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04/07/2012 09:58 CEST | Actualizado 02/09/2012 11:12 CEST

Motta y los visigodos

2012-07-03-eurocop.jpg Dice el poeta que el legendario carácter competitivo de los italianos nace de las múltiples invasiones sufridas por esa península. Esas cosas, a la larga, curten.

Thiago Motta cae al suelo durante la final de la Eurocopa 2012. Foto: KERIM OKTEN / EFE.

Dice el poeta que el legendario carácter competitivo de los italianos nace de las múltiples invasiones sufridas por esa península. Esas cosas, a la larga, curten. "Sí, Luca, soy Beppe, bájate con el mandoble que hay aquí unos bárbaros de peligroso aspecto quemando la casa de Paolo. Sí, sí, cálzate tranquilo, te espero aquí". Y así durante centurias. Esta buena gente está habituada a las guerras y lógicamente tiene un talento especial para el fútbol. "¿Qué les pasó el domingo?", se preguntarán. Sencillamente, que escucharon el grito de Gandalf: "Las espadas aquí ya no sirven".

Efectivamente, los italianos tienen una peculiar sabiduría para afrontar las finales. Están acostumbrados a ganar, pero cuando eso no es posible, encajan golpes, goles y derrotas con cierto sentido de la dignidad, con cierta nobleza. Reniegan de forma barroca y listos. El grito de Gandalf que oyeron al inicio de la final de la Eurocopa no fue cosa de ningún barbudo amigo de los psicotrópicos, sino de un centrocampista tranquilo que responde al nombre de Xavi Hernández. Pidió el balón y finiquitó la historia. Italia entera lo asumió con tres hermanos a la cabeza: Nicola y Stefano Perobelli, junto a su amigo Babo Bartoli; los tres acababan de celebrar la boda del primero en Venecia.

Al inicio de la segunda mitad ya tenían asumida la derrota. Avanzaban como un río manso hacia el fatal desenlace sin mayores dramas. Pero entonces apareció el genuino malandro de turno para joderles la seratta. Prandelli metió en el campo a un tal Thiago Motta. Brasileño de porte distinguido y nacionalidad italiana, se había criado en La Masía. Siempre fue, de todos los brillantes cariocas de la casa, el que tocaba mejor el balón a primer toque. A eso se dedicó estupendamente hasta que decidió liderar el clan de la caipirinha que enterró al equipazo de Frank Rijkaard.

La escasa profesionalidad de Motta escandalizó a muchos en la capital catalana durante años. Pero el fútbol, sin embargo, le cubrió de gloria. Dejó el Camp Nou con una Champions y amarró otra años después con el Inter. A día de hoy vive de los petrodólares del PSG; como les ocurre a los italianos, difícilmente los aficionados franceses conocerán lo que hizo en abril de 2003. Dio dos plantones consecutivos a un periódico. Al tercer día, apareció con un retraso vergonzoso, una hermosa sonrisa y un horrendo disfraz de rastafari. Su pachorra contrastaba con lo que tenía que hacer aquel sábado: cubrir a Ronaldo como central de emergencia por las múltiples bajas que tenía el Barcelona. Aquel sábado, el fútbol se cobró lo suyo: Motta se lesionó en el sprint en el que Ronaldo hizo el 1-1 y silenció el Camp Nou. Aquella lesión recordó a muchos que Van Gaal tenía razón cuando acusaba a sus futbolistas más abúlicos de convocar los problemas musculares con su pésima actitud.

La historia iba a repetirse en la final de la Eurocopa: Italia fió la remontada al tercer cambio y Motta, que ya había estado lesionado en este mismo torneo en el bíceps femoral, aguantó media carrera antes de tenderse sobre el césped y dejar a su equipo con 10. Ahí comenzó el verdadero sufrimiento de los tres hermanos Perobelli. Aguantaron como pudieron el tercer gol español y hasta el cuarto. Pero con ese terrible marcador, estallaron cuando vieron a Ramos tratando de marcar el quinto de taconazo. Bramaron y maldijeron la falta de respeto del mejor central de la competición. Invocaron tormentas de fuego sobre Camas. Blandieron los códigos de este deporte.

Todo ese atropello, sin embargo, no hubiese ocurrido sin la estelar intervención del hombre que protagonizó todas las tertulias italianas al día siguiente: en efecto, la lesión de Motta cercenó todo intento de remontada. Es posible que contra Gandalf no hubiera espada que valiera. Pero para intentar doblegarle, Italia nunca debió recurrir a un futbolista que nada oyó en la cuna sobre invasiones visigodas y que siempre ha despreciado su buena suerte. Porque el fútbol, al final, siempre se cobra sus venganzas.

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