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06/12/2014 09:56 CET | Actualizado 04/02/2015 11:12 CET

Abajo en los infiernos: el negro americano de Obama

El incidente de Ferguson ha puesto al descubierto una herida que continúa sin cicatrizar en el corazón de la república estadounidense. Un corte profundo que sangra abundantemente pese a los esfuerzos del Gobierno federal y resto de instituciones políticas, educativas y económicas por ocultarlo tras las vendas de unos mitos reconciliadores durante los últimos 45 años.

"A veces simplemente nos enamoramos de mentiras. Las mentiras pueden generar algo de amor profundo. Puedes ser un adicto a la mentira y a la falsedad como una forma de lidiar con la vida. Puedes caer en la ilusión, la desilusión, la decepción y el engaño. Estoy preocupado por la generación de los jóvenes. Las tradiciones no son cosas que sencillamente heredamos. Tienes que luchar por ellas. Si quieres mantenerlas vitales, vibrantes y fuertes, tienes que estar dispuesto a sacrificarte por ellas. Los negros nunca hemos tenido el lujo de creer en la inocencia de América. Aunque hemos experimentado lo peor de América, todavía creemos que la mejor América puede emerger.".

Cornel West. Hope on a Tightrope (2008).

El incidente de Ferguson ha puesto al descubierto una herida que continúa sin cicatrizar en el corazón de la república estadounidense. Un corte profundo que sangra abundantemente pese a los esfuerzos del Gobierno federal y resto de instituciones políticas, educativas y económicas por ocultarlo tras las vendas de unos mitos reconciliadores durante los últimos 45 años.

Al observar no solo lo que ha ocurrido en esta ciudad de Misuri, sino cómo ha ocurrido, cualquier ciudadano del mundo puede sentir un vuelco en su propio corazón al experimentar que una civilización no es destruida por gente malvada; no resulta necesaria la acción de personas conscientemente maliciosas, basta con que predomine gente sin carácter ni determinación.

La bajada a los infiernos que se ha producido en el centro de EEUU y que ha seguido atento el resto del mundo (huérfano irreversible de modelos de ejemplaridad cívica y humanística en los que inspirarse) me ha llevado a recordar los pilares morales que, pese a continuar sin haber logrado sus objetivos prácticos, aún recorren las bases del movimiento negro de liberación.

James Baldwin, uno de los intelectuales y activistas afroamericanos más influyentes del siglo pasado, en su seminal ensayo de 1963, The Fire Next Time, evocaba un episodio sobre la discriminación que sufrió junto a dos amigos, veteranos de la guerra de Corea, en un bar del aeropuerto de Chicago, cuando un camarero rehusó servirles bebidas alcohólicas por considerar que uno de ellos podía ser menor de edad. Como describe Baldwin, aquel trabajador blanco "no había aprendido a distinguir el aspecto que tiene un joven negro de veinte años de otro de treinta y siete.". Tras discutir airadamente, terminaron sirviéndolos para no suscitar un escándalo mayor, pero ya con las copas en la mano la amargura los inundó, ya que nadie entre el resto de las personas blancas que estaban en el local intercedió por ellos. De pronto, un joven se acercó y los preguntó si eran estudiantes. Uno de ellos le respondió que no tenían ganas de hablar con él, ya que cuando lo habían necesitado no había hecho nada por ayudarlos, pues, no se había dado cuenta que la pelea que habían tenido en aquella vulgar barra de bar era también su pelea. Entonces, el joven reconoció que "había perdido su conciencia hacia mucho tiempo", y se fue. Baldwin en ese preciso instante sintió que "años atrás, habría odiado a toda esa gente con todo mi corazón. Ahora los compadezco, los compadezco no en el sentido de despreciarles. Y esta no es la forma más feliz de sentir algo hacia un compatriota.".

El sentimiento que afloró en Baldwin es sumamente complejo por las contradicciones que suele llevar implícito en situaciones de evidente injusticia. Parece probable que a su tristeza por constatar que la ignorancia hacia la dignidad del hombre negro viene provocada culturalmente, asentándose en la psique y en el proceso mental de razonar de cada uno (y que él mismo había experimentado cientos de veces por haber sido educado en el mismo sentido por los profesores liberales blancos que lo habían instruido), hubiese que unir el temor por la inevitable confrontación violenta contra otra raza. El contagio afectivo surge así del tormento por ser capaz de sentir la fragilidad humana en los miembros de la clase explotadora, los mismos que siempre han tratado de justificar con la contundencia que fuera necesaria el orden natural por el que la élite de la minoría blanca debe ejercer el poder de las cosas del cielo y de la tierra sobre el resto de la mayoría de razas y clases sociales.

