José Andrés for president

José Andrés for president

El chef José Andrés, en una imagen de archivo.Gustavo Caballero via Getty Images

A pesar de todo, soy optimista, por más que cada día me ofrezca sobrados motivos para lo contrario.

Sostengo que el que regó con lágrimas el valle que habitamos fue un mal follado, y que escapar del placer (obtenido a costa del sufrimiento de nadie, que quede claro) es un error con el que los meapilas de cualquier creencia nos han taladrado el alma para jodernos.

Por una vez, disiento de Quevedo (discúlpeme, don Francisco), a quien bastaron dos versos para hacer la mayor apología del egoísmo jamás escrita:

vive para ti solo, si pudieres,

pues sólo para ti, si mueres, mueres.

Cuando paseo con mi puro noctámbulo por el barrio, al que la oscuridad convierte en un desierto (siempre nos quedará el oasis de Viridiana), pienso que tras cada ventana iluminada hay una pareja fornicando con apasionada ternura; y si alguna ambulancia rompe con sus maullidos el silencio de Alfonso XII, maquino que transporta a una parturienta ansiosa por tener a su hijo en brazos.

Edén que no me impide ver la reata de mendigos que allanan los cajeros. Yo, que algunas noches, Visa en mano, suelo visitar estos, tiempo ha estuve tentado de hacer una guía de los más acogedores.

Espaciosos y con buena calefacción, recomiendo los de La Caixa, aunque sólo exhiban una estrella (de Miró, por cierto). Aunque quizás la categoría debiera medirse en tetrabriks.

De poco me sirve el alegre apareo de mis vecinos, si a mi sólo me llega el chirrido de sus camas.

Cuando lo que quemo es un veguero, y (a favor de querencia) alargo mi caminata hasta más allá de la Plaza de las Ventas, bajo esa media luna de cemento, arrugo la ceniza de mis cejas ante una M-30 de infortunados que pernoctan a la intemperie, entre mantas raídas, vino peleón y olor a orines.

En tiempos pretéritos, y peores, por estos andurriales serpenteaba el Abroñigal, un arroyo en pena en el que habitaban la tristeza y los desheredados de Tiempo de silencio.

Quiero suponer que en las noches gélidas también pasará con sus termos de comida caliente un José Andrés mesetario.

Curiosamente, la secuencia más comentada e hilarante de Viridiana (amén del tute compartido) es aquella en la que un indignado Francisco Rabal reprocha a un arriero que arrastre tras su carro un perro jadeante. "Te lo compro", exige más que pide Paco. Cerrado el trato, el murciano respira aliviado de espaldas a la carretera, por la que transitan otros carros con sus perros cautivos.

Esta crítica mordaz (nunca mejor dicho), este ladrido contra la caridad cristiana que aplaudí en su día, hace mucho que no lo comparto.

De poco me sirve el alegre apareo de mis vecinos, si a mi sólo me llega el chirrido de sus camas, que apenas puede mitigar el soniquete de la tele.

Vivimos (gracias, Conrad) como soñamos: solos.

Del mismo modo, cuando a duras penas pasa la caja que los empleados de la funeraria elevan por la angosta escalera, y sé a quién se llevan, yo, esa precisa noche, pongo flores frescas en el jarrón, compruebo que aún me queda lubricante, que el Bollinger está frío y que ella está a punto de llegar.

José lo tiene tan claro que no se conforma con ayudar a uno, sino a miles.

Si aceptamos esa individualidad, que es nuestra grandeza tanto como nuestra condena, hemos de entender que no ayudar a uno por no poder ayudar a todos, no indica sino ceguera.

Jamás he aburrido con estas reflexiones al ilustre José Andrés para que no se le enfríe el cachopo (en su honor, el que tengo en la carta abraza queso La Peral y poquito lacón entre sábanas de lengua de ternera; empanado y frito, lo escolto con manzanas de sidra lentamente asadas).

José lo tiene tan claro que no se conforma con ayudar a uno, sino a miles, como viene demostrando cada vez que azota la tragedia, desde Haití a Puerto Rico.

Para mi colega, respirar, cocinar y ayudar son la misma cosa. Honrosa actitud que le ha llevado a diseñar una logística modélica para actuar en el lugar preciso y con la celeridad necesaria.

Durante los incendios de California (cualquiera de ellos, que por allí ya tienen el Apocalipsis ensayado) la organización que dirige sirvió miles de comidas a los desplazados; incluso a los bomberos, en cuya manutención demostró ser más eficaz que los cuerpos públicos.

Yo, que hice la mili en intendencia y que he dado cáterin que ya son historia (a pesar del gatillazo en las bodas de Caná, donde calculé mal el vino) conozco muy bien la extrema complejidad y el ímprobo esfuerzo que estas tareas conllevan.

No me ha sorprendido su candidatura al Nobel de la Paz, infinitamente más justa y sensata que la de algunos iluminados.

Por suerte, José Andrés es un general ungido de experiencia y ornado de cazuelas más valiosas que las estrellas de otros.

No me ha sorprendido su candidatura al Nobel de la Paz, infinitamente más justa y sensata que la de algunos iluminados que terminaron llevándose la medalla a casa pisando charcos de sangre.

Razón de más para que no pueda entender como la Fundación pertinente no lo ha tenido en cuenta hasta el momento para el Premio Princesa de Asturias. ¿Acaso ignoran su impagable labor humanitaria?

¿No han considerado su papel primordial en la difusión de la cocina y la cultura españolas por el maltrecho orbe?

¿Es que la presencia de un asturiano en la lista de las cien personas más influyentes del mundo no se atisba desde el Principado?

Y no ignoro que le fue concedida la Orden de las Artes y las Letras de España.

Galardones que, seguramente, no desviarán su atención ni de la causa de los desheredados ni del fuego, no vayan a desnudarse las fabes.

Para él, mi admiración, mi apoyo, mi abrazo.

Y un culín de sidra.

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MOSTRAR BIOGRAFíA

He repetido hasta la extremaunción que soy cocinero porque mi primera palabra fue “ajo”. Menos afortunado, un primo mío dijo “teta”, y hoy trabaja en Pascual. En sesenta años al pie del fogón (Viridiana ya ha soplado cuarenta velas) he presenciado los grandes cambios, no siempre a mejor, de la hoy imparable cocina española. Incluso malician que he propiciado alguno. En otros campos, he perpetrado cuatro libros de los que no me arrepiento (el improbable lector lo hará por mí). Fatigué también a los caballos de carreras retransmitiendo éstas durante varios años por el galopante mundo. He desperdigado una reata de artículos de variado pelaje y escasa fortuna. También he prestado mi careto para media docena de cameos, de Berlanga a Almodóvar, hasta que comprendí que mi máxima aspiración como actor podría ser suplantar al hombre invisible. En mi lejano ayer quise ser jockey, pero la impertinente báscula me disuadió. Y por mi parte basta que, como sentenciaba un colega, “es incómodo escribir sobre uno mismo. Mejor sobre la mesa.”