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28/12/2018 07:25 CET | Actualizado 28/12/2018 14:02 CET

Oídos sordos

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Plano detalle de los ojos de una mujer llorando.

A Natacha, porque vi la lluvia en el cielo de sus ojos

Su jefe siguió rugiendo a pesar de que ella ya se había quitado los tapones de los oídos.

-¿Qué te has creído, gilipollas, que estás en una piscina? ¡Esto es un locutorio, subnormal! –y se taladró la sien con el índice- ¡Curras en un locutorio y te pones eso en las orejas! ¿Qué eres, telefonista o socorrista, tarada? ¿Cuánta clientela hemos perdido? ¿Y cuánto te han mangado, imbécil? ¡Anda, anda, lárgate de mi vista antes de que te saque de aquí a patadas! ¡Y vuélvete a tu puta isla a recoger cocos!

Aunque parecía más calmado, le dio otro arrebato; las venas del cuello se le hincharon como cables de teléfono y, sin dudarlo, agarró el bolso de Natacha y lo estrelló contra el suelo. Por el piso pegajoso se arrastraron, hasta protegerse bajo un ordenador, las falsas iniciales de Carolina Herrera.

Natacha, impasible, se agachó a recogerlo y descolgó su abrigo. Ya no volvería a la mañana siguiente a aquel sótano mal iluminado, sin más aire que el que exigían unos ordenadores asmáticos, sin otras ventanas que el cielo de sus ojos ni más decoración que el ajado cartel de "Prohibido fumar". Teclados con caries, sillas renqueantes y tres angostas cabinas de las que salía un cóctel de voces, rara vez jubilosas:

"¡No, no me insista con los nombres compuestos. ¡Y el del abuelo menos, mamá! A mí me gustan sonoros, cortos y españoles: Kevin."

"¿Es benigno? ¡Gracias a Dios! ¡Qué alegría, papá! -luego, bajando la voz -Qué pena no poder ir a darle un abrazo, pero quiero que sepa que esta noche, con más fuerza que nunca, rezaré por usted. Bendiciones y cuelgo, que sólo tengo calderilla".

Calderilla, chatarra, un recibo del Monte de Piedad y el bono-bus, es lo que escondía el fondo de la ajada cartera de Natacha.

Sin ningún contrato que la vinculase, perder el curro resultaba tan sencillo como cruzar el umbral del locutorio.

Desahucios, enfermedades, suicidios, detenciones. Y dinero, siempre dinero, pedido y negado con todos los acentos.

Con decisión, como si la esperaran, enfiló la calle Hernani hacia Bravo Murillo. Aspiró el tostado olor de los churros que salía de La Andaluza, mezclado con el aroma a agua de azahar y villancicos que exhalaba el Horno de san Onofre.

Escaso alivio le trajo rozar el calor de las castañas asadas; ni siquiera, contra su costumbre, devolvió el saludo a Evelyn, la castañera inmóvil en su esquina desde la primera racha de aire frío hasta la última lluvia de marzo, que la premió, sin quitarse el cigarrillo de la boca, con su amarillenta sonrisa de maíz tostado.

Caminaba sin hacer caso a la mansa nieve que, empeñada en vestir de novia a la ciudad, no llegaba a opacar las arqueadas cejas de un tal Zapatero que, desde la marquesina, pedía el voto.

Pasó junto al rumano que tocaba para nadie y dejó en el sombrero vuelto sus últimas monedas, que se disolvieron en el contado metal del fondo.

-¡Adiós, ojitos! –agradeció el rumano levantando el brazo, y el acordeón se quejó.

Los ojos azules de Natacha, que destacaban sobre su piel acanelada, se resistían a llorar mientras hilvanaba, moviendo apenas los labios, la respuesta que merecía, y no recibió, aquel perdonavidas que por meses la había atado a la silla del locutorio durante nueve horas diarias por un sueldazo de quinientos euros.

-Cómo no me iba a poner los tapones, cacho carne, si ya no podía soportarlo más, si todos los sollozos que he escuchado en ese cuchitril me han secado el alma.

Confiaba en que esos pedacitos de silicona pudieran empapar todas las lágrimas que había secado a diario.

Hijos que se despedían de padres moribundos sin poder acudir a su lado ("Entiéndalo, un vuelo improvisado y en temporada alta, ni malvendiendo las joyas que me prestó, madre. Compréndame"). Padres que balbucían mimos a niños que ya no les recordaban ("que no, cariño, que no. Que yo no tengo barba, Raulito"). Los hipos de todas las muchachas que suplicaron a sus novios que no las abandonasen, mientras el contador del locutorio se acercaba al límite. El padre que golpeaba la formica gritando: "¡Mujer, si tiene trece años! ¡Trece años! ¡Carajo! ¡También a nosotros nos ha salido el domingo siete! –y crujió el tablero bajo su puño- ¿Cómo? ¿Cómo que cuando dé a luz ya tendrá catorce? ¿De cuánto está entonces? ¡De cinco! ¿Y a qué esperabais para decírmelo? ¿A que tuviera una barriga como el Chimborazo? ¿O al día del bautizo?"

Desahucios, enfermedades, suicidios, detenciones. Y dinero, siempre dinero, pedido y negado con todos los acentos.

A muchos los encontraba al salir de su turno fatigando la acera, algunos ya borrachos de la cerveza calentorra que les vendía el chino; errabundos y ensimismados en su drama, rumiando su desventura.

Por eso ella, en el locutorio, a ratos, se colocaba los tapones en los oídos, anhelando el silencio.

Confiaba en que esos pedacitos de silicona pudieran empapar todas las lágrimas que había secado a diario.

Natacha se tragó las suyas.

Y a ella, el Metro de Cuatro Caminos.

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