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20/11/2014 07:12 CET | Actualizado 19/01/2015 11:12 CET

Por qué nunca seré adulta

depresiónUnas pocas veces al año decido espontáneamente que estoy preparada para convertirme en una adulta de verdad. No sé por qué motivo lo hago, porque la verdad es que siempre acaba fatal para mí. Pero el caso es que lo hago.

He descubierto en repetidas ocasiones que es fundamental para mí no sobrepasar mi capacidad de asumir responsabilidades. Esta capacidad ha crecido a medida que me he hecho mayor, pero las consecuencias de superarla siguen siendo las mismas.

Habitualmente llego a desbordar mi capacidad mediante la acumulación de sencillas tareas cotidianas.

Pero unas pocas veces al año decido espontáneamente que estoy preparada para convertirme en una adulta de verdad. No sé por qué motivo lo hago, porque la verdad es que siempre acaba fatal para mí. Pero el caso es que lo hago. Me siento y me digo a mí misma que voy a empezar a limpiar la casa cada día y a pagar los recibos con puntualidad y a contestar los correos electrónicos antes de que mi buzón llegue a los cuatro dígitos. Me preparo horarios. Compro agendas. Acumulo ingredientes caprichosos porque planeo mutar en un chef magistral y cocinar de verdad en lugar de cenar nachos todas las noches. Me preparo para mi nueva vida como adulto del mismo modo que algunos se preparan para el fin de los tiempos.

El primer par de días mi plan suele ir bien.

Durante un breve período, me siento adulta y responsable de verdad. Paseo muy orgullosa, con la cabeza bien alta, mirando a los demás adultos responsables a los ojos con una expresión que dice: «Lo entiendo.Yo también soy responsable ahora. Mira, vengo con las bolsas de la compra».

En algún momento, empiezo a sentirme satisfecha de mí misma.

Empiezo a sentir que he logrado mis objetivos. Es como si pensara que ser adulto es un trofeo que puede ganarse gracias a un estallido monumental de esfuerzo.

Lo que suele pasar es que me agoto. Como pienso que me lo he ganado, me doy permiso para relajarme un poco y recuperarme. Puesto que he excedido de forma dramática mi capacidad de ser responsable, acabo necesitando más tiempo del habitual para reponerme.Y ahí es donde empieza el círculo vicioso de la culpa.

Cuanto más me demoro en devolver llamadas y responder correos electrónicos, más culpable me siento por ello. La culpa hace que evite el problema todavía más, lo que lleva a más culpa y más procrastinación. Llega a un punto en que no me atrevo a contestarle a alguien por miedo a que mi respuesta les recuerde que me habían escrito y eso les dé un motivo para pensar mal de mí.

Entonces el sentimiento de culpa por las responsabilidades que estoy ignorando se hace tan grande que el mero hecho de cargar con él parece una responsabilidad enorme. De hecho, eso toma una parte notable de mi capacidad para asumir responsabilidades, dejándome incapacitada casi por completo para hacer otra cosa que no sea consumir nachos y navegar por Internet como si fuera una ardilla con déficit de atención y medicada con PCP.

En algún punto de este desastroso círculo vicioso, me veo obligada a utilizar todas mis energías para intentar ser de nuevo un adulto, aunque sólo sea para salir del pozo en el que me he metido. El problema es que cuando entro en esta nueva ronda de intentar ser adulta ya estoy quemada y agotada por la ronda anterior. Es imposible que funcione.

Siempre acaba igual. Agobiada y ojerosa, contemplo la serie aparentemente infinita de tareas que se presentan ante mí.

Y entonces me rebelo.

Capítulo del libro de la autora Allie Brosh, Hipérbole y media (publicado por la editorial Principal de los Libros)

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