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31/01/2018 07:30 CET | Actualizado 31/01/2018 07:30 CET

La leyenda negra, o el rapto de España

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— "En esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el uno estorba lo que el otro intenta... que todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras" (Don Quijote, II, XXIX).

— "En el caso español lo cuestionable no eran solo los problemas concretos con que se tropezaba... Algo así —escribe Américo Castro— como si el río no cesara de preguntarse si sus aguas van realmente por donde deben discurrir... Dios mío, ¿qué es España —se preguntaba Ortega y Gasset—." Díez del Corral, El rapto de Europa, Alianza, 1974, p. 145.

Leo en El País (28-I-2018) que un reducido grupo de españoles hiperconservadores se dispone a lanzar una gran operación para "lavar la historia de España". Con buenas razones el periódico ilustra la noticia mediante la imagen del Auto de fe celebrado en la Plaza Mayor de Madrid en 1683. No deja de ser esta una buena forma de lavar la historia de una España que todavía en aquella época consideraba al resto de Europa como un continente completamente empecatado, necesitado de redención a través del fuego de la santa inquisición. En cambio, para mucha gente respetable, como el historiador José Álvarez Junco, tal cosa solo serviría para enlodar la historia de España en lugar de lavarla.

Por la mente de estos españoles "españolísimos" (o sea, muy españoles y mucho españoles) la idea viene rondando desde hace un año y debe de haber calado y reverdecido como las banderas que cuelgan ahora en las ventanas de muchos hiperpatriotas en nuestras ciudades. Su catecismo de referencia parece ser una apología del imperialismo español, también difundido por El País, según la cual a los españoles nos falta autoestima ("españolísima"), porque nos avergüenzan muchos episodios de nuestra historia.

Uno de ellos, por ejemplo, es la campaña contra "la pérfida Albión" emprendida por Franco, que con criterio muy acertado el director del Instituto Cervantes, Juan Manuel Bonet, descalifica al comentar la vocación antianglosajona de los nuevos cruzados, que proponen levantar sus banderas contra la "imperiofobia" y las críticas a la Contrareforma. Su banderín de enganche es Fray Bartolomé de las Casas, a quien uno de los cruzados designa como el "tonto útil de todo esto", mientras que en mi novela Cerbantes en la casa de Éboli Ruy Gómez da Silva califica al dominico como el gran utópico español (a la altura de Tomás Moro), de quien el propio César Carlos se sintió orgulloso, adoptando su política.

Permítaseme tildar todo esto de disparate, de despropósito que se descalifica por sí mismo. Me sorprende que el primer periódico de España le dedique una página entera a cinco columnas, peso si ese es el mundo en que vivimos, su obligación es informar con veracidad.

No deseo enjuiciar todo esto desde mi propio criterio, que podría ser tildado a su vez de parcial e ideológicamente interesado, dadas mis bien conocidas preferencias políticas. Apelaré, como es habitual en este blog, a las interpretaciones más solventes realizadas a lo largo de la historia por los españoles que disfrutan hoy de la mayor consideración intelectual, de modo que si alguien desea desautorizarme tenga que tomarse el trabajo de enfrentarse también a ellos (ya que caminamos a hombros de gigantes).

Empezaré por mi maestro, Luis Díez del Corral, uno de los pocos españoles que han visto su obra, El rapto de Europa, traducida a todos los idiomas cultos. Don Luis consideraba que "todos los países de Europa han sentido con frecuencia sus relaciones con el resto de Europa en forma de enfrentamiento, pero nunca con la misma concreción que España", sometida a un balanceo entre actitudes casticistas de máximo apartamiento y actitudes europeístas (de raptar o ser raptada).[1] Unamuno, por ejemplo, denostaba contra "una conducta cifrada en el proteccionismo inquisitorial que ahogó en su cuna la reforma castiza e impidió la entrada a la europea". Y lo mismo pensaron Azorín, Baroja y tantos otros de la generación del 98, hasta culminar en Ortega: "La europeización (como fermento renovador) es el método para hacer esa España, para purificarla de todo exotismo, de toda imitación".

Porque la historia hispana se vio sometida "a un movimiento pendular de aislamiento y ecumenidad..., predominante el segundo en las épocas de Alfonso X, de Carlos V, de Carlos III, y las otras encabezadas por nombres de sobra conocidos". Es bien sabido a cuales de estas etapas históricas se apuntan los nuevos cruzados. Porque, como afirma Díez del Corral, "España se vino abajo con y por Europa; es decir, con su idea de Europa", que es lo que ahora se pretende reivindicar, contra el acertado juicio que hiciera en su día Saavedra Fajardo, vislumbrando "la nueva concepción de la política y la vida europeas... que los españoles, claro está, no podían comprender", lo que condujo al retraimiento y la añoranza, preguntándose obstinadamente unos y otros si su pasada grandeza fue realidad o fue sueño, como dijo Ganivet.

Porque de lo que se trataba en realidad era de de decidir si se adoptaba o no el camino europeo de relativización secularizada de los ideales supremos tradicionales. Una pregunta que ha repicado desde entonces en toda la obra de nuestros grandes pensadores y que ahora los nuevos cruzados pretenden barrer de un plumazo, en la búsqueda compulsiva de una falsa seguridad ontológica que excluye toda innovación renovadora. De ahí que haya que calificar este intento de distopía hiperconservadora, o más bien reaccionaria.


[1] Todas la referencias iniciales y que siguen están tomadas de Díez del Corral, El rapto de Europa, Alianza, 1974, capítulo 3: "Europa desde España".

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