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24/01/2019 07:18 CET | Actualizado 24/01/2019 07:18 CET

Por qué todavía sigo viviendo en Venezuela

FEDERICO PARRA/AFP/Getty Images
Personas se forman en una cola para comprar alimentos básicos en Caracas. 7 de junio de 2016. Foto: FEDERICO PARRA/AFP/Getty Images.

La madre de una de mis amigas más queridas suele decir que está "sembrada" en Venezuela. Que a pesar de la durísima situación que atraviesa el país y la incertidumbre por el futuro inmediato, su opción continúa siendo mantener la la esperanza viva. Seguir insistiendo que, a pesar del desplome económico y de la tragedia mínima que se vive a diario, todavía hay mucho por lo que luchar.

La frase siempre me ha provocado una sensación de ligera ansiedad, pero también, de alguna forma refleja mi terquedad de continuar en Venezuela cuando la única opción viable parece ser la de huir. Ya no hablamos de emigrar, de un plan elaborado y meditado sobre un proyecto de vida a mediano plazo. Huir es la mejor descripción de lo que está ocurriendo ahora mismo. Y huir es quizás la opción que todavía no me atrevo a considerar.

No podría decir que estoy "sembrada" en Venezuela como la madre de mi amiga, esa preciosa imagen metafórica que resume muchas cosas. Pero debo admitir que, sin duda, parte de mi decisión de continuar en el país tiene una relación directa con el hecho que no poder darme por vencida con el futuro. De todavía, tener las suficientes fuerzas para seguir avanzando contra la corriente en medio de una situación en la que debacle cada vez es más peligrosa y cercana a la violencia. Por supuesto, formo parte de una minoría.

Huir es la mejor descripción de lo que está ocurriendo ahora mismo. Y huir es quizás la opción que todavía no me atrevo a considerar.

Hace unos semanas un buen amigo me preguntó si pensaba emigrar. Cuándo, a dónde pensaba hacerlo, en que trabajaría. Una conversación común entre los venezolanos de mi edad —aunque últimamente creo que eso ya no importa tanto— que debes sostener en cualquier lugar y momento aunque no desees hacerlo. Cuando le respondí que aún mis planes al respecto no eran del todo claros, me miró escandalizado.

—¿Cómo? pero es indispensable que ya lo tengas —me dijo. Lo miré con cierto cansancio.

—No es tan fácil una decisión semejante. Cuando lo haga, espero no tener que lamentar no haber pensado con anterioridad alguna otra opción— le respondí —emigrar no es una opción inmediata para mí.

Se encogió de hombros, con un gesto impaciente que por alguna razón me pareció irritante. O quizás se trate que lo he visto demasiadas veces, en muchas formas, repetido hasta la saciedad durante el último lustro. Al final, el país es una colección de ausencias. Un paisaje desolado en que cada vez es más evidente que el futuro se desploma a pedazos.

—No me importa si cometo errores en el trayecto. A la menor oportunidad que tenga huyo de aquí — dice mi amigo.

Lo hará, de hecho. Tal y como me lo dijo, lo único que necesita es el boleto de avión y logró adquirirlo a un precio exorbitante por supuesto, hace unos pocos días. Cuando me lo cuenta, sonríe con ganas. Llevaba meses sin verlo tan animado.

—Tengo fecha para dentro de dos meses. Venderé lo que pueda, apostillaré el título universitario si tengo oportunidad y adiós— me dice. Como me quedo callada, me dedica una rápida mirada sorprendida —¿Qué te molesta? ¡Es lo que todo el mundo está haciendo!

No es un tema sencillo o al menos, para mí no lo es. Durante los últimos tres años he despedido a la mayoría de mis parientes, amigos y conocidos. Al principio, la oleada migratoria causó desconcierto. Incluso desconfianza. Luego sorprendió por su insistencia, número y sobre todo, esa noción de pérdida —un desorden mínimo— que parece definir al hábito venezolano. Y finalmente asusta.

