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24/08/2018 07:08 CEST | Actualizado 24/08/2018 07:08 CEST

Las agresiones 'normales' en pareja

Nicolás Aguilera / EyeEm via Getty Images
La desgracia de la violencia de género.

Hace unos días, alguien en mi muro de Facebook compartió el espeluznante vídeo de la muerte de Tatiana Spitzner a manos de su compañero de vida, Luiz Felipe Manvailer. La compilación de grabaciones de las cámaras de seguridad del lugar en que ambos vivían muestran como Tatiana fue golpeada en repetidas ocasiones por Luiz Felipe: primero en el elevador del edificio, después en uno de los pasillos.

Más tarde ella corre aterrorizada seguida por el hombre y desaparece de escena. La siguiente imagen de Tatiana que muestran las grabaciones es quizás una de las escenas más espeluznantes que he visto en mucho tiempo: yace tendida en la calle muerta, luego de caer desde el apartamento que compartía con Luiz Felipe, cinco pisos más arriba. Los brazos abiertos, el rostro vuelto hacia el pavimento, el cuerpo tendido en una postura antinatural.

Nadie escuchó gritar a Tatiana, a pesar que durante más de veinte minutos fue golpeada y maltratada por Luiz Felipe en zonas comunes del edificio de departamentos en el que vivían. Y nadie llamó a la policía para pedir ayuda o decidió intervenir. En la grabación a Tatiana se le ve completamente sola mientras huye a la carrera de Luiz Felipe, atravesando lo que parece ser un pequeño estacionamiento hacia una escalera interior.

Pienso en esa escena mientras recuerdo como una de mis amigas me insistió hace unos años en que era normal los excesos de su pareja.

Ninguno de sus vecinos consideró necesario abrir la puerta, mirar por la ventana o, incluso, solo hacerse visible en mitad de una situación de violencia semejante. Un pensamiento escalofriante si se tiene en cuenta que Tatiana fue vecina del lugar por más de diez años y que, con toda seguridad, no era la primera oportunidad en que se le escuchaba gritar y pedir ayuda.

La idea se hace enorme en mi mente mientras miro una fotografía de Tatiana. Los grandes ojos claros me miran con amabilidad desde una imagen de Instagram en la que sostiene un perro. El cabello oscuro le cae sobre los hombros, lo que la hace parecer muy joven.

En otra fotografía el fornido Luiz Felipe sonríe a su lado. Un hombre que aún tiene el rostro de un muchacho. Una pareja común y corriente. Me sobresalta pensar que ella está muerta y él a punto de ir a la cárcel por su asesinato. No puedo dejar de pensar en los veinte minutos en que ella probablemente gritó y pidió ayuda. En los veinte minutos en que luchó por su vida, hasta que ya no pudo hacerlo.

Los ojos se le llenan de lágrimas. Detengo el vídeo. Me pregunto en cuántos lugares del mundo está ocurriendo lo mismo. En cuántas otras partes una mujer suplica ayuda sin que nadie la escuche. En cuántas ciudades una mujer se pregunta si debe hablar con alguien sobre el mal humor de su marido, de los golpes esporádicos, de la violencia verbal. En cuántas partes una mujer está pateando y gritando, sacudiendo los brazos para evitar ser asesinada. La mera idea me produce miedo. Una angustia inexpresable que finalmente no puedo soportar.

Pienso en esa escena mientras recuerdo como una de mis amigas me insistió hace unos años en que era normal los excesos de su pareja. Los gritos, las peleas malsonantes, los empujones, incluso una bofetada que se perdonó quizás muy pronto. Lo insistió con la inocencia de quien cree puede controlar algo que no sabe ni siquiera qué lo está provocando.

En Latinoamérica, el amor es un juego de roles, es una negociación de género donde la mujer siempre termina mal parada.

Pensé en su manera sencilla de hablarme de las discusiones a gritos, la obsesión, la forma como le agradaba esa "atención" enfermiza y excesiva que le prodigaba el hombre. Amor, me dije. Ella lo llamó amor. ¿Cuántas veces hemos nombrado de la misma manera todo tipo de sentimientos confusos pero aun así apasionados? ¿Alguien tiene una idea cierta de lo que es un sentimiento que parece significar algo distinto para todos? Pero aún así, esa ligera incertidumbre no justifica el exceso, no justifica la agresividad y ese ligero límite del temor. ¿No son contradictorias ambas cosas?

Claro está, la cuestión del equilibrio de poder en las relaciones es un fenómeno cultural que en Latinoamérica tiene un tenor. En Latinoamérica, el amor es un juego de roles, es una negociación de género donde la mujer siempre termina mal parada. La mujer por sí misma no es una idea que la sociedad machista considere completa. De manera que siempre es algo más. Es la esposa apasionada, la mujer decente, la madre abnegada. Hay una intención social de definir tu condición de mujer con respecto a la dimensión de la pareja.

Ese idea me produce escalofríos. Lo medito mientras leo algunos capítulos del libro Cuando amar demasiado es depender, de Silvia Congost. Porque mientras que la visión de la agresión se asume como parte de lo que consideramos culturalmente aceptable, una idea mucho más inquietante se manifiesta: la violencia es invisible.

La autora insiste, de hecho, en que muchas veces quien sufre la violencia no es consciente de lo que padece, que más allá de lo obvio lo asume como parte de una idea mucho más elemental del deber ser social. En palabras de Congost, las víctimas "cada vez más ven las agresiones como algo natural, habitual, se acostumbran a ello, hasta tal punto de que les cuesta muchísimo salir de allí". Y el planteamiento me hace pensar no solo lo que la cultura construye como concepto de normalidad sino hasta qué punto, la violencia es indivisible de esa normalidad (aparente y siempre quebradiza) que forma parte de nuestro entorno.

Aun así, a pesar del peso de la cultura y la mirada social, podemos luchar contra la violencia, me digo. Al menos, esa es mi esperanza: asumir que no es inevitable y más allá, creer que es posible enfrentarnos a su supuesta (y pretendida) normalidad. O eso es lo que deseo creer.

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