De esta línea argumental extraigo un elemento crucial sobre el que quiero reflexionar: la dicotomía entre la doctrina de la no-violencia frente a la doctrina de la violencia-necesaria que late en la inconsciente político del movimiento negro de liberación, ya que es de esa dialéctica y del conjunto de factores socioeconómicos que la envuelve, de donde surge el fuego desatado en Ferguson.

Desde un punto de vista político, la postura de la no-violencia ha sido siempre considerada como un ingrediente virtuoso del activismo negro por parte de la élite institucional, dado que era un modo de aliviar la sensación de amenaza sobre el modo de vida y el marco legal establecido por los blancos. "En los Estados Unidos, violencia y heroísmo han sido sinónimos salvo cuando aquella viene realizada por negros (...)", consideraba Baldwin.

¿Cuáles son los objetivos de esta doctrina de transformación social aplicada sobre la discriminación y la desigualdad?

Para descifrarlos hay que dirigirse al origen. Su precursor nuclear fue Martin Luther King, Jr., que fue educado en las directrices del pensamiento teológico protestante pero en su rama más liberal. Así, el optimismo hacia la bondad de la naturaleza humana, el acento en la formación de una comunidad bien avenida, la actividad ética hacia el prójimo y el amor como virtud esencial para el desarrollo cristiano, formaron los resortes intelectuales de su mentalidad como activista y pastor. Pero en el pensamiento de King también tuvo un gran impacto los estudios que cursó sobre la filosofía de Hegel y el método de la dialéctica como sistema de coherencia racional (completados en la universidad de Boston durante su período doctoral de la mano de Edgar S. Brightman), y la trascendencia revolucionaria del pensamiento político de Gandhi.

De esta heterogénea confluencia elaboró un discurso complejo de principios y creencias para llevar a cabo una ambiciosa metamorfosis de la sociedad estadounidense. El punto central de su teoría consistía en asumir que el sufrimiento inmerecido es redentor; una fase histórica de sufrimiento es la antesala a la consecución definitiva de la justicia. "Igualaremos vuestra capacidad para infligir sufrimiento con nuestra capacidad para encajar sufrimiento. Confrontaremos vuestra fuerza física con nuestra fuerza espiritual. No os odiaremos, pero no podemos con toda nuestra buena conciencia obedecer vuestras leyes injustas.", esgrimió King en Stride Toward Freedom. Precisamente, la última conexión externa de su discurso es con el razonamiento de Thoreau para presentar una justificación moral para desobedecer ciertas leyes si éstas son evaluadas como absolutamente injustas en términos morales ("No es tan deseable cultivar el respeto por la ley como hacerlo por lo correcto.").

La conexión interna del discurso de King se establece con la herencia de la teología de la Iglesia Negra en Estados Unidos. El amor ágape y la esperanza de liberación fueron durante el siglo XIX los principales valores éticos que trasmitían las congregaciones fundadas por negros libres. En tal concepción, las relaciones humanas debían preservarse de caer en la venganza, y encaminarse obligatoriamente hacia el diálogo para lograr la justicia. El viaje teleológico de fondo reside en creer que el pueblo afroamericano es el elegido de Dios para redimir a toda la nación estadounidense.

En todo caso, el "sueño" de King al comienzo de la década de 1960 era lograr la integración de los negros en la sociedad blanca, algo que creía posible a través del apoyo de la clase liberal y de los altos funcionarios del Gobierno federal, dado que en una gran proporción contaban con aquello que él consideraba fundamental: una educación y una sensibilidad suficientemente cultivadas como para generar en ellos un carácter que no podría ser indiferente con la segregación que los negaba su humanidad como grupo. Ingenuo al principio, fue desenamorándose de esta posibilidad en sus últimos años de actividad. Antes que lo asesinaran, llegó a reconocer en un discurso que su sueño "se había convertido en una pesadilla", lo que le llevó a rectificar muchas de sus posiciones y entender con menos rechazo el sesgo radical de Malcolm X y los Nacionalistas.