Comprendes que buena parte de quienes conoces están abandonando el país a la carrera, aterrorizados, afligidos, abrumados. Perseguidos por un desigual instinto de supervivencia que, al principio, no entiendes bien. Una especie de tránsito apresurado y abrupto imposible de explicar —en sus implicaciones y consecuencias— a quien no lo ha sufrido.

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Un hombre lee el periódico en las calles de Caracas. 12 de enero de 2019. Foto: YURI CORTEZ/AFP/Getty Images.
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Miembros de la comunidad venezolana en México protestan contra el gobierno venezolano en el inicio de la 47 Asamblea General de la OEA, celebrada en Cancún. 18 de junio de 2017. Foto: PEDRO PARDO/AFP/Getty Images.
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Venezolanos que habían emigrado a República Dominicana para escapar de la crisis en su país regresaron a Venezuela en un vuelo pagado por su gobierno. 6 de octubre de 2018. Foto: ERIKA SANTELICES/AFP/Getty Images.

—Me preocupa que hemos llegado a un límite de desesperación que evita nos preocupe qué ocurrirá después— le contesto —que la emigración ya no sea un proyecto, sino una tabla de salvación inmediata.

—Te preocupe o no, es lo que está pasando— me dice y de pronto la sonrisa entusiasta que le iluminaba la expresión desaparece —no me imagino quedarme en Venezuela mucho más. No me imagino soportar esto más tiempo.

"Esto" es, por supuesto, la interminable colección de dolores y tragedias cotidianas que han convertido a Venezuela en un paisaje a pedazos, sumido en la devastación de una guerra que aún no ha ocurrido. Por casi veinte años el país transita una crisis económica, política y social cada vez más profunda y dura, sin que exista el más mínimo indicio de mejoría.

Al final, el país es una colección de ausencias.

No es fácil asumir que el lugar donde vives perdió el norte y se transformó en una circunstancia inevitable. Que el futuro no es otra cosa que incertidumbre. Que no hay una oportunidad cierta de progreso, bienestar e incluso, algo tan sencillo como un tipo de tranquilidad doméstica muy específica. Venezuela es un campo de batalla ideológico, en medio de una debacle económica de proporciones imprevisibles. Pero, sobre todo, un experimento cultural fallido. Una estafa histórica monumental.

Pero yo insisto en quedarme. Lo pienso mientras ordeno mis apuntes para varios artículos que debo entregar en fecha límite. También reviso un lote de fotografías que un cliente espera con impaciencia. Trabajo más que nunca, para obtener mucho menos dinero que en cualquier otra época de mi vida. Pero puedo sostenerme, puedo mantenerme en pie. Más tarde, iré a comer con varios de mis amigos —"el grupo de los sobrevivientes", nos bautizó alguien del grupo con buen humor— y después tendré una reunión con la organización feminista con la que colaboro. Por la noche, me dedicaré a obsequiar libros y a participar en un curso de lectura en el que participo. La vida continúa. A pesar de todo. Quizás por todo.

¿Por qué sigo en Venezuela? No hay respuesta sencilla para eso ni espero que la haya.

Quizás se trate de una combinación de ingenuidad, de una notoria necesidad de creer que el país en el que nací y crecí puede reconstruirse. Que puede ser el proyecto a cuatro manos de los empecinados, los convencidos que la crisis es otra manera de construir la esperanza."¿Eso es suficiente?" pienso mientras río a carcajadas entre mis amigos. Una comida sencilla, ya nadie puede darse demasiados lujos en este país, pero deliciosa. La ciudad brilla al fondo de la ventana, el viento de montaña llena de buen olor la pequeña terraza en que nos encontramos.

Y, de pronto, Venezuela es algo más que la violencia, la escasez, el hambre y el miedo dictatorial. Es casa, mi hogar, quizás un trozo de mi futuro. No lo sé todavía, con claridad.

Franco Origlia/Getty Images
Vista de Caracas, 9 de abril de 2018. Foto: Franco Origlia/Getty Images.