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15/11/2018 16:51 CET | Actualizado 15/11/2018 16:53 CET

Se paró el reloj

Agencia EFE
Vista de la estatua del cantante chileno Lucho Gatica con ofrendas florales, en Ranagua, Chile.

Ayer mismo, en una cata de vinos de Madrid, a la sombra del Reloj de Sol, rememoré la lejana Nochevieja en que se nos atragantaron las uvas porque éste, poco antes del trance fatal, se paró en seco.

-Natural –farfullé impasible- Si está en la DGS, ¿qué esperabais? Lo extraño es que no lo hayan detenido antes.

Luego, al despedirme (en zig-zag), el director de la Denominación de Origen me preguntó qué tal me lo había pasado en el acto.

-Fenomenal. Es la primera vez que no entro aquí esposado.

Ayer mismo, sin hacerle caso, a pesar de que se lo pidiera insistentemente durante años y de la manera más hermosa en que se pueda suplicar lo imposible, el reloj de Lucho Gatica marcó la hora.

Y Lucho descubrió que todas las demás no importan, que caen al suelo como la ceniza de un cigarro cuando el muelle del mecanismo pierde su última vuelta.

Tan sólo eso es morir.

Así de sencillo, para quienes tenemos claro que no hay más eternidad que los sueños.

Ya apenas queda rastro en nuestra memoria de aquellos guateques en que sus boleros nos acercaban a las chicas, mejilla contra mejilla y cadera contra cadera. Ellas, quizás, soñaban con la miel de sus letras sugerentes, tiernas y desesperadas. Nosotros, más prosaicos, ansiábamos acercar el minutero.

Tararear Historia de un amor a medianoche, a la que sumaba la percusión de los vasos en un bar bolinga, contemplando la brasa del pitillo que agonizaba, me convirtió más de una vez en el trotamundos desengañado y valiente al que tanto envidiaba

Lo de su nombre demuestra que tenía un alto concepto de sí mismo. Si yo fuera un gacetillero al uso, habría titulado este bolero Lucho ya no lucha. Pero... soy cocinero, por la gracia de Apicius.

Y de valor andaba más sobrado que Allende. No tuvo reparos en equivocarse con la samba, la bossa nova y otras milongas. Ni el tango, con el disuasorio espinazo de una cordillera por medio, lo detuvo.

Su particular fraseo, que sabía marcharse del ritmo y volver a él dejando un escalofrío de terciopelo en los que lo escuchábamos, convirtió el bolero en un tratado de melancolía, de ensoñación.

También en una aventura.

Tararear Historia de un amor a medianoche, a la que sumaba la percusión de los vasos en un bar bolinga, contemplando la brasa del pitillo que agonizaba, me convirtió más de una vez en el trotamundos desengañado y valiente al que tanto envidiaba, en sesión doble, desde la butaca de gallinero.

Qué importaba si ella no existía, o si yo nunca me había atrevido a dirigirle la palabra.

***

María Dolores lo recibe alborozada.

-¡Menos mal que llegó el relevo! El jefe está melancólico y ya no le levanta la moral ni el citaloprán ni Pérez Prado. Y, en confianza, es que los boleros le ponen, ¡vaya que si le ponen! A buen gusto no le gana nadie. Por cierto, lleva la flor de la canela hasta en el ojal –dijo con un gesto de orgullo.

La última sonrisa se la arrancó Fernando a base de repetir aquel envarado "¡Senoritoooo...!" de El viaje a ninguna parte. Once años lleva aquí y aún no se atreve, le falta confianza, pero cualquier día, vacilando, lo manda "¡a la mieeeeerda!". Así es el pronto de mi Fernandito. ¡Ni la muerte nos separa!

El "moai" de Lucho ni pestañea al asentir.

Arrobado, San Pedro, que está arreglando el telefonillo, se suma a la cháchara para implorar:

-Cántame lo del reloj, anda, aunque sólo sea el estribillo.

-Al tiro –exclama el chileno.

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