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15/01/2018 07:29 CET | Actualizado 15/01/2018 16:40 CET

Es bueno ser una chica mala

Getty Images/iStockphoto
No es la primera vez que escucho una idea semejante sobre la supuesta  y casi imprescindible   amabilidad  —bondad—abnegación  que suele asumirse es inherente a lo femenino.

La diosa Afrodita (Venus, para los romanos) era una diosa de cuidado. Quizás la más peligrosa del panteón olímpico. La diosa del amor, el sentimiento más incontrolable y peligroso de todos. Pero más allá de eso, la magnífica Afrodita representaba un tipo de mujer temible, una feminidad agresiva, devastadora e inevitable que la mayoría de las veces resultaba toda una amenaza para la primitiva visión de Grecia y luego de Roma sobre la mujer.

Porque la libertad sexual, intelectual y corporal, su profundo conocimiento de la naturaleza humana de sus fieles creyentes hacían a esta diosa heredera directa de los dones de las diosas primigenias y nutricias que le precedieron. Afrodita además, tenía diversas encarnaciones para representar el "amor" pero también a la mujer: desde la Victrix a la Anadiomene, la diosa era el poder de la complejidad absoluta sobre lo femenino. Una representación multidimensional de la mujer que apabullaba a las tímidas representaciones de la divinidad femenina en cualquier otra mitología.

Pienso en lo anterior, cuando un conocido me dice que las mujeres en la actualidad, olvidaron lo que llama "el fino arte de la amabilidad". Me lo dice con cierto aire melancólico que no sé como interpretar. Cuando le pregunto a qué se refiere con semejante frase, sonríe con tristeza.

 — Las mujeres han olvidado que su mera presencia debería ser motivo para pensar en la bondad y las sonrisas  — dice —  ahora todas solo desean ser fuertes, firmes, directas. Eso es en exceso masculino para mi gusto.

Me quedo perpleja. No solo por el evidente romanticismo en la idea que mi amigo expresa  — que podría perdonarle —  sino el extraño prejuicio que lleva aparejado. Una especie de visión de la mujer relacionada directamente con una percepción sobre una abnegación inherente y obligatoria que resulta casi inquietante. Cuando se lo comento, me dedica una mirada preocupada e incluso incómoda.

 — ¿Es un prejuicio esperar que una mujer sea amable?

 — Creer que es necesario, sí.

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Por supuesto, no es la primera vez que escucho una idea semejante sobre la supuesta  y casi imprescindible   amabilidad  —bondad—abnegación  que suele asumirse es inherente a lo femenino. Se trata de una herencia histórica que nuestra cultura arrastra de generación en generación y que, a pesar de la evolución de la visión sobre la identidad femenina, continúa siendo más o menos frecuente.

Claro está, hablar sobre la feminidad es resbalar un poco por terreno inestable. El tema está en boga,  qué bueno,  pero no siempre es comprendido de manera concreta : qué preocupante. Igualmente, siempre que se analiza, encuentras que la visión cultural y social al respecto tiene muchos rostros, tal vez uno por cada opinión, visión y perspectiva. Y eso sí me parece extraordinario.

Hasta hace muy poco, la mujer tenía una única dimensión. El tema parece repetirse en todas partes. Hace unos días veía una película, de la cual nunca supe el nombre, que ponderaba sobre la mujer divina. Dos ancianos, sentados en mitad de un bello campo nevado, conversaban sobre la mujer como ente divino. El "ánima" y esas ideas de pureza que realmente me producen más angustia que interés. El caso es que, de pronto, la película cambió de ritmo y apareció una bella mujer curvilínea que se identificó a sí misma como La Protomujer. Y dijo una frase que me encantó: "De la mujer se habla como divina, jamás como sagrada".

Un buen pensamiento sobre tridimensionalidad femenina. El poder de ser y de estar. De desear, crear, construir, destruir. Porque lo femenino, durante mucho tiempo  — demasiado tiempo —  fue considerado inmutable, dolorosamente silencioso, sin voz. Una cosa incompleta y tristemente desigual.

Es temible, esa idea de la mujer del Medioevo como ideal romántico, o la mujer victoriana, atrapada en su corsé. Arranca capas de comprensión, resume, disminuye, debilita. Por ese motivo, hablar sobre la feminidad se trata del reconocimiento de la individualidad de la mujer. De su complejidad histórica. De su noción sobre su capacidad para ser un individuo por encima de cualquier prejuicio de género.

Mucha tela que cortar, me digo mientras pienso en lo femenino, la complejidad intelectual  — ese poder de crear y construir —  y la insistencia de comprender a la mujer a través de esa sutil referencia al poder que parece habitar y disgregarse por el mero hecho de temer su propia fragilidad. Y sin embargo, como diría la ProtoMujer de la película anónima  — que por cierto, terminó matando a los ancianos y comiendo sus vísceras sobre la nieve impoluta — lo femenino es poderoso por el simple hecho de ser incomprensible. Lo sagrado en lo misterioso. El enigma esencial.

Este artículo se publicó originalmente en El HuffPost México.