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18/08/2018 10:30 CEST | Actualizado 18/08/2018 10:30 CEST

Mi amiga y la sonrisa más triste del mundo

chinaface via Getty Images
La noticia de la muerte de mi amiga nos tomó a todos por sorpresa: después de todo, nadie piensa en morir siendo muy joven.

Cuando me hablan sobre el aborto, no pienso en una palabra. Tampoco en documentos legales o en protestas callejeras. Pienso en una de mis amigas universitarias. Recuerdo su rostro redondo y amable de enormes ojos verdes. En la última fotografía que conservo de ella, sonríe y saluda con la mano. Está de pie frente al viejo campus del edificio en que nos conocimos. Su novio le pasa un brazo por encima del hombro. Un muchacho alto y desgarbado con las mejillas cubiertas de acné, tan joven que resulta doloroso. Él también sonríe y saluda. Ambos tienen el aspecto corriente y saludable de la felicidad cotidiana. Seis meses después de que tomé esa fotografía, ella estaba muerta y la vida de él había cambiado para siempre.

Nadie supo muy bien que ocurrió. La noticia de la muerte de mi amiga nos tomó a todos por sorpresa: después de todo, nadie piensa en morir siendo muy joven. La historia la escuché después: su madre me la contó, aterrorizada y afligida. Entre susurros. Un secreto doloroso. Me habló de un embarazo no deseado, de las discusiones a gritos. De llantos a escondidas. Traté de recordar a mi amiga durante esas semanas. Una imagen borrosa. El rostro pálido. Las manos apretadas contra las caderas. Un día dejó de asistir a clases y nadie lo notó. Recuerdo que cuando su novio también dejó de hacerlo, tuve un pensamiento casi empalagoso sobre escapadas románticas.

Poco después, la noticia de su muerte nos golpeó a todos como un cataclismo silencioso. Como si de pronto, el mundo universitario, tan carente de sentido en ocasiones — esa antesala al mundo adulto — se convirtiera en algo más duro y amargo. Una mirada a un tipo de realidad que se ignora, se minimiza, pasa desapercibida.

No me habló sobre la agonía de mi amiga, sobre los días en que batalló contra una infección tan violenta que ningún medicamento pudo curar. No me habló del novio ausente, del miedo.

— Murió con dolores — me dijo la madre de mi amiga — no sabemos qué hizo o a dónde fue. Estaba sola. Cuando finalmente pidió ayuda...

Sacudió la cabeza. Apretó los labios, los ojos enrojecidos de llanto me dedicaron una mirada dura, como si tratara de encontrar una explicación a algo que no la tenía. No me habló sobre la agonía de mi amiga, sobre los días en que batalló contra una infección tan violenta que ningún medicamento pudo curar. No me habló del terror de entender la decisión que había tomado, no me habló del novio ausente, del miedo. Del miedo por la hija, por lo que había ocurrido, por lo que había sufrido. Por la decisión que había tomado. No lo hizo pero pude imaginarlo con claridad. Una y otra vez, miré la fotografía de mi amiga, la sonrisa amable, los ojos muy abiertos. El muchacho a su lado. Una tragedia a punto de ocurrir.

Hace unos días, desperté con la noticia que el senado argentino había rechazado la propuesta de aborto legal en el país y me entristeció la certeza que aún la mujer sigue considerándose un sujeto legal menospreciado y discriminado de una manera tan directa. Pero sobre todo, al leer la información completa —el extenso debate, los argumentos morales y éticos esgrimidos, ninguno en favor de la libertad femenina— pensé en mi amiga.

En su madre que lloraba porque jamás imaginó que su hija podría practicarse un aborto clandestino. En el novio con el rostro lleno de acné adolescente que desapareció de la universidad, la vida de mi amiga, que rechazó cualquier responsabilidad. Pensé en el caso de una mujer argentina oriunda de Tucumán (norte de Argentina) que hace unos años fue acusada de "asesinato con agravantes" por haber sufrido un aborto. A pesar de que no pudo demostrarse en juicio que el aborto fue resultado de algún procedimiento médico, la joven fue declarada culpable de asesinato y condenada a ocho años de prisión. Pensé que en el Salvador se encuentran diecisiete mujeres en condiciones parecidas: todas fueron encarceladas por considerarlas sospechosas de practicarse un aborto, incluso si ocurrió de manera natural.

Los órganos reproductivos femeninos no son propiedad del Estado, tampoco de ninguna legislación.

Una vez leí que se lucha por las causas que se conocen de cerca. Las que duelen, las que hieren, las que de alguna u otra forma han tenido repercusión en tu vida y cómo comprendes el mundo. Por ese motivo estoy de acuerdo con el aborto legal. Aunque dudo si me practicaría uno. Porque no se trata de un tema moral ni tampoco religioso. Se trata de devolver a la mujer el derecho a decidir sobre su capacidad reproductora.

Estoy de acuerdo con el aborto legal porque el cuerpo de la mujer no puede ser dividido a partes y analizado como un supuesto legal. Los órganos reproductivos femeninos no son propiedad del Estado, tampoco de ninguna legislación. Porque el útero femenino no es un espacio de disputa legal y moral. Porque a pesar de las prohibiciones, millones de mujeres lo harán, arriesgando su vida, en condiciones de salubridad terribles y bajo cualquier condición criminal que se les imponga. Porque la capacidad reproductiva asociada al cuerpo de la mujer no puede ser separada de los derechos individuales e intransferibles sobre su organismo. La mujer es mucho más que un útero fértil.

Estoy de acuerdo con el aborto legal, porque cada año mueren más de un millón de mujeres por intentar practicarse abortos en condiciones deplorables. Cada año millones de mujeres son mutiladas, mueren desangradas, en medio de infecciones y dolores insoportables, por procedimientos médicos violentos o sin supervisión del personal adecuado. Solo mueren las pobres, además, las que no cuentan con los recursos de acceder a métodos rápidos y prácticamente indoloros. La mujer no debe continuar siendo un sujeto legal secundario, infantilizado y discriminado. Creo en el aborto legal porque toda mujer tiene el derecho a decidir. Lo merece, es necesario que lo obtenga.

Miro de nuevo la fotografía de mi amiga. Sonríe. La sonrisa más triste del mundo.

Este artículo se publicó originalmente en la edición mexicana del 'HuffPost'.

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