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29/10/2018 07:20 CET | Actualizado 29/10/2018 07:20 CET

La realidad de los 'millenials'

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Cuando yo nací, en el año 1990, el Muro de Berlín ya había caído, y la Unión Soviética se había estrellado en Afganistán, su Vietnam particular. Francis Fukuyama escribió El fin de la historia y el último hombre en 1992: un libro que pecó de ser demasiado optimista y cuya tesis central era que, con la victoria del bloque liberal en la Guerra Fría, habíamos llegado al fin de la Historia, siguiendo el pensamiento hegeliano. Pocos años después, en 1996, El choque de civilizaciones de Samuel P. Huntington expuso lo contrario: la nueva configuración del Orden Mundial no acabaría con las guerras, sino que daría lugar a tensiones geopolíticas con las civilizaciones como punto de partida, agrupadas en torno a sus vínculos religiosos o culturales.

En los años noventa, la economía europea creció considerablemente: el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea nos mostró la idea de una Europa unida, el sueño de De Gasperi, Adenauer, Schuman y Churchill hecho realidad. Sólo España estaba en crisis. Durante la última legislatura de Felipe González, nuestro país estaba contaminado no solo por los casos de corrupción y el agotamiento del Partido Socialista, sino por la aparición de nuevo de uno los grandes problemas de nuestra nación: el paro estructural. España empezó a recuperarse económicamente con la llegada de Aznar a La Moncloa en 1996 y el cambio de modelo económico de Rodrigo Rato —cuando Rato era un modelo a seguir—. Hasta 2008, el viejo continente, salvo algún caso aislado, era la tierra prometida.

Se han escrito muchos artículos en los que se nos tacha de ser una generación blanda

A mi generación, la denominada millenial, se nos educó en un exceso de optimismo. Ninguna barrera se interpondría entre nosotros: teníamos la tecnología a nuestro alcance, una educación más sofisticada y un mercado laboral unificado nos permitiría la oportunidad de desarrollar nuestras habilidades en cualquier país de la Unión. Éramos la esperanza de nuestros padres y abuelos. En las facultades nos hacían creer que si estudiábamos Derecho, podríamos ser como Baltasar Garzón; si cursábamos Economía o Empresariales, como Mario Conde; y si nos decantábamos por la Medicina, como el doctor Rojas Marcos. Seríamos como dioses e íbamos a extirpar el viejo cáncer de la ignorancia de épocas pasadas. Pero con la crisis del año 2008 la realidad era otra: Occidente y España, en especial, pecaron de exceso de triunfalismo. Pensábamos que los problemas históricos de décadas atrás no nos alcanzarían. En ese sentido, socialdemócratas y neoliberales han hecho mucho daño.

Se han escrito muchos artículos en los que se nos tacha de ser una generación blanda, pero lo cierto es que la crítica hacia los adultos más jóvenes siempre ha sido consustancial a la sociedad: el mismo Sartre decía que una de las cualidades de la juventud era negar a sus padres; Jonathan Franzen, por otra parte, en su novela Las correcciones, escribía que los hijos nos obsesionamos con corregir los errores de nuestros padres, mientras que ellos, a través de nuestra educación, intentan enmendar los suyos. Razón tenían.

Hemos de asumir que España vivió una época de bonanza que quizás no vaya a volver a experimentar en muchísimo tiempo

Nuestros padres y abuelos vivieron prolongados periodos de miseria, hambre, amén de una dictadura, pero contaban con una ventaja: no existía la globalización ni tampoco el nivel de competencia que hay en la actualidad para optar a un puesto de trabajo. Ahora no competimos solo entre nosotros, sino contra el resto del mundo en un cada vez más interconectado mercado laboral. Hemos sido víctimas de una crisis financiera enorme y de una precarización de las condiciones laborales cada vez mayor. También somos hijos de ese "vacío" que el filósofo francés Gilles Lipovetsky desarrolló en su libro La era del vacío: vivimos una crisis de la idea de progreso, en la que cualquier transformación genera grandes costes sociales. Las proezas tecnológicas producen un aumento de la deshumanización. Somos depositarios de una crisis sin precedentes de la razón, que ha sido sustituida por la "posverdad". El deterioro y pérdida del significado de las grandes instituciones sociales y políticas, la disolución de la memoria colectiva, el relativismo moral y el narcisismo se están acrecentando.

Mi generación se ha criado en el consumismo voraz. Cuando gastamos activamente, los humanos afirmamos que nuestro destino no se puede reducir a la supervivencia y a la necesidad: en el momento en el que ya no hay grandes utopías en las que creer, lo reducimos todo al bienestar diario. Y cuando esas necesidades no se cubren de inmediato, llega la frustración. Hemos de asumir que España vivió una época de bonanza que quizás no vaya a volver a experimentar en muchísimo tiempo. Esta, según Spengler es algo consustancial a las civilizaciones y a los propios países. Basta con analizar los procesos históricos para ver que los ciclos son los mismos: juventud, crecimiento, florecimiento y decadencia. Y ahora nos toca afrontar la decadencia después del florecimiento de principios del siglo XXI en materia económica.

En España siempre estamos más pendientes de caer que de levantarnos

Los millenials hemos de dejar de compararnos con nuestros padres y abuelos. Tenemos que analizar cada generación, sus problemas, y su contexto histórico, para darnos cuenta de que, incluso en épocas de dificultad, siempre podemos mejorar. Por eso ni comparto el pesimismo del posmoderno ni el optimismo de Steven Pinker. Pero en España siempre estamos más pendientes de caer que de levantarnos, Luz Casal lo sabía y lo cantó a la perfección: "Mi país, mi nación, que va de la euforia a la desilusión, a sus hijos trata sin compasión".

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