que se esconde, se acepta, desea, teme y vive.

Yo lo vi en el Olympia, no en platea (mi nómina también era bajita), sino en el gallinero (la genialidad de Manolo Vázquez Montalbán —la vida es como la escalera de un gallinero, corta pero llena de mierda— no iba con él), mi sitio, junto a la canalla. A la siniestra, dos gitanos que, muerto ya el romaní, se emocionaban en la lengua de Cioran; a la diestra, un clochard intoxicándose con beaujolais. Y tuve la sensación de que Charles se dirigía a nosotros, a las alturas, más que a los acomodados del patio de butacas.

Esta apreciación quedó ratificada años más tarde, cuando le leí que su revelación tardía le vino en un tugurio de Marruecos donde pudo comprobar que aquel público marginal, aquella gente a granel, vibraba hasta las lágrimas con sus letras.

Salvando los Pirineos, Charles siempre me recordó a nuestro Bambino, que se dejaba la voz y la vida en cada actuación, ya fuera en el más arrogante teatro o en el entarimado de una fiesta de aldea.

Aquel público marginal, aquella gente a granel, vibraba hasta las lágrimas con sus letras.

Todo acto o voz genial viene del pueblo, averiguó Vallejo, ese otro parisino dolorido. Dudo si Aznavour conocía ese aserto, pero se reconoció en él.

Sin embargo, su gran himno, La bohème, con el que durante cincuenta años puso en pie a cualquiera que tenga algo más de sangre que un nabo, no fue creación suya, sino que surgió de la colaboración con el compositor Jacques Plante.

Poco importa. Me niego a reconocer la canción si no aflora de aquella voz temblorosa y firme, irónica y sabia que ahora se nos ha ido con la música a otra parte.

Sus letras, sin abandonar la rima, estaban preñadas de literatura costumbrista. Y, ajenas a los ripios, con frecuencia contaban una historia. ¡Y qué historia!

Qué pena que ese hombre inmenso, que a sus noventa y cuatro se preparaba para los viajes de una nueva gira, haya hecho aquel que no tiene retorno.

Aznavour hizo de la tristeza y la ensoñación formas de la rebeldía.

Y así se ha ido.

Y me duele en lo más hondo. Qué pena que ese hombre inmenso, que a sus noventa y cuatro se preparaba para los viajes de una nueva gira, haya hecho aquel que no tiene retorno.

Mientras en este bajo mundo se eternizan seres "de los que Dios no podría ocuparse sin perder su inocencia".

Montmartre parece triste

Y han muerto las lilas...

Éramos jóvenes, estábamos locos...

***

ALTERNATIVA

-Pasa, pasa, Charles –musitó San Pedro arrobado, en su doble acepción (desde que dejó las redes, ha cogido kilos el jodío)- ¡Qué alto honor tenerte aquí! –Exclamó el Portero palmeándole la coronilla, y le tintinearon las llaves- Édith te espera junto al piano e Yves Montand ya ha descorchado el borgoña. Por cierto, también está Marcel Cerdan.

"Confío en que le hayáis amansado", pensó Charles recordando su cara cincelada a hostias.

-¿Y esta impaciencia a qué viene? ¿A quién coño esperáis, a Dios?

Y no se equivocaba. Maurice Chevalier cruzó la puerta. Ambos se fundieron en un abrazo que duró una canción. Y, tras despegarse, se intercambiaron los sombreros.

Picasso, que siempre canturreaba La bohéme entre brochazos, llegó disculpándose ("Esto se avisa. Me habéis pillado follando") y le vino a las mientes el cambio de trastos de dos matadores en una alternativa.

-¡Por fin, que alegría! –gritó tras los besos de rigor France Gall, que venía de teñirse.

-Oye, que no es para tanto. ¿Qué os pasa? ¿Es que no teníais ningún cantante bajito? –inquirió Aznavour .

- Si, a Torrebruno –repicó san Pedro, que llevaba las cuentas.

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