De algún modo, King terminó de darse cuenta de que la lógica económica y la estructura de clases sociales demandaban la perpetuación de la pobreza (entendida ésta como trabajadores ocupando puestos en condiciones indignas). El racismo es en sí mismo un dispositivo de facilitación para realizar dicha lógica. Por ello, era vital incorporar al discurso espiritual otro elemento: la transformación del modelo productivo. La integración por la vía de la simple convicción moral tenía todas las posibilidades de convertirse en un relato utópico (lo que ocurrió) al transfigurarse en un mito agradable ("a dream") que la clase blanca liberal estadounidense todavía hoy en día sigue utilizando como parte de un programa social por realizar.

En el otro extremo estuvo Malcolm, quien fue cautivo de las condiciones materiales más extendidas entre los miembros de su comunidad. Creció en un gueto de Detroit, abandonó la escuela antes de acabar la educación primaria, delinquió y fue a la cárcel. En toda su vida, jamás experimentó la epifanía que tanto apasionó a King. Para él, el hombre blanco está impedido para mostrar compasión y conciencia hacia el hombre negro; en su caso, siempre contempló a América "desde los ojos de la víctima". La doctrina de Malcolm, similar a la del líder musulmán Elijah Muhammad (del que fue discípulo), no era un enardecimiento de la violencia como instrumento necesario para traer el cambio, sino la desmitificación del relato de la integración real y, por lo tanto, tal y como había hecho el nuevo Estado de Israel, la comunidad negra debía pasar a reclamar con la fuerza necesaria su espacio de libertad para realizar sus derechos fundamentales.

Es sencillo admitir que el planteamiento de King, en apariencia, resulta mucho más saludable y mentalmente estable que el ostentado por el frente nacionalista de Muhammad y el propio Malcolm, ya que, sin duda, éstos recurrían a una determinación patológica para alcanzar sus fines políticos. Pero lo cierto, tal y como diagnosticó el celebre psicólogo afroamericano Kenneth Clark, es que la ambición de reconciliación de King también tuvo un carácter patológico por irrealista en términos de materialización, al afirmar que el amor al opresor por parte de sus víctimas debía ser el arma más eficaz para revocar el abuso moral, empujando la psique de los agredidos, incluida la suya misma, hasta unos niveles de estrés probablemente intolerables.

La foto viral del joven de 12 años abrazando entre lágrimas a un oficial de policía en Portland, situada en el contexto de las múltiples protestas que han tenido lugar por todo Estados Unidos ante la absolución de Darren Wilson, puede servirnos como símbolo de todo este trasfondo de impotencia y de clara tensión psíquica. Al contemplar la imagen, la evidencia que queda en la superficie, unida al impacto positivo que ha tenido entre la comunidad blanca liberal (que ha soltado aire por la distensión que traslada el gesto), es la abducción del débil por el fuerte.

Como se observa, la catarsis del derrumbe viene de parte del niño, incapacitado por los acontecimientos para operar de un modo racional y encontrar la generación de una salida alternativa para que él y su comunidad puedan prosperar. Al final, por medio de la entrega (en forma de abrazo fraternal), su cuerpo parece encontrar el sustento en algo que lo impida caer en el vacío existencial, aunque sea agarrándose al esqueleto de su opresor, pero también puede que estuviera presente el mismo sentimiento que tuvo Baldwin en Chicago, y que aquello que expresa su rostro sea la compasión por alguien que probablemente nunca pueda concederlos la libertad material que merecen.

James H. Cone, otro de los intelectuales afroamericanos contemporáneos más destacados y comprometidos, ha profundizado en la impracticabilidad de la pureza que demandaba la postura de King. Para Cone, la perspectiva de la teología negra para el presente siglo, y que el incidente de Ferguson expresa en toda su dimensión, debe comenzar por reconocer que las personas e instituciones que se benefician de la injustica social, política y económica, difícilmente podrán ser quienes cambien la situación de un modo drástico. En su pesimismo, advierte que "ningún grupo de personas va a hacer el bien o lo correcto, a causa de las exigencias de la fe por sí sola (...) Parece que a los blancos los ha estado permitido hacer lo que quisieran hacer durante tanto tiempo que consideran a tanta inhumana invasión de la humanidad negra como sinónimo de su libertad.".

