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04/09/2018 23:36 CEST | Actualizado 04/09/2018 23:36 CEST

Agredida y agresora: Asia Argento, dos caras de la misma moneda

Asia Argento en la edición 71 del Festival de Cannes, el 19 de mayo de 2018.
Eric Gaillard / Reuters
Asia Argento en la edición 71 del Festival de Cannes, el 19 de mayo de 2018.

Hará unos meses ya escribí un artículo en esta su columna de confianza sobre las declaraciones de Asia Argento durante el Festival de Cannes. En ellas, la actriz y productora tomó la palabra y admitió en voz alta lo que hasta entonces era un secreto a voces: que Harvey Weinstein había abusado de ella durante una de las ediciones del Festival, casi década y media atrás.

Asia tomó la vocería de las víctimas, dio rostro a las cientos de denuncias anónimas y de pronto, el movimiento #MeToo tuvo en ella una vocera y también una historia contundente que, de alguna forma, brindó consistencia a las demandas, al miedo y al terror de las víctimas. Sin quererlo —o quizás sin proponérselo— Asia Argento se volvió un ícono de la revolución contra el acoso que buscaba llevar a la palestra pública el controvertido tema.

Unas semanas después tengo la extraña sensación de no saber muy bien qué decir sobre Asia Argento. Leo las noticias que acusan a la actriz de cometer una agresión sexual contra un menor de edad con una sensación de profunda tristeza y desasosiego. No sólo por lo que significa para la mayoría de las víctimas que se refugiaron bajo el fenómeno #MeToo, e incluso bajo su figura, sino para el hecho mismo de la agresión que Argento sufrió en carne propia años atrás. Lo que significa y lo que engloba.

De pronto lo esencial de la violencia sexual —el poder que se ejerce sobre la víctima— parece no ser tan importante como los prejuicios, como la carga ancestral de estereotipos que el hombre y la mujer llevan a cuestas.

Después de todo, uno de los comentarios más repetidos entre los lectores de la noticia es la "hipocresía de la actriz" al denunciar el abuso que había sufrido siendo ella misma una agresora. El otro, es el hecho que un hombre "no puede ser maltratado". Entre una cosa y otra, me pregunto si somos conscientes de lo que el abuso sexual puede ser —o lo que implica— y, sobre todo, si tenemos la noción que todos los casos son igual de valiosos, dolorosos y temibles, no importa quién lo sufra o que tanto nos simpatice —o no — la víctima.

Una idea difícil de digerir, pero mucho más difícil de explicar en una sociedad machista como la nuestra. Argento, como víctima y agresora, representa las dos cara de la moneda, y también las dos versiones de la realidad que el acoso y el abuso pueden encarnar.

Sin duda la violencia sexual no tiene género y, a la vez, sus implicaciones son más complicadas que el estigma típico de la víctima. El caso de Asia Argento no solo representa una manera de comprender las incontables aristas de un fenómeno violento, también es una manera de comprender la forma y el fondo de lo que el abuso puede ser. La forma en que culturalmente se comprende la agresión en un sistema de valores culturales hipócrita, represor y dañino.

Porque Asia Argento, violada por Harvey Weinstein y convertida en chivo expiatorio en su país por haberlo denunciado, de pronto se convierte también en el reflejo de la forma en que la sociedad analiza la violencia sexual. En la misma medida que Argento de nuevo es vituperada, insultada y señalada, lo es su víctima, un muchacho de diecisiete años con quien la actriz llegó a un acuerdo económico para evitar el escándalo.

Para la gran mayoría de la gente el verdadero problema —el realmente evidente— es la supuesta desvergüenza de la actriz al denunciar siendo ella misma capaz de abusar sexualmente de alguien más. Mientras tanto, su víctima (cuya historia fue publicada sin su consentimiento y que se encontró de pronto en medio del ojo mediático) recibe burlas e incluso se le señala como "poco hombre" por considerarse ultrajado por una mujer mayor.

Todos los casos son igual de valiosos, dolorosos y temibles, no importa quién lo sufra o que tanto nos simpatice —o no — la víctima.

"Agradecido debería estar que Asia Argento se lo haya llevado a la cama", leí entre los cientos de comentarios que llenaron las redes sociales. "Lo desvirga Argento y después se queja ¡Maricón!" es también otro de los más frecuentes. De pronto, lo esencial de la violencia sexual —el poder que se ejerce sobre la víctima— parece no ser tan importante como los prejuicios, como la carga ancestral de estereotipos que el hombre y la mujer llevan a cuestas.

Tanto el dedo que señala a Asia Argento y la llama "puta" por no haberse resistido a Weinstein (el argumento más repetido contra la actriz) como la burla, crítica y menosprecio hacia la violencia que un hombre puede sufrir, son caras de la misma moneda. La misma noción sobre la violencia convertida en dos extremos que se tocan para crear una imagen retorcida de las relaciones de poder entre hombres y mujeres. De la noción sobre el miedo, lo sexual y la agresión que envuelve —y se mezcla— en la agresión sexual como circunstancia criminal.

Cuando Asia Argento denunció la violación que sufrió, la mayoría de los periódicos de su natal Italia se volvieron contra ella. Le llamaron "prostituta y fácil" por no resistirse, por no "poner un límite" a Weinstein. Cuando la historia de su víctima salió a la luz pública, los mismos tabloides le acusaron con la misma virulencia, mientras que la víctima era convertida en una mera burla de ocasión, en el chivo expiatorio de una idea machista y violenta sobre la mujer y el hombre que sufren acoso sexual.

Me pregunto hasta qué punto nuestra cultura desconoce los alcances del dolor y el horror de la agresión sexual.

La víctima que sufre maltrato sigue siendo una figura que desaparece bajo las convenciones sociales, pero sobre todo, que se desdibuja bajo la insistente intención cultural de racionar la violencia bajo un motivo o un criterio elemental sobre el papel de hombre y su rol social.

Miro la imagen de Asia Argento, una imagen de su última aparición en Cannes. El puño en alto, el rostro tenso, los ojos fijos en la cámara. Cuando hago click sobre la noticia, encuentro entre el texto una fotografía de su víctima, que me mira con una expresión levemente confusa.

Entre ambos, parece existir un silencio social y cultural con el que no sé muy bien cómo lidiar. Me pregunto hasta qué punto nuestra cultura desconoce los alcances del dolor y el horror de la agresión sexual. Si alguna vez esa simple noción sobre las consecuencias de la violencia tendrán más peso que el prejuicio y el temor. No lo sé, me digo con preocupación. Y no tener la respuesta a semejante disyuntiva me desconcierta y me produce temor.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.