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27/12/2016 07:22 CET | Actualizado 27/12/2016 07:22 CET

La desocupación del cuarto poder: opciones y futuros

periodicoLa actual revolución de los medios no puede quedarse en cambiar su modelo de negocio sino que tiene que volver a conectar a los lectores, a los actuales y a los futuros, con el mundo que les rodea. La crisis actual ha abierto una oportunidad, quizá definitiva, para reconciliar a la sociedad con la prensa y construir un nuevo pacto social.

Foto: ISTOCK

El pasado mes de junio se cumplieron treinta años de la publicación en el diario The Washington Post de un artículo del que fuera su director gerente, Howard Simons, titulado Poder y culpas de la prensa. El autor reflexionaba sobre los motivos por los que la prensa estaba siendo cuestionada. "La industria periodística -decía Simons en 1986- se siente actualmente combatida, discutida, no amada, y considera que su labor no es reconocida". Treinta años después, sumergidos en la mayor revolución de la prensa después de la imprenta, la aparición de Internet, el desapego social hacia el cuarto poder -y para algunos el más importante para sostener la pluralidad y la democracia- ha crecido aún más. Por eso, lo que hoy deberíamos preguntarnos es si a lo largo de estos años ha habido alguna reacción para recuperar la consideración hacia la prensa y recomponer su crédito. O si, por el contrario, los medios han seguido abundando en los motivos del desapego.

Las argumentaciones de Simons para explicar las dificultades de los periodistas para cumplir su misión (presiones externas e internas, falta de tiempo, rapidez...) no parecen suficientemente convincentes para que la sociedad perdone, o se haga cómplice, de sus errores (las inexactitudes y exageraciones o los conflictos de interés). El viejo editor desmitificaba las idealizaciones que lastraban el crédito de los periodistas y explicaba por qué los periódicos eran inevitablemente un producto inacabado. Sin embargo, a pesar de ello, durante los últimos años, la tolerancia con los medios se ha reducido dramáticamente. La brecha del desapego se ha agrandado. Las imprecisiones y los conflictos de interés han incrementado su descrédito y deslegitimación. Los lectores no pueden perdonar la intencionalidad con la que en ocasiones algunos medios han practicado la inexactitud. Esto ha hecho que la desconfianza pese cada vez más en su relación con la prensa. "Las premisas de la Ilustración están muertas -advertía Arnold Gehlen-, sólo sus consecuencias (en nuestro caso, la supervivencia de los periódicos) continúan en marcha". Este diagnóstico, recogido por Jürgen Habermas en El discurso filosófico de la modernidad, podría ser aplicado al mundo de la prensa: los principios que posibilitaron su aparición están siendo dilapidados por su inmaterialidad.

"Tanto el mundo político como los medios de comunicación -advertía Philippe J. Maarek en su obra Marketing Político y Comunicación- parecen haber experimentado en estos últimos años un similar descrédito. A los políticos se les reprocha el hacer una política de politiqueo, atentos a sus intereses personales. En cuanto a los medios de comunicación, los ciudadanos, al verse asaltados por informaciones no verificadas, o por una acentuada espectacularización de la política, perciben que los medios y los políticos configuran muchas veces una extraña alianza".

El desapego hacia la prensa tiene actualmente una dimensión y unas consecuencias mucho más trascendentes de lo que hace treinta años nadie podía imaginar. Ni siquiera Simons. La persistencia en los errores ha consolidado un desafecto que parece crónico hacia el cuarto y último poder de la democracia. La asfixia ha abierto nuevas grietas por las que se han colado los nuevos medios sociales, en los que el informado pasa a ser informante y el antiguo informante, el informado (las redes sociales son ya una de las principales fuentes de información de los periodistas). En el siglo pasado, el periodismo no tenía alternativa. Pero hoy en día, sí.

Si a los periodistas y a los medios se les premia por los clics que generan sus noticias, seguramente acabaremos sumergidos en el infotainment (informaciones orientadas exclusivamente a entretener al lector como espectador).

Aunque el nuevo modelo de comunicación no subsane las causas del desapego, existen alternativas que favorecen el acceso a la información sin pasar por los medios de comunicación tradicionales. Las malas prácticas periodísticas han abierto oportunidades inmejorables a los nuevos medios digitales para recomponer las relaciones entre los receptores de las noticias (la sociedad) y sus creadores. Con la aparición de los agregadores de noticias, quien jerarquiza las noticias no son los medios, sino los lectores. Creo que si Howard Simons leyera de nuevo su artículo, recompondría el final: "Todos [los periódicos] -decía- tienen sus defectos. Pero, y es un pero terriblemente significativo, si los periódicos no sacan a la luz las noticias y las publican, si no llevan a cabo las investigaciones y no hacen los comentarios, si no examinan los problemas y los denuncian, entonces ¿quién lo hará?"