Si consideramos el infierno desatado en Ferguson, esta afirmación no tiene ni una pizca de naif, especialmente cuando nos enteramos que Wilson, con apenas 28 años y con una limitada trayectoria como agente de la ley (comenzada en 2011), sin arrepentirse de haber disparado a Michael Brown, decide dimitir de su puesto para no poner en peligro las vidas de sus compañeros de profesión a manos de una supuestamente "vengativa" comunidad negra.

Soy muy consciente de que mi capacidad para la empatía con la comunidad negra estadounidense podrá ser amplia pero, a la vez, estará siempre limitada a un punto máximo, precisado por mi educación, mi cultura y mi experiencia vital, muy alejadas de la explotación esclavista de sus antepasados y de la brutal discriminación que sufren actualmente en los guetos urbanos donde viven. Sin embargo, sí puedo estar plenamente de acuerdo (tanto intelectual como emocionalmente) con la indagación política y antropológica que lleva a cabo Cone para sostener que cualquier grupo humano que preserva el poder para sí mismo, es altamente improbable que voluntariamente lo ceda a los que están desposeídos de él. Desde el punto de vista del materialismo histórico, la libertad no es ni ha sido nunca un regalo, siempre ha sido tomada.

Martin Luther King Jr., en su disertación doctoral sobre la concepción de Dios de Henry Nelson Wieman y de Paul Tilich, adoptó una síntesis personalista para poder conectar el liberalismo teológico de carácter progresista con su propia herencia de grupo oprimido, y lo hizo con un talento deslumbrante para el sermón, infundiendo energía renovada en la vieja creencia que dimensiona el mito de la teología negra:la escatológica esperanza de libertad. Quizás es ahí donde esté residiendo la trascendencia de la batalla que todavía hoy mantiene la comunidad negra contra el sistema de desigualdad capitalista. Una comunidad que vive tremendamente desgastada por el crimen (la población penitenciaria de EEUU, en 2013, alcanzó aproximadamente los 1,6 millones de presos, con un 38% de afroamericanos, 35% de blancos y 21% de hispanos) y por unos niveles de pobreza desesperados. Por tanto, la sensación apremiante destilada por la evolución histórica es que no es suficiente con destruir el racismo para que pueda cerrarse la lucha por la libertad. El ciudadano negro será libre por él mismo, pero también por la acción de otros que sientan empatía con su situación de exclusión porque ellos mismo también formen y se sientan parte de ese eslabón débil. King había discernido esta verdad, y era a través de esta revelación, y no de ningún otro elemento distinto, de donde extraía el aplomo para trasmitir su mensaje.

Será necesaria la construcción de un nuevo discurso compartido donde esté mutualizado el sufrimiento interracial fruto de una superestructura económica que exprime valor funcional de mantener a ciertos sectores de la sociedad en la ignorancia intelectual, el servilismo en creencias, la impotencia emocional y la pobreza material y que, además, como ocurre en otras sociedades occidentales, impulsa políticas para que sean las clases trabajadoras más humildes (como ocurre en el caso de los agentes de policía) las que, sin una capacidad real de resistencia ante el poder, actúen como operarios explotadores de esas capas desprotegidas que forman los más débiles.

No será fácil acceder a ese discurso colectivo de interconexión entre la diversidad de ideologías, religiones y etnias para fundar otro orden social. El funcionamiento del capitalismo lo suele impedir con gran destreza. Como prueba de ello, la minoría hispana está empezando a ser percibida en el horizonte de la evolución socioeconómica e institucional de EEUU con mucha mayor confianza que la comunidad negra o, lo que es lo mismo, la identidad y los derechos de los hispanos se están articulando con la forma de un discurso sin ningún punto de contacto o relación evidente con la América Negra (Ver el reportaje publicado en EL PAíS SEMANAL el domingo 30 de noviembre bajo el curioso título La nueva revolución americana).

En generaciones venideras, se recordará que el pecado de los hombres y mujeres de raza negra, consistente en haber sido esclavos durante demasiado tiempo, permaneció relativamente estable en el centro de la mentalidad de la época en que Obama fue el primer presidente negro de los Estados Unidos.

