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17/03/2018 08:37 CET | Actualizado 17/03/2018 08:37 CET

Aquellos ilustres criminales: entre la justicia y el arte

AOL
Woody Allen con Mariel Hemingway en una escena de 'Manhattan' (1979)

Solo tengo un cuadro en la pared de mi habitación: es Composición IX, de Kandinski. A diario veo esos vivos colores que se entrecruzan con cuidadas figuras geométricas. Me encanta, pero ¿y Kandinski? Pues a Kandinski no le soporto. No es que hiciera algo imperdonable durante su vida; simplemente no me convencen muchas de sus decisiones. Demasiadas mujeres y demasiadas guerras.

Sin embargo, Kandinski y su Composición IX me han enseñado una cosa: se puede separar al artista de su obra. Es más, es altamente recomendable. Para empezar, al igual que ocurre con el lenguaje, la relación entre autor, obra y público no es directa ni unidireccional. Kandinski puede haber querido plasmar desorden y vitalidad en su cuadro y a mí trasmitirme tranquilidad y sosiego. ¿Quién está equivocado? Nadie. El significado de algo está tanto en el emisor como en el receptor; no demos tanta importancia a los autores. Además, y esto es algo muy recurrente, tendemos a esperar del arte sensaciones positivas o placenteras, pero ¿quién nos ha dicho que esté fuera el objetivo principal del artista? La cosa va de sentir, aunque sea angustia y miedo al ver las pinturas más oscuras de Goya.

Pero dejémonos de rodeos. Aquí todos sabemos que no hemos venido a hablar de Goya o Kandinski; a nosotros los que realmente nos incomodan son los Neruda, Polanski, Allen o Picasso. ¿Podría tener Las señoritas de Avignon decorando las paredes de mi cuarto y no sentirme un poco culpable? Más me vale; la alternativa es dejar de lado buena parte de la producción artística humana, y no creo que eso tenga mucho sentido. La clave está de nuevo en la relación entre autor, obra y público. Lo explicaré con el ejemplo de Woody Allen.

Más nos valdría empezar a asumir que por ser un gran artista no se es una gran persona

La primera vez que vi Manhattan y Desmontando a Harry no debía de tener más de 18 años. Por aquel entonces conocía muy poco de la vida privada del director y Allen no era más que un elocuente humorista neoyorquino con muchos problemas con la religión. Bajo ese prisma, Manhattan y Desmontando a Harry me parecieron un par de comedias geniales con las que tu mayor preocupación debía ser estar atento para no perderte los finos chistes del guion. Woody Allen llegó a convertirse en todo un referente; creo que me fue muy fácil sentirme identificado con esa mezcla de fragilidad e ingenio.

No obstante, a medida que aumentaba mi pasión por el neoyorquino, también aumentaba la información que tenía sobre él. Una rápida búsqueda en Google podía conducirte hasta grandes películas como Maridos y Mujeres o Poderosa Afrodita, pero también a un largo torrente de artículos donde se desmenuzaban los trapos sucios del director, abusos sexuales incluidos. La fragilidad y el ingenio, aunque en un primer momento me empeñara en creer lo contrario, dieron paso a algo bastante más sombrío. Era difícil negar que Allen, además de un desarrollado sentido del humor, tiene una oscura obsesión con las adolescentes. Manhattan y Desmontando a Harry ya no eran las inocentes comedias que había visto hace unos años; ahora, con las mismas películas, Allen me contaba otras historias, más crudas e incómodas, pero no por ello con un menor valor artístico.

Un crimen, por muy duro que esto suene, no elimina la obra de un autor; simplemente nos ayuda a situarla en otro contexto. El problema, y con esta idea es con la que quiero concluir, viene cuando intentamos justificar ese crimen a través de la genialidad o la excentricidad de su autor. Ya he escuchado demasiadas veces aquello de "Es un acosador, pero...", y al final lo que ocurre es que situamos a los Polanski, Picasso o Allen en un pedestal donde se les permite todo. Más nos valdría empezar a asumir que por ser un gran artista no se es una gran persona. La genialidad y el mal no son un juego de suma cero.

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