Los nuevos medios, los nuevos informadores e influenciadores se han convertido en el nuevo sujeto de la comunicación informativa. "Quien no pueda tomar partido -recomendaba Walter Benjamin en La técnica del crítico en trece tesis-, que se mantenga en silencio". Por eso, a pesar de las debilidades del nuevo modelo, que las tiene y muchas, hay que reconocer que una parte, cada vez mayor, de la gente satisface sus necesidades informativas al margen de los medios convencionales (agregadores, redes sociales, blogs,...).

Al igual que al enfilar su contemporaneidad Hegel anticipó la dimensión de los cambios que se estaban produciendo, de nuevo ahora podemos afirmar que "no es difícil ver que nuestro tiempo es un tiempo de nacimiento y de tránsito a un nuevo periodo". El acceso a los nuevos medios surgidos alrededor de Internet podría considerarse al mundo de la comunicación, surgida de las democracias burguesas del siglo XIX y XX, lo que los movimientos sociales de estos últimos años en Europa al mundo de las instituciones políticas (partidos, sistema de representación, formas de participación,...) del futuro. Una gran revolución que, como el filósofo alemán advirtiera hace más de doscientos años, anticipa un cambio de época.

El cuarto poder se ha fragmentado. Se ha repartido entre los clásicos y los nuevos actores. La sociedad está desahuciando a los inquilinos de renta antigua. De la delegación y la representación hemos pasado al de la autosuficiencia y la cooperación. Pero las reglas del juego de este modelo siguen sin transparentar los intereses y condicionantes con los que los medios sociales, las nuevas plataformas de contenidos online, reconstruyen la realidad. Quizá Simons reconocería que los vicios de la prensa, con el paso del tiempo, son los mismos que los del poder. Los nuevos jugadores comunican e informan sobre lo que les rodean de acuerdo a sus intereses y a sus lectores. Sin embargo, sus reglas de juego, el modo en el que usan la información, no son explicitadas. Los nuevos medios mueven su oferta informativa sobre el éxito de sus audiencias, y no sobre el modo en el que las consiguen.

Si a los periodistas y a los medios se les premia por los clics que generan sus noticias, seguramente acabaremos sumergidos en el infotainment (informaciones orientadas exclusivamente a entretener al lector como espectador). En ese caso, las noticias referidas a muchos de los asuntos que hoy conocemos gracias a la prensa dejarían de estar presentes en su radar informativo. "Todas las cosas sometidas a un proceso incontenible de mezcla y contaminación -sostenía Benjamin- pierden lo que es su expresión esencial, de modo que lo ambiguo ocupa actualmente el lugar de lo auténtico".

El nuevo modelo premia más la distribución (la capacidad de amplificación) que la producción (la creación de la noticia). La inversión ya no es una barrera. Pero, ¿pueden todos los ciudadanos convertirse en periodistas? Lo que hoy criticamos a los medios es lo que previsiblemente, dentro de unos años, aunque ya existen razones de sobra para hacerlo, cuestionaremos del nuevo modelo. El entorno digital y los nuevos medios no tiene ningún código de conducta: transparencia de intereses, criterios editoriales, principios deontológicos... Este cambio de modelo exige hacer transparentes los principios e intereses que hay detrás de cada iniciativa. Tan importante como el cambio es aclarar las leyes con las que podemos aplaudir o censurar el comportamiento de esta revolución.

Aunque mi visión sobre el periodismo varió tras leer este artículo, una de las reflexiones que más me impactó fue la última: "La mayoría de los periódicos se centran en las malas noticias porque está en la naturaleza de los periódicos iluminar la oscuridad antes que reflejar la luz y en intentar que la gente sea honrada antes que informar sobre la gente honrada". Esta consideración contrasta, paradójicamente, con lo acontecido durante el periodo de abundancia que precedió a la crisis actual. La falta de afecto hacia los medios, tras la crisis vivida estos últimos años, en el que el silencio mediático que precedió a las causas que la provocaron fue una causa eficiente del desastre, ha arrastrado a los medios y a los periodistas al infierno del descrédito.

Los medios ya no son el único canal para acceder a una información de alcance. El actual periodismo, más volcado hacia lo viral y masivo -hacia el trending topic- podría condenar a la invisibilidad a muchos acontecimientos que los medios tienen que contar para contribuir a que la política cumpla con su función, la gente sea honrada, los desequilibrios sociales y medioambientales puedan ser percibidos y el submundo que se esconde en los continentes con menor desarrollo o en la periferia de los países ricos salga a la luz. "Las zonas neutras -escribió Patrick Modiano En el café de la juventud perdida- no son sino un punto de partida y, antes o después, nos vamos de ellas".

La actual revolución de los medios no puede quedarse en cambiar su modelo de negocio sino que tiene que volver a conectar a los lectores, a los actuales y a los futuros, con el mundo que les rodea. La crisis actual ha abierto una oportunidad, quizá definitiva, para reconciliar a la sociedad con la prensa y construir un nuevo pacto social. Creo que Simons también lo vería así.

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