Mientras tanto, una vez se consuman las cenizas de los disturbios y las protestas, cuando la sociedad estadunidense vuelva a recostarse esperando pasivamente al siguiente incendio racial, la pobreza continúa extendiéndose.

Entre la opinión pública europea se acepta la falsa creencia de que la "crisis" ha sido superada en EEUU, ya que su tasa de desempleo ha empezado a disminuir y su sistema financiero, mediante el espectacular endeudamiento del Estado, ha logrado salir de la bancarrota, frenando el pánico y dando confianza a los inversores. Sin embargo, la realidad social es bien diferente.

El National Poverty Center de la Universidad de Michigan ha contabilizado que en 2013 había 1.65 millones de hogares (con 3.55 millones de menores viviendo en ellas) en la extrema pobreza (la definición de "extrema pobreza" del Banco Mundial aplicada en el estudio es "aquella persona que sobrevive con menos de 2 dólares al día o 8 dólares por familia de cuatro miembros"). En 1996, únicamente había 636.000 hogares estadunidenses identificados en esa situación tan dramática. En 2013, la atractiva ciudad de New York tenía ya 50.926 personas sin hogar vagando por sus calles (según datos de Coalition for the Homeless).

Al mismo tiempo, emerge una segunda explotación del pobre, puesta de manifiesto, por ejemplo, en el trabajo de Gretchen Purser, profesora de sociología en la Universidad de Syracuse. Para su tesis, Purser pasó un tiempo en 2010 con un grupo de afroamericanos, ex reclusos y sin hogar, a los que una empresa inmobiliaria de Baltimore pagaba 6 dólares la hora para que desalojaran a los inquilinos que no pagaban el alquiler de sus complejos de viviendas.

En el mismo sentido, el U.S Departament of Agriculture estimó que en 2013, el 14% de la población (47 millones) recibió cupones de comida del Supplemental Nutrition Assistance Program o SNAP. En promedio, el SNAP representa un gasto de 150 dólares mensuales por beneficiario y una inversión de unos 4.000 millones de dólares anuales, el 2% del presupuesto federal. El 25% de los que reciben la ayuda de este programa son personas de raza negra en el umbral de pobreza o por debajo. Pero lo llamativo es que los antiguos cupones de papel se han transformado en un sistema de tarjetas de crédito, cuya lucrativa gestión recae en un concesionario como JP Morgan Chase, de lo que puede deducirse que el incremento de "nuevos pobres" está siendo un buen negocio para, al menos, esta entidad.

La rabia desatada en Ferguson ha sido otro escenario más de la larga batalla por la economía y la dignidad de los seres humanos. La certeza de la síntesis implícita es que la ilusión y el desengaño que percibió Martin Luther King Jr. no han dejado de formar parte del mundo real (la materia) que puebla América.

"No voy a matar a nadie en Mississippi... (o) en Vietnam. No voy a prestar atención a la guerra por más tiempo. ¿Sabéis qué? No me importa a quien no le guste lo que digo. No me importa quién me critique en un editorial. No me importa que una persona blanca o negra me critique. Voy a pegarme con el mejor. En algunas circunstancias, la cobardía hace la pregunta, "¿Es seguro?" La conveniencia hace la pregunta: "¿Es político?" La vanidad hace la pregunta, "¿Es popular?" Pero la conciencia hace la pregunta, "¿Es lo correcto?" Y llega el momento en que un verdadero seguidor de Jesucristo debe tomar una posición que ni será segura ni política ni popular, pero él debe tomar esa posición porque es lo correcto. De vez en cuando cantamos a este respecto, "Si tienes razón, Dios peleará tu batalla". Me voy a pelear por el mejor en estos tiempos maliciosos." (Guidelines for a Conservative Church. Sermón del 5 de junio de 1966. Iglesia baptista de Ebenezer, en Atlanta).

A mi modo de ver, esa foto tomada en Portland no puede ocultar a nuestra consciencia la mentira de la que resulta tan fácil enamorarse, y es que el racismo también puede abrirse paso en nuestra mente de un modo inconsciente, algo que sucede cuando repentinamente la compasión que sentimos hacia el débil se transforma en miedo, justo cuando éste decide mostrar carácter, fortaleza y se defiende. La crisis en Estados Unidos no ha terminado, continúa en su máximo apogeo.

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